martes, 24 de diciembre de 2013

MATRIOTAS CANARIOS EN EL RECUERDO- XXXII




 

JOSE ALVAREZ

 

 

Un chicharrero pre-independentista

 

Eduardo Pedro García Rodríguez
El comerciante santacrucero José Álvarez residía eventualmente en Las Palmas desde mediados de 1810. Empero, sus peculiares críticas a la gestión del mando superior de la “provincia” tropeza­ron con el poder omnímodo del duque del Parque.

En efecto, en la fecha indicada, el Capitán General se dirigió al oidor José María de Seoane para que averiguara si eran o no ciertos los "repetidos avisos y quejas" que le habían llegado acerca de la conducta pública de José Álvarez, que, en su opinión, podrían afectar "a la quietud y tranqui­lidad pública". En consecuencia. Seoane procedió a la detención y proce­samiento del sospechoso, a quien le fueron retirados sus documentos, al tiempo que se iniciaron los trámites judiciales y se procedió al interroga­torio de los testigos de cargo.

Entre los doce testigos interrogados, cuatro, que habían tratado al acusado de manera más o menos regular, señalaron que de sus conversa­ciones en lugares públicos como la Botica, el Café y la Puerta de Triaría, no podían deducirse criterios desfavorables al gobierno de las Cortes o al del propio duque del Parque. Un quinto entrevistado no aportó, tampoco, ningún dato significativo, mientras que las declaraciones de los cinco res­tantes permitieron sustentar, como veremos seguidamente, los cargos con­tra Álvarez.

Juan González Báez aseveró, pues, en primer lugar, que había sido testigo de una discusión entre el acusado y el capitán de puerto Juan Silvera, en la cual el primero manifestó sus dudas "acerca de las victorias conse­guidas por los españoles contra los franceses''. Interrogado el propio Silvera añadió, por su lado, que el debate había sido acalorado y que José Álvarez había afirmado "que los franceses siempre dominarían y que el gobierno de las Cortes era inútil pues sus discusiones eran demasiado entretenidas''.

Además, con relación a la venida del duque del Parque, añadió "'que ésta era inútil, pues era mejor un gobierno compuesto de los naturales del país, que entonces no sucedería el tomar dineros de la Caja de Consolidación para sostener su acompañamiento de oficiales". Asimismo, el comerciante tinerfeño aseguró que era un derroche "la construcción de las barcas ca­ñoneras, dimanando el perjuicio que se hacía con el destrozo del Pinar''.

Agustín Ortega no aportó datos sustanciales, pero José Cristóbal de Quintana juró haber oído decir a José Álvarez, en la Puerta de Triaría, '"que eran inútiles aquí las lanchas cañoneras, que cien pinos que se habían cortado y destrozado el Pinar también lo eran, que los caudales de conso­lidación y tesorerías se los estaban trayendo de las demás Islas para mal­gastarlos en esto y en cuatro virotes de oficiales que acaban de venir de España, que por qué se dejaban gobernar del Sr. duque.

Por su parte, el guarda de rentas Francisco Fernández indicó que, estando en el Café de Triana, Álvarez reiteró sus críticas a la mala gestión de los gobernantes: "¿De dónde se sacaba ese dinero en perjuicio de los naturales?, que aquí convendría un gobierno que no fuese compuesto de españoles, que sólo venían a buscar dinero", y añadió, además, que "con la venida del Sr. duque del Parque resultaban gastos inútiles que no po­drían sostener las Islas''. Mientras que Pedro Guigot recogió una observa­ción del tinerfeño sobre el proyectado muelle de San Tehno, "semejantes obras no se hacen sin dinero en una noche".

Por último, José de Mesa ratificó la declaración de Francisco Fernán­dez, excepto en el extremo relativo al gobierno de las Islas por parte de sus naturales y no por españoles, asunto que dijo no recordar.

El propio José Álvarez fue interrogado, a su vez, el día 25 de mayo. Se le preguntó por el motivo de su estancia en Las Palmas y respondió que para realizar algunas "cobranzas de créditos que se le adeudaban". Ase­guró, además, a preguntas del magistrado, que había dicho que "las Cortes debían haberse congregado mucho tiempo antes por la utilidad que de ello le venía a la nación', y, respecto a la gestión del duque del Parque, señaló que "como no es nada político no ha hablado en el caso, ni ha oído cosa alguna". Mas, interrogado acerca de la obra del muelle y de las cañoneras, afirmó que ha "manifestado su opinión reducida a que para construirlo era mejor antes hacer plantío de viñas y fomentar el comercio", y, respecto a las barcazas, dijo que había oído que '"estos puertos no son [adecuados] para ellas, ni los marinos aptos para tripularlas ', por tanto le "parecían inútiles”.

