sábado, 24 de enero de 2015

EL MENCEYATO DE TEGUESTE




APUNTES PARA SU HISTORIA

CAPITULO X-II




Eduardo Pedro García Rodríguez


Territorio, actuales núcleos poblaciones pertenecientes al Achimenceyato de Aguahuco
Los Batanes

Según nos indica el historiador Ángel Ignacio Eff-Darwich Peña en su libro 500 años de historia del pago de Los Batanes:

“Para este periodo cronológico no se puede identificar a El Batán como una entidad con carácter propio. Esto solo se hará ostensible acabada la conquista, una vez que tras los repartos hechos entre los conquistadores, se favorezca el asentamiento de un reducido grupo humano  para la explotación de sus recursos.
La documentación de las primeras décadas del siglo XVI reco­ge diferentes topónimos para el actual barranco del Río, dentro de cuyos límites se asienta nuestro pago: Tedex, Tedix, Tedixe, Tedixa o Tedexa. Sin embargo, un análisis detallado de los mismos, pone en   evidencia que todos ellos son corrupciones de una sola palabra aborigen cuyo significado nos es desconocido.  
A la llegada de los invasores españoles, la isla parece haber estado dividida en nueve circunscripciones políticas guanches Menceyatos. Los mismos eran entidades territoriales autónomas, con unos órganos de poder propios y ocupando un espacio geográfico perfectamente delimitado. Su trazado era vertical, acotando varios pisos altitudinales desde la costa hasta la cumbre, lo cual permitía al grupo humano explotar los recursos naturales característicos de cada área.
Todo indica que los bordes entre los diferentes menceyatos es­tuvieron constituidos por diversos accidentes geográficos, entre los cuales ocupan un lugar privilegiado los barrancos. Ahora bien, es importante señalar que dichos límites distan mucho de poderse con­siderar auténticas fronteras tal y como las entendemos en la actuali­dad, ya que su carácter permeable permitía el intercambio de mate­rias primas y conocimientos técnicos entre los diferentes menceyatos, amén de estar abiertas a la movilidad de la población autóctona en determinadas festividades guanches.
Pocos han sido los historiadores que se han interesado en fijar sobre el terreno el trazado de los bordes entre los diferentes menceyatos. Bethencourt Afonso a finales del siglo XIX y Diego Luís Cuscoy en pleno siglo XX, han considerado que el barranco del Río  constituía parte del límite que separaba a dos de los mas poderosos  menceyatos guanches: Anaga y Tegueste. Ambos dieron un trazado muy similar a dicho borde: arrancando desde la parte oriental de la desembocadura del barranco del Río en la Punta del Hidalgo, subiría por el mismo hasta el monte de Las Mercedes, llegando a San Roque a través del Lomo Largo, siguiendo por el barranco de las Carnicerías hasta La Cuesta. Desde aquí seguiría su curso hasta llegar al mar.
Sin oponerse a esta primera línea de interpretación, diversos autores han señalado la posible existencia de una entidad “política” menor encajada entre los menceyatos de Tegueste y Anaga, dentro de cuyos límites estaría el Barranco del Río: el Achimenceyato de La Punta del Hidalgo. Según Núñez de la Peña, al repartirse los hijos del Gran Tinerfe sus posesiones, Aguahuco, hijo bastardo de este, tuvo en suerte la Punta del Hidalgo, término especialmente pobre a decir del cronista. A la llegada de los conquistadores, Zebenzuí sería el señor del Achimenceyato destacado, no solo por su valor, sino porque “...era grande robador de ganado ageno, que a los de Anaga destruía por estar allí cerca, y a los pastores de los términos comarcanos...”. Poste­riormente, autores como Viera y Clavijo, Sabino Berthelot o Eugenio de Sainte Marie, retomarían las tesis de Núñez de la Peña, asumien­do como cierta la posible existencia de dicha entidad aborigen.
Fue el ya mencionado Juan de Bethencourt Afonso quien, basándose en fuentes orales, es el primero que intenta darle unos lími­tes bien definidos al achimenceyato. Según dicho autor, los mismos serían: “...al Norte con el mar, al Sur las espaldas de los montes de Las Mer­cedes, el Drago, etc.. aguas vertientes; al Este el barranco de las Casas-Ba­jas que lo separa de Valleseco y una región riscosa hasta el valle de Chinamada; al Oeste el barranco de Las Palmas que lo limitaba con Tegueste...”.
Mas recientemente, Hernández Marrero ha hecho notar, siguiendo las datas de repartimiento, la difícil adscripción del área de la Punta del Hidalgo a un menceyato concreto.
Las datas repartidas en el menceyato de Anaga no sobrepasan, en dirección a Tegueste el barranco de Taborno, por otro el límite oriental de este último menceyato desaparece de la documentación en el barranco de Juan Perdomo y la montaña de Tejina. Ello nos deja una amplia zona que abarca desde la Mesa de Tejina hasta la Punta del Hidalgo y desde la costa hasta la cumbre, encajada entre Tegueste y Anaga, cuya adscripción “política” no estaría clara. No es una situación única: Arico, Acentejo, Agache, Higan, Chasna o Geneto son casos similares. Para dicho autor:
“...Estas "regiones intermedias" pudieron haber sido unidades terri­toriales en proceso de segmentación y lo consolidación de un territorio más amplio o menceyato, como el de Anaga, Güimar o Tegueste. Señalando cierta individualidad en el territorio, mostrada por un topónimo común, creemos que éstas no alcanzaron a ser entidades políticas independientes o menceyatos, o por lo menos no lo eran a la llegada de los europeos...”.

