lunes, 5 de mayo de 2014

EFEMERIDES CANARIAS







UNA HISTORIA RESUMIDA DE CANARIAS

ÉPOCA COLONIAL: DECADA 1911-1920



CAPITULO-X



Eduardo Pedro García Rodríguez

1912.
El tráfico del puerto de Santa Cruz de Añazu en la Isla Tenerife, ha sido siempre importante, si se tiene en cuenta la exigüidad de la economía insular. De una manera general, se pueden reducir a tres sus características más importantes.

En primer lugar, su situación de puerta de entrada de la isla, y tradicionalmente de las Islas en general, hace del puerto la pieza más importante en la corriente continua de entrada y salida de mercancías. Esta podría ser una perogrullada, ya que no es otra la misión de todos los puertos en general; pero de ella se deriva el carácter específico de los intercambios, que deben adaptarse a las posibilidades y a las necesidades del mercado. El mercado canario es muy especializado. Tenerife sólo exporta productos del suelo (plátanos, tomates, papas) y reexporta en grandes cantidades productos petrolíferos, siendo re­lativamente poco importantes la cantidad y el valor de productos di­ferentes que se exportan. Lo que es hoy el plátano lo fue durante me­dio siglo la cochinilla y durante más de dos siglos el vino. Por lo tanto, se trata de un tráfico especializado, con un abanico de posibilidades poco abierto, en cuanto a rumbos y a géneros transportados. La mis­ma situación se encuentra en la importación, en que domina hoy el petróleo como dominaba antes el carbón y en una época anterior el oro o la plata. Le sigue el material de construcción, sobre todo el ce­mento, que ha conocido un importante aumento en los años de pros­peridad del turismo y, de rebote, de la construcción, 1965 - 9 princi­palmente; y por último los productos alimenticios. Sin entrar en el aspecto económico y comercial del tema, es fácil ver que, por la fuerza de esta circunstancia, el puerto de Santa Cruz es un puerto altamente especializado en cuanto al tráfico de mercancías que interesan direc­tamente la economía local.
Por otra parte, su posición geográfica le adjudica de manera to­davía más evidente un papel de escala en las grandes rutas oceánicas. Junto a las embarcaciones que traen y llevan mercancías de las islas o para las islas, existen otras que sólo entran en Santa Cruz de paso y en tránsito. Estas últimas han sido numerosas en el pasado; pero su peso específico ha sido mucho más importante que el de las primeras, a partir de mediados del siglo XIX. El desarrollo de las grandes lí­neas de navegación transoceánica ha transformado a Santa Cruz y Las Palmas en los dos mayores puertos de escala para los rumbos al oeste y al sur. Es normal y bastante frecuente que algún navío apro­veche la escala para dejar o cargar mercancías; pero no era éste el objeto de su llegada. La escala estaba prevista y obligada por la nece­sidad de reponer suministros, principalmente combustible y avitualla­miento. Si hay una cosa que no ha cambiado desde la época de Cris­tóbal Colón, en la navegación, es esta necesidad. No es fácil que cambie, hasta que se generalice el uso de la energía atómica, aumen­tando la autonomía de los motores que se utilizan en la actualidad.

