miércoles, 9 de septiembre de 2015

ARCHIVO PERSONAL DE EDUARDO PEDRO GARCÍA RODRÍGUEZ-XLV





BALANCE DE LINGÜÍSTICA ÍNSULOAMAZIGHE-I

Consideraciones heurísticas, metodológicas y dialectales

POR IGNACIO REYES GARCÍA Doctor en Filología igelliden@gmail.com


 VI Congreso de Patrimonio Histórico. Lanzarote, 10-12 de septiembre de 2008

Resumen

En el marco teórico de la lingüística histórica y comparativa, se formulan aquí algunas observaciones de carácter epistemológico relativas al análisis de las hablas amazighes (o bereberes) de Canarias. Instrumentos y procesos de investigación son examinados para ponderar la adscripción étnica y el alcance dialectal de ese con- junto ya desaparecido.

Palabras clave: amazighe insular, dialectización, etnolingüística, epistemología.

Abstract

In the theoretical frame of the historical and comparative linguistics, some observations of epistemological content are formulated here about analysis of the Amazigh dialect (or Berber) of Canary Islands. Instruments and processes of research are examined to consider the ethnic adscription and dialectal scope of this missing ensemble already.

Keywords: amazigh of Canary Islands, dialectalisation, ethnolinguistic, epistemology.

INTRODUCCIÓN

Un Archipiélago invisible a la mirada continental, debido a la curvatura del planeta y la escasa altitud media de las islas más orientales, apartado de los centros económicos del mundo clásico por una singladura comprometida y onerosa, acaso incubara en ese aislamiento original algunas de sus inercias inconfundibles, pero también una fisonomía cultural con estampa y cadencia propias. Bucear en su emergencia y discurrir históricos concita siempre ciertos obstáculos ambientales, donde postulados teóricos y políticos afilan los escarpes normales de un trabajo científico que, en buena lógica, no puede esperarse que acontezca ajeno a las necesidades y tensiones de su tiempo. Pero, lejos de apelar a una neutralidad quimérica, sea por acción u omisión, eludir las constantes más espurias de esa erosión ha de asumirse como otro empeño más de la rutina profesional.
Estas líneas proponen, sin pretensión normativa, argumentos técnicos y reflexiones epistemológicas acerca de la producción de conocimientos en un campo diacrítico: la investigación lingüística alusiva a las antiguas hablas de Canarias. Principios, hipótesis y resultados se examinan aquí en relación con la calidad de las variables heurísticas, el valor de las operaciones metodológicas y el alcance de la información multidiscipli nar, a fin de producir una síntesis ilustrativa en torno al estado de esas indagaciones en sus magnitudes más gruesas.

De partida, aunque sólo fuera por la complexión de la lengua amazighe, caracterizada por una irradiación diatópica añeja y varia, el estudio de las formaciones que crecieron en su extremo atlántico reclama un tratamiento diferencial. Las particulares circunstancias espaciales, temporales, tribales e históricas que confluyeron en Canarias in- vitan a reunir las distinciones internas de este grupo de hablas en un concepto unívoco, amazighe insular, que integra su identidad idiomática común y la imprescindible realidad geográfica. Ahora bien, pensarlas como una sola circunscripción dialectal, aun contando con las interconexiones objetivas que comparten, no debería ocultar la complejidad e individualidad de sus concretas cristalizaciones insulares (cuyo comportamiento sociolingüístico apenas vislumbramos a través de unas fuentes fragmentarias).

I. RUTAS HEURÍSTICAS

Hasta donde lo permiten unas dataciones arqueológicas casi siempre tentativas, parece establecido que el primer poblamiento humano de las Islas Canarias ocurrió hacia mediados del primer milenio antes de nuestra era. Puesto que la conquista europea no se formalizará hasta el siglo XV, esto supone que la realidad insular anterior a esa rotunda convulsión histórica habría ocupado unos dos mil años de existencia. Para penetrar en la vida de las comunidades que protagonizaron semejante lapso de tiempo, la investigación científica transita con frecuencia por un piélago de vacíos e incertidumbres. Sin embargo, esto no debería ser causa suficiente para presentar aquel pasado como un segmento estanco y uniforme, por mucho que la unicidad de conocimientos y representaciones colectivas contribuyera a forjar entonces unas pautas de integración social consistentes, pero nunca ajenas a unas dinámicas sociohistóricas desde luego mal conocidas.