En el caso concreto de La Punta del Hidalgo; ¿cuáles serían los límites de esta “región intermedia”?. En la costa, el topónimo Punta del Hidalgo despeja cualquier posible duda sobre su ubicación a estas cotas, constituyendo probablemente el lugar donde se asentaría de manera permanente la población guanche. No ocurre lo mismo a  medida que ascendemos, ya que aparentemente desaparece cualquier referencia al mismo. Reducir los límites del Achimenceyato a  las zonas costeras nos parece absurdo ya que, no solo se opondría frontalmente con lo que llevamos señalado, en cuanto a que las unidades políticas aborígenes se articulan de costa a cumbre, sino que   además mermaría considerablemente las posibilidades de abastecimiento del ganado aborigen, reducido en la práctica a alimentarse de la vegetación costera. Dentro de esta línea de interpretación, creemos que buena parte del barranco del Río, o por lo menos desde su desembocadura hasta el actual área de El Batán, se incluiría dentro de esta “entidad territorial”. Podemos aducir algunos testimonios escri­tos que avalarían tal hipótesis. En un arrendamiento de 1530 se ha­bla explícitamente de dicho barranco como del “...barranco de la Madalena que primero se llamaba de agua del Hidalgo...”. Dicho topónimo se repite en otra documentación contemporánea consulta­da, lo cual podría sugerir su inclusión dentro del Achimenceyato.
En un barranco paralelo al nuestro, denominado por la documentación “barranco del Hidalgo”, Gonzalo de Córdoba se con­cierta en 1537, con Gonzalo González para que este le construya un molino de cubo y rodezno dentro de su propiedad.[1] Si estos topónimos posteriores a la conquista reflejaran la realidad territorial guanche anterior, sería evidente que el Achimenceyato se extende­ría, al igual que ocurre con otras entidades territoriales guanches, de costa a cumbre.
A partir de estas consideraciones y a pesar de la escasez de datos, pueden realizarse algunas precisiones relativas a la forma en que se organizó la explotación del barranco dentro del modelo eco­nómico aborigen. A nivel general, es importante señalar que la eco­nomía guanche se basaba fundamentalmente en la ganadería, con una subsidiaria y muy rudimentaria agricultura de secano.
Según Diego Cuscoy y Lorenzo Perera, en Anaga debió desa­rrollarse una ganadería específica, similar a la practicada en Teño, que han denominado Regional. Las condiciones geográficas del macizo, donde se dan una brusca elevación del suelo, se suceden  numerosos y angostos barrancos de gran pendiente, existe una fuerte  humedad a lo largo de todo el año y donde hay un manto vegetal especialmente rico, permitían a los aborígenes el desarrollo de una ganadería trashumante de ganado menor, especialmente cabras yovejas, que no implicaba traslados estacionales a otras áreas de la islaen busca de pastos frescos. En sus desplazamientos, ganados y pastores seguirían rutas forzosamente cortas y ascendentes, de limitado desarrollo vertical, ya que no sobrepasarían la zona de medianías, que les permitía un aprovechamiento racional de los pastos de los distintos pisos de vegetación del macizo anaguense.