Debido a esta circunstancia, los dos puertos canarios han podido progresar sensiblemente a lo largo del último siglo. Doblemente, en el caso de Santa Cruz porque la necesidad de repostarse sigue obligan­do los barcos a acercarse a su bahía; y porque la misma necesidad ha aconsejado la implantación de una poderosa industria petroquí­mica, para poner rápidamente y en cantidades suficientes a disposición de los navíos lo que ellos vienen a buscar Aun sin esto, desde 1912 el 80% del tráfico estaba representado por navíos que llegaban úni­camente para buscar suministros. Esta circunstancia completa a la que se señalaba anteriormente. El abanico de las procedencias, redu­cido en cuanto a las importaciones, se ensancha considerablemente gracias a las embarcaciones que llegan de paso y que vienen de todos los puertos del mundo. Por el uno y por el otro aspecto, Santa Cruz es, y sobre todo ha sido, un puerto de vocación internacional.
De esta situación se deriva la tercera característica del tráfico. El puerto, y con él toda la economía canaria, es muy sensible a cual­quier cambio del clima económico exterior. Su crecimiento, que es evidente y notable, ha pasado por largas fases de depresión que co­rresponden a crisis económicas o políticas europeas. Si se toma el trá­fico del año 1912 como base y se le atribuye el valor 10 (equivalente a un movimiento de 10.000.000 de ton.), el año 1918, punto máximo de la depresión causada por la guerra europea, sólo representa 0,7 en comparación con la base. Terminada la primera guerra mundial, la pendiente fue muy difícil de remontar: apenas había alcanzado la cota 8 en 1928 y se mantuvo más o menos en este nivel hasta la cri­sis de 1932, cuando bajó a 4. Durante la segunda guerra mundial el movimiento del puerto volvió a alcanzar niveles muy bajos: 1,9 en 1942, 2,3 en 1945 y sólo en 1953, después de una depresión de 40 años, logró recuperar el valor de 1912. Después la situación mejoró sensiblemente, hasta llegar a la cota 21 en 1963 y 40 en 1970. El ras­go más característico del tráfico parece ser la irregularidad de su de­sarrollo más aun, si se tiene en cuenta que este rasgo no es propio de nuestro siglo, y que siempre ha sido así: por la guerra, por la epi­demia, por la caída vertical de los precios del vino o de la cochinilla, el movimiento del puerto, al igual que la economía insular cuyas lla­ves tiene, ha pasado por vaivenes brutales que la han llevado de la euforia al hambre y viceversa. Para las islas, en el siglo XX como en el XVII, una baja del tráfico marítimo es el más claro indicio de recesión.

Se comprende, por lo tanto, la atención tensa con que se obser­van y se compulsan las estadísticas, a la vez que el sentido agudo de competencia que inspira. Al puerto hay que conservarle como sea su movimiento: si es preciso, arrebatándolo a los demás puertos de la zona. En la pugna que opone en la opinión los progresos del puerto de Santa Cruz y de Las Palmas, hay mucho de instinto de conservación.

Históricamente, el puerto de Santa Cruz ha sido hasta mediados del siglo XIX más importante que el de Las Palmas, incluso cuando no era el más importante de Tenerife. Entre 1850 y 1860, el tráfico de Santa Cruz representaba aproximadamente la mitad del tráfico total de importación y exportación de Canarias. Esta situación fue modificada por las obras emprendidas en el Puerto de la Luz, que ponían a disposición de los navegantes una mejor línea de atraque y sobre todo mayores espacios dedicados a los servicios. A partir de 1880 se establece un equilibrio, rápidamente roto en favor de Las Pal­mas. La diferencia de los volúmenes aumentó a consecuencia de la huelga de los cargadores de carbón (1910), que representó para Santa Cruz una pérdida igual a la tercera parte de entradas de barcos. El Cabildo de Tenerife hizo algunos esfuerzos para restablecer el equi­librio, sin conseguirlo. Otra vez cambió la situación con la instala­ción, en 1929, de la refinería de petróleo de Santa Cruz, que añadió a las entradas y salidas de mercancías un volumen, al principio sólo estimable, y considerable en los últimos años. La controversia aun no ha sido zanjada entre los dos puertos que contienden para el cam­peonato de España: los unos entienden que el petróleo no es mer­cancía computable y los otros que lo que cuenta para las estadísticas, no es el TRB o la suma de toneladas de registro bruto que visitan el puerto, sino la carga y descarga que efectivamente han pasado por el muelle. Desde este último punto de vista, Santa Cruz era en 1966 el primer puerto de España, y el séptimo Las Palmas; y si se tiene en cuenta el TRB, Las Palmas era el primero, y el segundo Santa Cruz. Sería quizá más importante que saber quién es el primero, estudiar y poner en práctica los medios más apropiados para mantener en su línea actual de prosperidad un movimiento tan sensible a impulsos le­janos y, por lo mismo, tan difíciles de controlar.
Uno de los medios quizá sería la creación de una flota canaria. Es altamente significativo para el grado de desarrollo de la econo­mía insular el hecho que los dos mayores puertos de España no dis­ponen de flota comercial propia. Desde este punto de vista, Canarias no ha asimilado el capitalismo y, si no nos equivocamos, ofrece el único ejemplo de grandes puertos sin armadores capitalistas. Esta situación no es el resultado de la descapitalización endémica de que padece Canarias. Esta hipótesis, la primera que se presenta a la ima­ginación, no es más que una explicación al revés. En la historia de la navegación son menos frecuentes los casos de personas ricas que han invertido sus caudales en los buques, que los de personas empren­dedoras que se han lanzado a los negocios del mar, como al mejor ca­mino para llegar a ricos. La descapitalización, en Canarias, es en gran parte una falta de imaginación.