El caudal de fuentes para el estudio de aquella época no fluye de forma abundante ni prolija, por lo que a menudo se expone la historicidad de los datos a extrapolaciones más o menos abruptas, cuando no a un pintoresco y nutrido repertorio de elucubraciones difusionistas, que se debaten entre la torsión y la fantasía. Desde la focalización positiva, que jerarquiza la recomposición de esa totalidad a partir de un hallazgo puntual o una serie muy limitada de registros, hasta la proyección retroactiva de los conocimientos adscritos al proceso de colonización europea, esta distorsión epistemológica, que pocas veces se reconoce como tal, tampoco resulta extraña a lo que durante años casi ha adquirido el rango de un principio doctrinal: la (supuesta) ruptura histórica que, tanto en el ámbito demográfico como, por ende, en el cultural, habría introducido la invasión europea.

En cierto momento de su desenvolvimiento argumental, cualquier línea de investigación histórica ha de conducir sus hipótesis más allá de los datos consolidados, en la confianza de que tarde o temprano aparecerán aquellos elementos de prueba que validen esas afirmaciones provisionales (o las refuten). Pero, quizá con demasiada asiduidad en la historiografía referida a ese remoto pasado insular, los procedimientos discursivos habituales desatienden con bastante ligereza los hechos observables, tanto heurísticos como analíticos, cuando no los substituyen por premisas de un modelo teórico parcamente fundado.

Hoy, las pesquisas arqueológicas, genéticas, lingüísticas y etnográficas, es decir, un amplio despliegue de exploraciones multidisciplinares, aunque ejecutado de forma un tanto inconexa, suministran ya dos verificaciones muy sobresalientes. Por una parte, la filiación amazighe, bien en un estadio líbico y/o más moderno, de las antiguas poblaciones isleñas y de su producción sociocultural. Pero, además, la notoria presencia de ese friso inicial en la conformación de la canariedad actual, sin duda a través de una persistencia mestiza que agoniza en un sistemático proceso de retracción y de cambio. A partir de aquí, nadie discute la necesidad de explorar y ponderar una eventual concurrencia de otras aportaciones, fenopúnicas y romanas principalmente, que, a juzgar por las evidencias disponibles, en ningún caso habrían desarrollado una impronta de magnitud similar a esa otra de milenaria ascendencia norteafricana.

Con la acelerada desaparición de las hablas nativas como vehículo de comunicación corriente, un característico fenómeno de decadencia inducida por una drástica presión social, no se extingue por completo la transmisión de la herencia cultural amazighe en las Islas, aunque este declive constituya tanto un síntoma como un factor de ese estancamiento recesivo. La coacción colonial, que por supuesto adopta una ineludible dimensión física e ideológica, también limita los ámbitos de realización de la lengua en la medida que condiciona los modos de vida. Una determinación que impone severas restricciones sobre la aprehensión de la realidad como desarrollo, creativo y socializante, de una experiencia cultural propia. Pero algunos contenidos tradicionales, aunque so- metidos a una desnaturalización y marginalidad progresivas, también han subsistido a través de una oralidad muy vívida durante siglos y perfectamente viable dentro de cualquier código lingüístico. Así, concepciones y valores antiguos se reproducen aún en cierta visión del mundo, las relaciones humanas o la espiritualidad. Por descontado, en la mayoría de los casos ahora no se percibe la cualidad ancestral de esas creencias o hábitos, salvo como expresión de una vindicación etnicista o de un tipismo folclórico. Pero, en todo caso, tales vestigios, aunque relegados a esa latencia menguante, delatan una continuidad histórica objetiva de la población y cultura amaz(Archivo personal de Eduardo Pedro García Rodríguez)
ighes, muy alejada de las recurrentes tesis extincionistas y dicotómicas sobre una historia insular que suma ya dos mil quinientos años.