El registro de especies forrajeras consumibles por dicho gana­do es amplio, dado que, como ya hemos señalado, los límites del Achimenceyato afectarían a diversos pisos de vegetación, propor­cionando suficientes nutrientes para su cabaña ganadera. Desde la costa hasta los 300 metros de altura, el ganado aprovecharía la vege­tación xerófila costera, con especies tales como la tisaiga, el cornical, la vinagrera, amén de diversos tipos de arbustos. El cauce del barran­co proporcionaría al pastor guanche un curso de agua permanente y pasto fresco y abundante en sus márgenes, siendo el único camino natural que le permitiría subir hasta las medianías. En ellas, entre los 300 y 500 metros, abundaban los arbustos perennes que permiten ramonear al ganado. El bosque de laurisilva, presente de forma importante a partir de los 500-600 metros, formaría una imponente barrera natural que marcaría el limite ascencional del ganado en busca de pasto.

Por último, debemos señalar que estos diferentes pisos bioclimáticos permitirían a los guanches llevar a cabo otras actividades complementarias, tales como la recolección de frutos silvestres o la fabricación de diversos artefactos derivados de la madera.” (Ángel Ignacio Eff-Darwich Peña, 2005)
 “Los pequeños núcleos de población no han sido, desgraciada­mente, objeto de interés para buena parte de la historiografía insular, volcada en el estudio de los grandes acontecimientos que se han ido sucediendo en la historia del archipiélago y en el análisis de aquellas poblaciones que, por circunstancias políticas, económicas, sociales o demográficas, han alcanzado cierta notoriedad e importancia en el ámbito insular, dejando relegados estos núcleos a pequeños comen­tarios dentro de obras de mayor envergadura.

El Batán constituye uno de esos caseríos “perdidos” en el Macizo de Anaga, que por diversas razones, no ha ocupado un lugar destacado en la investigación histórica en nuestra isla. En la actuali­dad, cuenta con aproximadamente 150/200 habitantes, a los que debemos añadir una importante población flotante de bataneros que, residiendo fuera del pago, vuelven periódicamente allí donde se han criado y tienen buena parte de su corazón. Administrativamente, forma parte del distrito municipal de La Laguna, denominado gené­ricamente Las Montañas, el cual agrupa a los caseríos de Las Carbo­neras, Bejía, Chinamada, Solís y Sietefuentes, además del nuestro. En el momento de escribir estas páginas, el pago cuenta con un bar, carretera de acceso asfaltada, abastecimiento de agua a domicilio, servicio eléctrico y telefónico y transporte público regular que conecta el caserío con la ciudad de La Laguna. Finalmente, los bataneros cuentan con una Asociación de Vecinos, "Cuevas del Lino", que defiende sus intereses ante las diferentes administraciones, integrada desde 1995 en el Consejo de Zona de Las Montañas, junto a las aso­ciaciones vecinales de Las Carboneras, Bejía y Chinamada.

Afortunadamente, a diferencia de otros muchos pagos de la isla, que languidecen lentamente camino de su desaparición, los bataneros, con la Asociación de Vecinos al frente, han apostado por echarle un pulso al destino de estos pequeños caseríos y mejorar las condiciones de habitabilidad y bienestar del mismo para “...conseguir que El Batán fuese un barrio de La Laguna donde su gente pudiera vivir con dignidad y tuviera los servicios necesarios para ello..”.  De entre los muchos proyectos que han salido de sus manos, se han propuesto la recuperación de su patrimonio histórico, siendo la realización de este libro, el paso más decisivo dado en esta dirección.
Cuando nos incorporamos al proyecto, apenas si teníamos referencias sobre el pago que nos permitieran empezar a trabajar. La Gran Enciclopedia Canaria lo define como:
“...Caserío del municipio de La Laguna, situado en el Macizo de Anaga y en una ladera de elevada pendiente al pie del Roque Milano. Se trata de un pequeño caserío, dividido en dos; Batán de Arriba y Batán de Abajo, que cuenta con unas pocas casas habitadas, aunque en 1991 reaparece con 153 habitantes. En los últimos censos ha sido suprimida esta localidad y sus habitantes se incluyen bajo el genérico nombre de Las Montañas, que incluye todos los caseríos de esta zona. Probablemente, el nombre del caserío deriva de la función que se desarrollaba en el lugar, el lavado de la lana, aprovechan­do para este fin la pequeña corriente de agua que llevaba el barranco del Río...”.

