jueves, 23 de abril de 2015

El baile del Canario

por Melchor Padilla


En la Europa del Renacimiento una danza tuvo el reconocimiento de los bailarines de las fiestas cortesanas en las cortes de Italia, Francia, Inglaterra y España. Era conocida por su origen como el Canario o el Baile de Canarios. Las primeras referencias históricas que tenemos datan de mediados del siglo XV y Espinosa en 1594 se refiere a él diciendo que los guanches acostumbraban a hacer "alarde de sus gracias en saltar, correr, bailar aquel son que llaman canario, con mucha ligereza y mudanzas". Se cree que este baile fue llevado a la Península por los indígenas de las islas que fueron vendidos allí como esclavos tras la conquista y se popularizó de forma muy rápida. Los cronistas de la época lo describen como un aire vivo y alegre que se danzaba con gran brío y con cortos y violentos movimientos. Bailar canario llegó a ser sinónimo de moverse con mucha agilidad y vigor.
En aquellos tiempos de conquista y colonización de tantos territorios extraeuropeos, fue creciendo el gusto por lo exótico en todos los ambientes sociales, lo que determinó el auge de este baile y su rápida aceptación, primero en los ambientes populares y luego en los cortesanos de España, de donde se extendió al resto de Europa conservando el nombre de canario como referencia a su origen. Estuvo presente durante los siglos XVI y XVII tanto en los salones nobles como en los ambientes más populares y todavía en el XVIII se bailaba.

Aparece citada esta danza en las obras literarias de autores como Shakespeare o Cervantes, y Lope de Vega hace aparecer en al menos tres de sus obras teatrales a bailarines que interpretan el canario. Asimismo grandes compositores como Couperin, Lully, Kapsberger o Gaspar Sanz compusieron obras con este ritmo. En la actualidad, el canario figura en los repertorios de grandes intérpretes de música antigua.

Los más importantes tratados de danza españoles y europeos del Renacimiento incluyen el canario entre las danzas que se bailaban en los palacios de todo el continente y gracias a ellos sabemos cómo era. Se trataba de una estructura de ocho compases divididos en dos bloques repetitivos de cuatro compases. En sus orígenes isleños, según cuentan los cronistas, los danzantes se colocaban en dos filas enfrentadas y dando alegres saltos, se acercaban y alejaban entre sí. Los tratados de danza publicados en las diversas cortes europeas siguen respetando la forma coreográfica original del baile que nos describen los cronistas de las islas: las parejas enfrentadas se unen y se separan con graciosos saltitos y taconeos.
Pero, ¿qué ocurrió en las islas con esta danza que en la actualidad no existe con ese nombre? En el siglo XVIII el viajero inglés Glass todavía lo describe como vigente en el archipiélago entre las clases populares, por lo que debemos suponer que pudo haber pervivido en las islas, posiblemente modificado por las formas cortesanas que venían del continente europeo. El ilustrado Viera y Clavijo se pregunta también en ese mismo siglo: "¿En qué parte del mundo no es celebrado el baile canario por su tono vivo, alegre y lleno de expresión?".
Para el musicólogo grancanario Lothar Siemens este baile, aunque perdió el nombre, sobrevivió y es, por sus características musicales y coreográficas, el que en la actualidad conocemos como el sirinoque de la isla de La Palma. No obstante, el folclorista tinerfeño Elfidio Alonso amplía la lista de bailes folclóricos descendientes del canario al tajaraste y al tango herreño. También se pueden rastrear influencias claras de este ritmo bailable en el zapateo de Cuba, el malambo de Argentina y en México incluso se ha conservado el nombre para una danza tradicional. Quedan asimismo vestigios de su existencia en Chile y Colombia.

Muy poca gente de las islas es consciente de que cuando oyen y ven a un grupo folclórico palmero cantar y bailar el sirinoque están presenciando una de las pocas manifestaciones prehispánicas, quizá la única, que fue conocida en todo el mundo occidental desde el siglo XVI. Y para muchos, la más importante aportación cultural a Europa de los primigenios habitantes de las islas.


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