Mientras se pudo tener un navío con un poco de madera y el tra­bajo de un carpintero de ribera, nunca faltó una flota canaria. Incluso después de la decadencia del comercio americano, gran parte de la pesca, del comercio de cabotaje y del tráfico de pasajeros se hacía con los medios locales. En 1821 había en Santa Cruz 36 barcos propie­dad de santacruceros, 17 de ellos de pesca, 10 de alquiler y cinco lanchas. 

A escala de la isla había siete buques de travesía, 14 de cabotaje y 210 hombres para su dotación; en todo el archipiélago exis­tían 16 buques de travesía, 39 de cabotaje y 27 de pescado salado, con una dotación total de 1.227 hombres. No eran grandes bu­ques, pero por aquellos tiempos los grandes buques todavía no exis­tían. Había en Santa Cruz cinco pilotos, dos carpinteros de ribera, un calafate, nueve grumetes por debajo de 18 años, siete capitanes propie­tarios de buques con 72 tripulantes. En otros términos, un santacrucero de cada diez trabajaba embarcado en un barco canario. De haberse conservado esta proporción, los marineros de la flota local serían ahora más de 20.000.

En 1861, cuando los buques de vapor aun no habían desplazado la navegación a vela, todavía existía una flota canaria de 96 buques menores, dedicados a las faenas de pesca en la costa africana y al ca­botaje y 21 mayores, para la travesía y el comercio de Ultramar. La tripulación necesaria se estimaba en 1.404 hombres, pero sólo había 1.084 hombres embarcados: la diferencia representa el déficit de la matrícula canaria y el principio de la decadencia de la flota canaria. En efecto, en 1889 ya no existía en toda Canarias ninguna barca o barcaza de transporte. A fines de 1910 no existía en Santa Cruz ninguna sociedad industrial de navegación o construcción de barcos. Para exportar su producción frutera, la economía canaria no contar sino con las embarcaciones extranjeras, cuya intervención se estimaba en 1961 en una pérdida de 572.839.202 pesetas, las mismas comunicaciones entre las islas y con la Península Ibérica dependían de la colaboración extranjera y, sin la intervención del Estado español, fácil que la economía canaria se quede aislada. Hasta hace poco, la economía canaria no había escapado a su destino tradicional de estar manejada por intereses extranjeros, bien al nivel de la población, de la venta o del transporte. En el fondo es que no le interesaba escaparse. Cuando lo hizo, no había ningún motivo de echar las campanas al vuelo, porque significaba el fin de las exportaciones. (Alejandro Ciuranescu, Historia de Santa Cruz de Tenerife, 1978, t. III: 416  y ss.).