…Un segundo problema se nos planteó a la hora de definir los límites del pago. Según nos indicaron los vecinos, estos incluían los caseríos de Bejía, Batán de Arriba, Batán de Abajo, La Cordillera, El Peladero, Viñátigo, Valle de Los Morales, Solís, Sietefuentes y las Casas de la Era. Dado que la consulta en el Consistorio Municipal no nos ha permitido solucionar satisfactoriamente el problema, hemos optado por aprovechar los límites definidos en 1717 y 1742 en los deslindes de montes llevados a cabo en dichos años. Según los mis­mos, la jurisdicción de Los Batanes incluiría:
...[Bejía, que está] empesando en el Paso del Frayle que es onde quedo el ultimo mojón del deslinde del Baile de Flandes o Sietefuentes (...) que el todo del dicho baile desde el primer nombre del amojonamiento que se dise El Paso del Fraile hasta el último que llaman el Salto de la Parra, considera dicho medidor que se compondrá de seis mili y doscientos brazas...”.
“..e luego yncontinenti se paso al Lomo de Los Dragos jurisdicción de Los Vatanes...del Salto de la Parra en el Gueco de Venxía y por allí cor­tando el Toscon del Guiñe y cortando de allí al fin del Lomo de las Yedras al canto de avajo del Lomo de los Sanguinos a donde dizen La Canselilla de la Majada de losllecos y de allí cortalando al Anden del Tornero que se entiende de riscos arriba para monte y laderas y de allí cortando a Lomo de Los Dragos donde empeso esta diligenxia y de ay al Cargadero y Fuente de la Tosca donde se siguen los otros linderos de Las Cantoneras y hacia el Valle de Taborno y Afur...”
Finalmente, incluye La Cordillera dentro de Las Carboneras, al señalar que los medidores están “...en el Hueco y paraje de Las Carvoneras onde llaman La Cordillera...”.
Ello deja dentro de nuestro pago los caseríos de Batán de Arri­ba, Batán de Abajo, Casas de la Era, Bejía, El Río, Viñátigo, El Peladero y Valle de Los Morales, dejando fuera a La Cordillera (incluida en Las Carboneras) y a Sietefuentes y Solís, que aparecen como pagos inde­pendientes. Han sido estos los límites que nos hemos impuesto a la hora de abordar el presente libro.
En el primer capítulo, abordamos el posible uso de los recursos del barranco dentro del modelo socioeconómico aborigen. Plantea­mos como hipótesis, que toda la cuenca del mismo perteneció al Achimenceyato de La Punta del Hidalgo, una entidad aborigen menor, donde la ganadería caprina constituiría el eje fundamental de la economía de la comunidad.
Tras la conquista de la isla, todo el área se convirtió en una dehesa de ganado, clara muestra, a nuestro entender, del desinterés inicial del colonato europeo por cultivar unas tierras que exigían un esfuerzo económico y humano demasiado elevado, en unos momen­tos en que se disponía de tierras más fácilmente roturables en otros ámbitos de la isla. La instalación de un nutrido contingente de gomeros en el área Chinamada-Punta del Hidalgo, reforzaría la orientación ganadera del área y demostraría el desinterés castellano por cultivar esta zona, dejándola en manos de un grupo que, aunque formalmente se encuadra dentro de los conquistadores, en la prácti­ca eran considerados de segunda categoría.
En 1525, comienza una nueva etapa histórica, prolongada a lo largo de todo el siglo XVI y que constituye el tercer capítulo de la obra. Luís Velásquez, Diego Riquel y Francisco Ximenes, revitalizan  una data de 1511, en la que el Adelantado les concedía 150 fanegas de tierra de pan sembrar (cereal). Tras una breve etapa de colabora­ción entre los tres, a partir de 1530, cada uno seguirá su propio cami­no. Nosotros nos hemos interesado por la trayectoria de las tierras de Luís Velásquez, germen del futuro pago, quien demuestra un mayor dinamismo en su explotación. A lo largo del siglo, los Velásquez instalarán un complejo sistema hidráulico que aprovecha el agua del Barranco para regar huertas y frutales y alimentar varios batanes y molinos harineros.