Seguidamente le fueron leídos sus cargos que, en síntesis, fueron los siguientes:

-   Afirmar que como "'había libertad de imprenta, la había también para hablar".

-   Dudar de las victorias de los españoles frente a Napoleón, así como de la utilidad del gobierno de las Cortes.


-   Considerar inútil la venida del duque del Parque, pues, en su lugar, hubiera sido mejor un gobierno integrado por naturales del país, dado que se evitarían perjuicios económicos para las Islas.

-   Asegurar que era un derroche la construcción de las cañoneras y sobre todo, el consiguiente destrozo forestal.


-   Sostener, por último, "que podía ser cierta la noticia que se dio de que Su Excelencia había enviado por tropa a la Península, y la sacada de gentes de estas Islas".

José Álvarez trató, entonces, de rebatir estas acusaciones.

Respecto al comentario sobre la libertad de imprenta, aseguró que había afirmado que iba a solicitar una copia autorizada con la "idea de manifestar al Gobierno algunas cosas que fuesen útiles al comercio", y, respecto a sus dudas sobre las victorias españolas contra los franceses, lo único que con­fesó fue su incredulidad "en las buenas noticias tan inesperadas", pues nadie podía pensar, tal como estaban las cosas, que iban a producirse tales resultados.

Álvarez insistió, a continuación, en la falsedad de los restantes aser­tos, aunque, respecto a la hipotética llegada de tropas de la Península, dijo que había afirmado que "si venían dichas tropas y los oficiales de estado mayor no habría en las Islas caudales para sostenerlos'. Reconvenido, sin embargo, por el oidor, dadas las afirmaciones contrarias de varios testigos, Álvarez se ratificó en su alegato y firmó la indagatoria.

El 7 de junio de 1811 pronunció la sentencia el duque del Parque, como presidente nato de la Audiencia, por ella se condenó al acusado "en la multa de doscientos ducados aplicados en la forma ordinaria con las costas; a quien se le conferirá por seis años en la isla del Hierro bajo las órdenes de aquel comandante de armas, encargando a la justicia cele su conducta en el modo de propagar ideas subversivas y contrarias a las órdenes del Gobierno'. Al día siguiente fue embarcado nuestro hombre con destino al Hierro, custodiado por el teniente Tomás Ferrer.

Tras el acceso al poder de Pedro Rodríguez de la Buría se produjo la absolución de José Álvarez. El 23 de noviembre, el nuevo Capitán General le comunicó su plena libertad y facultad para "restituirse a su anterior destino de Santa Cruz”, y que, si ese era su deseo, podía hacerlo en el mismo barco que habría de conducir a don Juan Bautista Antequera, desterrado también por el duque del Parque, como ya se dijo. Álvarez contestó al oficio de La Buría con palabras de agradecimiento, pero declinó la invitación de regresar de inmediato a Tenerife, pues, como buen comerciante, tenía ya "algunos intereses pendientes'" en la isla del Meridiano.

José Álvarez fue, sin duda, un hombre con un gran sentido práctico. También un miembro representativo, tal vez más de lo que se deduce por los datos disponibles, de la hábil burguesía de Santa Cruz de Tenerife, una Villa compuesta, al decir de Alonso de Nava Grimón -gran mentor de la Junta Suprema de Canarias en 1808-1809-, "casi únicamente de emplea­dos, de forasteros, de comerciantes y de mercaderes" 10. Una burguesía que, en estos años de incertidumbre, se planteó con realismo, lo mismo que sus iguales del otro lado del Atlántico, la necesidad de escoger el camino más adecuado para sus propios intereses.

El emprendedor José Álvarez no fue, al menos en principio, un pre­sunto separatista, pero entendió que las Canarias se beneficiarían mucho más de un gobierno formado por naturales del país y atento a sus necesi­dades reales, que con el mandato omnímodo y colonial de un repre­sentante del Gobierno de las Cortes del reino, pues se trataba de un reino ocupado militarmente, en la mayor parte de su territorio, por una potencia extranjera y en cuyo trono se sentaba, con la aquiescencia de muchos españoles, el representante regio de una nueva dinastía.

Álvarez intuía que en estos acelerados, inciertos y tensos instantes de la Historia podía suceder cualquier cosa en España, y, desde luego, también en Canarias y en la propia América española, como de hecho estaba suce­diendo, aunque las condiciones objetivas de ambos mundos no fueran exactamente las mismas. (Manuel de Paz-Sánchez, 1994)

No hay comentarios:

Publicar un comentario