1912 enero 13.
Otro asilo para ancianos pobres se inauguró en esta fecha en una casa del número 15 de la calle de la Caleta, a partir de esta fecha quedaba prohi­bida la mendicidad callejera en la ciudad.
La asistencia a los pobres en Santa Cruz de Tenerife se solía improvisar a medida de las necesidades, en casos de epidemia o de carestía de víveres. En tales circunstancias, los comerciantes y las personas mejor situadas eco­nómicamente respondían bien a la situación. En 1807, por ejemplo, cundió una epidemia de gripe que hizo estragos sobre todo entre los pobres, sin duda por culpa de la subalimentación. «Los enfermos han sido tratados con esmero, opulencia y felicidad en las aplicacio­nes. Se han visto de noche por las calles algunos caritativos acompa­ñados de sus criados con sacos llenos de pan y provisión de caldo, distribuyendo este socorro por todas las casas de los pobres». Pedro Forstall y Enrique Casalón, como más pudientes, costearon cada uno 40 camas en el hospital: «se puede decir que, si la epidemia ha sido considerable, la caridad de Santa Cruz ha sido mayor».

Para organizar esta asistencia a los pobres sobre unas bases permanentes, hubo varios intentos que no dieron resultado. En 1814 el abogado José Deza Goyrí presentó a la Diputación Provincial un proyecto de Casa de Misericordia, «con el fin de hacer útiles a los holgazanes y mendigos». Tres años más tarde, el ayuntamiento quiso formar una hermandad de la Caridad para pedir cada sábado por la calle en beneficio de los pobres enfermos. Pero la Casa de Misericordia sólo se fundó por octubre de 1842, por el intendente de rentas y jefe político interino Epifanio Mancha. Era un asilo de an­cianos, tan precariamente instalado como la Casa de Huérfanos: los varones pasaron a ocupar una sección del hospital de Desamparados, y las mujeres una casa de alquiler frente al mismo hospital, en la calle de San Carlos; más tarde, los ancianos pudieron ocupar otra casa, propiedad de la Junta de Beneficencia, en la calle de la Noria.

Declarado establecimiento provincial en 1853, se ha mantenido ex­clusivamente con fondos provinciales. Otro asilo para ancianos pobres se inauguró en una casa del número 15 de la calle de la Caleta, el 13 de enero de 1912: a partir de esta fecha quedaba prohi­bida la mendicidad callejera en la ciudad. La mendicidad ha prose­guido su carrera, al igual y paralelamente al asilo, que se ha instalado más tarde en nuevos locales, donde desempeña una eficaz y merito­ria misión social. También han funcionado en distintas épocas coci­nas económicas o gratuitas para los pobres, en los momentos de mayor presión económica de las epidemias o de las guerras.
Para los casos de emergencia se necesitaba una Casa de Soco­rro. El ayuntamiento de Santa Cruz la tenía prevista desde hacía mucho tiempo, pero sin haber podido establecerla: quizá porque veía demasiado grande, o porque la había concebido como un asilo, con­fusión que es evidente en la Casa de Socorro que se creó en 1842 y que en realidad fue un asilo de ancianos.
En 1902, cuando se vuelve a pensar en este establecimiento, es probable que se entiende de otro modo su función. La comisión designada para estudiar su implanta­ción presentó en este año un informe que fue aprobado, y las canti­dades estimadas necesarias fueron previstas en el presupuesto del año siguiente. A pesar de ello, la Casa no pudo formarse. Antes que el ayuntamiento la montó la Cruz Roja, en sus locales de la calle Teobaldo Power, en 1909, no sin ayuda del presupuesto municipal. Finalmente, hubo Casa de Socorro creada por el ayunta­miento, inaugurada en 1915 y trasladada en 1932 en los bajos de la casa del convento franciscano, que había servido durante largos años de casas consistoriales.” (Alejandro Ciuranescu, Historia de Santa Cruz de Tenerife, 1978, t. IV: 81  y ss.).

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