El desplazamiento de la familia Velásquez a La Orotava, don­de emparentan con los Franquis y la llegada de otras grandes fami­lias laguneras, coinciden con un cambio espectacular en la orienta­ción productiva del área, que a partir de ahora se dedicará casi en exclusiva a la producción de cereales, dando al siglo XVII un carác­ter propio, claramente diferenciado de la etapa anterior.
El siglo XVIII constituye objeto de interés del quinto capítulo. Es una etapa especialmente interesante dentro de la evolución histó­rica del pago.
Miembros de la familia Marrero, cuyo primer represen­tante, Pablo Marrero, está documentado desde 1651, se configuran como el germen de la comunidad agrícola que perdura hasta la actua­lidad. Participan ampliamente en el proceso de rozas en el monte público, conocido por la historiografía canaria como "hambre de tie­rras", ya sea de motu propio o por instigación de los grandes propie­tarios absentistas residentes en La Laguna. El resultado, será la crea­ción de un pequeño núcleo de pequeños propietarios rurales, situa­ción anómala dentro del conjunto insular.
Nuestro pago está plena­mente consolidado como entidad de población, dedicándose sus habitantes a la agricultura de subsistencia, la cual han compaginado con una importante actividad ganadera y con la explotación de los recursos forestales que ofrece el cercano monte. Demográficamente, la población del pago ha oscilado entre los 285 habitantes de 1851 y 154 censados en 1991, alcanzando su máximo histórico en 1950, cuan­do se contabilizan un total de 384 vecinos. La pobreza y el aislamiento han caracterizado la forma de vida del batanero hasta épocas muy re­cientes, pues no será hasta los años sesenta y setenta, cuando la co­marca entre de lleno en el proceso de modernización, llegando a partir de entonces, servicios tan esenciales como la carretera, la elec­tricidad, el agua a domicilio, etc. (Ángel Ignacio Eff-Darwich Peña, 2005).

“Dentro de este modelo explicativo; ¿qué papel jugó nuestra área de estudio?. Toda la documentación que hemos recopilado nos ha permitido comprobar como se desarrolló un uso casi exclusivamente cerealista de los recursos del barranco, cediendo los grandes propietarios sus tierras en régimen de enfiteusis.

Intentaremos en las líneas que siguen desarrollar alguna de estas cuestiones, conscientes de las limitaciones impuestas por unas fuentes más escasas que para los siglos anterior y posterior.

Cronológicamente, nuestro siglo XVII no constituye un espa­cio temporal cerrado, ya que, como iremos viendo a lo largo del tex­to, ocasionalmente desbordaremos las fechas extremas del mismo.

Finalmente, debemos destacar como a lo largo de este siglo se impondrá el topónimo Batan/nes a la hora de referirse a nuestra área de interés. El primer documento localizado en que se utiliza este topónimo está fechado en 1625, cuando Juan de Mesa cede en enfi­teusis "...un pedazo de tierra en los Batanes onde dicen el Picacho...”. A partir de entonces, los antiguos topónimos provenientes del siglo anterior ban desapareciendo rápidamente, de tal manera que desde finales de siglo se impondrá este como única denominación, situación que perdura hasta la actualidad.

Al igual que hemos hecho en el capítulo anterior, el presente se estructura sobre tres cuestiones básicas: la evolución de la propiedad, el paisaje agrario y la forma de tenencia de la tierra.

a. Evolución de la propiedad en Los Batanes

Tal y como hemos indicado anteriormente, las tierras vincula­das por Luís Velásquez en 1557, recaían a finales de siglo en su hijo Juan. Instalado en La Orotava desde por lo menos 1600, su matrimo­nio con Doña Inés Luzardo de Franquis, personaje perteneciente a una rama segundona de la importante familia Franquis, refleja claramente el grado de integración de dicho personaje dentro de la oligarquía residente en la villa. Fruto de dicho matrimonio, nacerá Doña Juana de Bethencourt y Luzardo, quien se casará con su primo, el capitán Don Juan Antonio de Franquis Alfaro en 1622.

A raíz del mismo, su padre le entrega en dote el vínculo fundado por su abue­lo en 1557, que deberá disfrutar una vez que él haya fallecido. A lo largo de los siglos siguientes, la historia de la propiedad quedará íntimamente unida a la familia Franquis Alfaro, en cuyas manos permanecerá hasta que Don Francisco Franquis Alfaro venda en tor­no a 1847, la mayor parte a Manuel de Rojas, un campesino acomo­dado de Los Batanes.

La suerte de Pedro Antón de Torres, que como ya hemos indi­cado, permaneció fuera del vínculo fundado por Luís Velásquez en 1557, fue cedida en enfiteusis a lo largo de todo el siglo XVII. En 1691, el tributo es vendido por Don Sebastián de Franquis Alfaro a Don Joseph de La Santa y Ariza por dos mil reales de plata. Ya en ple­no siglo XVIII, este último lo vendería a Don Crisóstomo de la Torre en 1721.

Ahora bien, a lo largo del siglo XVII, no serán los Franquis los únicos grandes propietarios en el barranco. Desde finales del siglo anterior, se han introducido en la comarca varias familias nobles laguneras, que actuando como propietarios absentistas, llegarán a poseer extensos predios en la zona.

Este fenómeno ya ha sido detectado en otras áreas del macizo anaguense, como por ejemplo, en Taganana. Calvan Tudela ha docu­mentado la llegada de los Westerlin, que se hacen con el control de los barrancos de Benijo, Almáciga y Guagay o los Fernández de Ocampo, que intentarán controlar los barrancos de Las Palmas de Anaga y Las Breñas. A finales del siglo XVII y gracias a diversas uniones matrimoniales, los descendientes de las familias Pereira de Castro y Cova Ocampo, controlan desde Taganana casco hasta el barranco de Ujana, además del valle de Afur, así como las mejores tierras de Taganana. La documentación consultada nos ha permi­tido observar un fenómemo similar en el área del actual pago de El Batán, cuyos principales actores pasamos a enumerar.

En 1606, Luís de Espinosa reconoce haber comprado a Antonia Joven, un tributo de sesenta doblas de principal, que Pedro de Cór­doba e Isabel Negrín habían impuesto sobre "...sus batanes y guertas que los susodichos tenían donde disen las Aseñas...", que un documen­to posterior ubica en el Batán de Abajo. Posteriormente, dicho Luís Espinosa cedería, por una de las clausulas de su testamento, dicho tributo a la Cofradía del Rosario, en cuyas manos permanecería hasta su venta al vecino de Los Batanes, Juan González Collaso en 1733.

Juan Antonio Barbosa, vecino de La Laguna oriundo de la vi­lla de Cobra en Portugal, aparece dando la suerte del Picacho a tributo a Melchor Pérez por doce doblas de oro en los primeros años del siglo XVII. El matrimonio de su hija, Doña Lucrecia Barbosa de Caldas con Don Juan de Mesa en 1615, permitió incorporar dichas tierras al patrimonio de este último, al ser parte de la dote ofrecida. Cedida a tributo a Pedro Díaz Martela en 1625, un año después la adquiere el Maestre de Campo Mateo Diaz Maroto, comerciante riojano afinca­do en La Laguna, por cuatrocientos reales de plata. Veinte años después, la viuda de este, Doña Violante de Moya, vende dicho tri­buto a Don Cristóbal de Frías Salazar, conde del Valle de Salazar, en cuya familia seguirá hasta bien entrado el siglo XIX.

El Valle de Los Morales, sito dentro de los actuales límites del pago, es arrendado en 1633 por Doña Isabel de Asoca, viuda de Don Lucas de Betancurt Sanabria, a Benito Curbelo por doce fanegas de trigo. Posteriormente, su hijo, el presbítero Don Tomás de Betancurt y Asoca, donará a Don Diego de Ponte "...todos las tierras que tiene en el valle de los Batanes donde llaman los morales que están detras de las guertas que llaman del Obispo...", en cuyas manos seguirá a fina­les de siglo XVII.

El Heredamiento de Mateo Diaz Maroto es, sin duda alguna, el mas importante que se forma en la zona a lo largo del siglo XVII.

En 1674, al hacer el aprecio de sus propiedades, se incluyen en las mismas las tierras siguientes: La Laja, por debajo de la Ermita de San Mateo, el Valle de Acuijar, La Porcuna, Valle Seco, Valle de Aradoque, Valle de Bejía, Risco de Aramuigo, Valle de Chinamada, la Fajana, junto al Roque de los Dos Hermanos y el Tanquillo, arriba de la Ermita de San Mateo, Roque Agudo, Paso del Fraile, cumbre de Juan Perdomo, Paso Roquete, Roque del Carnero, Lomo de Juan García, tierras de Tañe, la cumbrecilla de las Escaleras, Roque de Tenejía y Tacorontillo, Mesa de Tesegre y Lajinas, que bajan al barran­co de Taborno.

Estas amplias inversiones en bienes inmuebles permitieron a Maroto plantearse la creación en 1636, de un señorío en él valle de Acuijar, aprovechando la recaudación del Real Donativo en las islas. Muerto ese mismo año, al poco tiempo sus familiares debieron vender sus propiedades para cubrir unas deudas de las que Maroto había salido por fiador. Según indica Anchieta:

“...el caso fue que abia ávido represaría y en ella los bienes de Jaques Belduque yngles se confiscaron por contravando y depositaron en el capitán Esteban de Llarena y fue su fiador el Maestre de Campo Mateo Dias Maroto regidor y obligo sus bienes que eran la Punta del Hidalgo (...) y por estafiansa remató el [Capitán] general todas estas tierras de la Punta del Hidalgo a dicho Mateo Días Maroto y vendió a dicho Jacinto Amado [en 1640] por 53 mili reales...”.

Si bien desconocemos la causa, sabemos que a finales de siglo el heredamiento se encuentra en manos del presbítero y abogado Don Juan Onofre de Castro y Ayala. Muerto este, su madre, Doña Elvira de Ocampo y Guerra se hace con el mismo en 1703, gracias a una sentencia favorable a la misma dictada por la Real Audiencia.

El escaso control que ejercían estos grandes propietarios absentistas sobre sus tierras en el pago, permitió a los arrendatarios y enfiteutas que las trabajaban, hacerse con pequeñas heredades, cuyo probable origen se encuentre en rozas realizadas en las laderas del barranco que rodeaban las grandes haciendas allí constituidas.

Así por ejemplo, Pedro Diaz Martela, al aceptar el tributo de la suer­te de Pedro Antón de Torres en 1652, aparece hipotecando para su seguridad, "...un pedazo de tierra y una casa terrera de piedra y barro que alli tiene... ". En 1621, la viuda de Melchor Pérez, enfiteuta de la suerte del Picacho, vende “...un pedazo de tierra con su cueva de morada que habernos e tenemos en el termino de los Batanes bajo los linderos que espresan..”.

b. La organización del espacio

Tal y como indicamos en la introducción de este capítulo, he­mos detectado un profundo cambio en el modelo de explotación del barranco respecto a la etapa anterior. Si bien la información disponi­ble es escasa, podemos afirmar que, a lo largo de la centuria, se pro­duce la desaparición de la mayor parte de los anteriores aprovecha­mientos hídricos del barranco -molinos hidráulicos, algunos cultivos de regadío e infraestructura de transporte y  almacenamiento- y el asentamiento de un nuevo modelo de explotación basado en el apro­vechamiento cerealístico de los recursos del mismo.

Anchieta nos proporciona el último dato sobre la presencia de molinos hidráulicos en el cauce del barranco. Según dicho autor en 1613 Diego Riquel y Catalina Díaz redimían un tributo que pagaba por un molino en Los Batanes. Desgraciadamente, no podemos aportar mas datos, dado que no menciona ante que escribano se formalizó dicho documento. El Testamento de Doña Juana Betai Velásquez, fechado en 1663, no cita ningún tipo de molino u construcción que aproveche la fuerza de la corriente, por lo podemos deducir su desaparición a estas alturas de siglo.

Gracias a dicho documento, observamos como los cultivos de  huerta mantienen cierta importancia, por lo menos en estribaciones del cauce de agua, ya que indica poseer ”...las  aguas e guertas del batan...”.

El trigo parece monopolizar el destino productivo de las grandes haciendas que se constituyen en el barranco a lo largo del siglo.

Así se deduce de los diferentes contratos de enfiíeusis que he logrado recopilar. En 1625, Don Juan de Mesa da a tributo a Pedro Díaz Martela la suerte del Picacho, por dos fanegas de trigo y gallina que valga cuatro reales anuales; en 1633, es Doña Isabel A quien cede a censo perpetuo el Valle de los Morales a Benito Cur por doce fanegas de trigo anuales. ¿A que obedece este radical cambio de orientación en la explotación de los recursos del barrar Como meras hipótesis apuntamos dos posibles causas. Por el hundimiento de la producción triguera en la comarca lagunera lo largo del siglo XVII, en unos momentos de fuerte crecimiento demográfico, redujo a la mitad la disponibilidad de alimentos a la primera mitad de la centuria anterior. El déficit crónico de trigo que se produjo, haría interesante el cultivo de un producto de primera necesidad cuyo valor se incrementó con el tiempo. También no deberíamos descartar que la producción sirviera para pagar a los jornaleros que trabajaban sus haciendas vitivinícolas situadas en otras áreas de la isla.


Formas de explotación  

En esta etapa histórica, aparece en el barranco el régimen de tenencia a censo y tributo perpetuo, igualmente conocido como en-fiteusis. A través del mismo, el dueño de la tierra cede el dominio útil sobre la tierra, es decir, la explotación de la misma, a un cultivador o enfiteuta, a cambio de una renta anual y perpetua, pagada en espe­cies o en dinero, reservándose el dominio directo. La elección de este tipo de contrato agrario no es ninguna casualidad. Según han seña­lado varios autores, en Canarias se haya asociado especialmente a las tierras destinadas al trigo y a otros cultivos de autoabastecimiento.

Un aspecto del máximo interés en esta clase de contratos, es la posibilidad que tiene el enfiteuta de vender la tierra, siempre y cuan­do el poseedor del dominio directo estuviera de acuerdo en ello. Este, sí se lleva a cabo la venta, tiene derecho al laudemio o décima; es decir, al 10% del valor total de la propiedad vendida, sin descontar el capital del tributo que siempre queda impuesto.

Otra posibilidad, igualmente documentada, consistía en la venta del propio tributo, es decir, se producía un cambio de titulari­dad en el perceptor de la renta. Así ocurre, por ejemplo, en 1691, cuando Don Sebastián de Franquis vende a Don Joseph de la Santa un tributo de 50 reales de plata, pagados anualmente por Pedro Díaz Martela, impuesto sobre unas tierras en Los Batanes. La venta se ha­cía efectiva una vez que este había abonado la cantidad correspon­diente al capital del tributo, en este caso 1000 reales, para lo cual dicho Don Joseph hipotecaba un tributo que poseía en El Rosario.

La estructura de los contratos censales se centra básicamente en todo lo relativo a la percepción de la renta. El tributo impuesto sobre una tierras en el Picacho, otorgado por Don Juan de Mesa a Pedro Díaz Martela en 1625, es un claro ejemplo de ello. Según la letra de dicho documento, este debe, en primer lugar, “ ...tener dicha tierra la­brada y bien reparada y limpia de matorral de manera que ande cultivad.”. El pago de la renta se efectúa mediante la entrega de dos fanegas de trigo y una gallina que valga cuatro reales, obligándose a ponerlos “...en esta ciudad en las casas de mi morada el dicho trigo bueno linpio en­juto y la dicha gallina buena por cada mes de agosto de cada un año...”. Si el propietario no recibe dicha renta durante dos años seguidos, la tierra vuelve a él, sin tener que indemnizar al enfiteuta. Para asegu­rarse el cobro, el propietario prohibe a Pedro Diaz Martela, enajenar o subarrendar la tierra, si no es a “...persona lega llana y abonada que pueda pagar dicho tributo...”. Por último, el enfiteuta se ve obligado a hipotecar “...quince colmenas con sus corchos que yo he y tengo en el dicho valle de los Vatanes...”, como medio de asegurar el pago de la misma.

Es destacable el absoluto desinterés que muestra el propietario por la explotación de sus tierras. Ello se debe a que en este tipo de contratos, la mayor prioridad del propietario de la tierra se centra en obtener una renta segura, ya sea monetaria o frumentaria, sin nece­sidad de realizar ninguna inversión ni de controlar de manera directa las diversas fases de la producción, todo lo cual quedaba en manos del enfiteuta. Don Juan de Mesa es bastante elocuente en este aspec­to, señalando que él “...se aparta de la tenengia de la tierra señorío y posesión y lo traspaso a dicho Pedro Diaz Martela para que sea suya y dis­ponga a su voluntad...”.

El absentismo de los grandes propietarios del barranco, permi­tió a algunas familias campesinas controlar buena parte de las tierras del mismo a través de estos contratos de enfiteusis. Un claro ejemplo de ello lo constituye el ya mencionado Pedro Díaz Martela. En 1625, Juan de Mesa le cede a tributo la suerte del Picacho, por 2 fanegas de trigo y una gallina anuales. Veinticinco años más tarde, se hace con la suerte de Pedro Antón de Torres, mediante un tributo perpetuo de 50 reales anuales pagados por octubre de cada año, a Don Juan An­tonio de Franquis. A ello uniría una serie de bienes propios citados en los diferentes contratos de enfiteusis; en 1625 hipoteca “...quince colmenas con sus corchos que yo he y tengo en el dicho valle de los Vatanes...". En 1633, se le cita en los linderos de la propiedad de Don Lucas de Betancurt. En 1652 posee “...un pedazo de tierra en el Batan con una casa terrera de piedra y barro...”.

Melchor Pérez es otro claro ejemplo de lo que venimos dicien­do. Obtiene de Don Juan de Mesa la suerte del Picacho. Además de citársele en diferentes linderos de la zona, sabemos que su viuda vendía en 1621 “...un pedazo de tierra con su cueva de morada que habernos e tenemos en el término de los Batanes bajo los linderos que expresan...”.
Este proceso de acaparamiento de tierras alcanzará su punto culmi­nante con la familia Marrero, tal y como veremos más adelante.” (Ángel Ignacio Eff-Darwich Peña, 2005: 51 y ss.).




[1] El batán es una maquina destinada a transformar unos tejidos abiertos en otros más tupidos. Funcionaban por la fuerza de una corriente de agua que hace mover una rueda hidraulica, que activa los mazos que posteriormente golpeaban los tejidos hasta compactarlos. Estas máquinas, estuvieron en funcionamiento hasta finales del siglo XIX.

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