Negar que la colonización europea provocó un corte substantivo en el despliegue histórico insular resulta tan inapropiado como el alcance polarizante que se atribuye a esa fractura. Con la excusa del convencionalismo terminológico, todavía se aísla en la
«Prehistoria» unas manifestaciones sociales que ni desconocían los diversos usos de la escritura ni vegetaban en una oralidad asilvestrada. Igual que sus actores se exhuman aún a través de un concepto, «aborigen», que apenas disimula una doble escisión muy apreciada por enfoques literarios y políticos: en su acepción de ‘persona originaria del suelo en que vive’, se soslaya así, al margen de paradojas insulares, la precisa raíz norteafricana que habría reducido hace ya tiempo las erráticas apelaciones a un pertinaz eclecticismo demográfico, ornado a menudo con novelescos ribetes de misterio; y, de otro lado, como ‘población primitiva distinta de la que ocupa el mismo lugar con posterioridad’, se consagra esa tendenciosa oposición que separa el presente isleño de su vínculo nativo. Porque redirigir el análisis hacia una «Protohistoria» que enfatiza la observación externa sobre los recursos, materiales e intelectuales, que produce una sociedad en su devenir histórico, queda lejos de cuestionar en realidad el sesgo teórico que representa la afirmación del colonialismo y el desarrollo capitalista europeos como agentes civilizadores.

La conformación de la subsistencia en la sociedad amazighe, continental e insular, confió en la memoria para fecundar tanto una tradición cohesiva como regulaciones legislativas, prácticas docentes o conocimientos básicos y aplicados en general. Pero, así mismo, operó con soluciones aritméticas y registros astronómicos que todavía decoran paredes y cerámicas1. Ese plano funcional de la expresión escrita también alienta en sus abundantes enunciados epigráficos, aunque la dimensión simbólica en ambos casos ad- quiriese una mayor relevancia que su valor instrumental. Todo vive, posee una energía consciente y volitiva, de manera que el pensamiento y la palabra, verbal o escrita, interactúan con el medio, donde lo humano aún pertenece a la naturaleza, en una dialéc- tica ya extraña para la tradición literaria.

Los 15 o 16 caracteres líbicos que figuraban en la inscripción de Azib n’Ikkis (Alto Atlas marroquí), datada hacia el 500 a.n.e. pero asociada a un yacimiento del bronce medio (entre el 1500 y el 1200 a.n.e.), inducen a pensar que existió en el norte de África una tradición alfabética propiamente líbica anterior a la poderosa influencia fenicia (Camps 1996: 2.571). Quizá una parte del rico patrimonio epigráfico insular pueda vincularse a esa prístina versión occidental. Aunque el estado de las investigaciones dista mucho de facilitar juicios taxativos, conviene recordar que ese ámbito aportó un apreciable contingente poblacional a la colonización amazighe de las Islas. No obstante, sin dataciones absolutas, la hipótesis más prudente haría esos materiales contemporáneos de los petroglifos latino-insulares fechados en torno al comienzo de la Era, el único corpus bilingüe del catálogo isleño (Pichler 2003). Pero, en todo caso, el copioso componente oriental de la población ínsuloamazighe tampoco se puede substraer a eventuales influencias fenopúnicas o romanas ya en su origen continental. En resumen, muchas dudas todavía, cuya resolución depende de precisiones técnicas y analíticas. En la medida que los conocimientos lingüísticos e históricos definan mejor las hablas y la vida de los isleños, con buenas transcripciones poco a poco esos testimonios abonarán nuestra comprensión de aquel pasado.

Encajar esa realidad en la tópica periodización historiográfica que jerarquiza la evolución humana hacia el capitalismo, centrada en ciertos hitos de la acción material antes que en la organización social de las fuerzas y relaciones productivas, implica resignar la ciencia a una indeleble discursividad ideológica. La irrupción colonial cambió el signo substantivo de las sociedades isleñas, urgió transformaciones radicales que abrirían una época distinta. Pero cuánto del nuevo régimen de dependencia personal, por ejemplo, contradijo la verticalidad estamental más o menos afirmada en las comunidades ínsuloamazighes, cuánto de la vida campesina o las creencias populares impugnaba las dinámicas de explotación agropecuaria o el imaginario cristiano... Una historiografía que se mantenga ajena a ese proceso de transición y mestizaje renuncia a su estatuto profesional. Se acoja un enfoque descriptivo o analítico, la secuenciación del desenvolvimiento histórico en Canarias ha recorrido tres instancias complejas: una fase antigua, marcada en su estado epigonal por una complementariedad segmentaria; otra etapa moderna, regida por los lazos de servidumbre que fija la compulsión colonial; y un curso contemporáneo, dominado por las formas salariales y las coacciones extraeconómicas que patrocina un capitalismo subalterno y extravertido.

Sin una observación amplia y depurada de aquellas colectividades ínsuloamazighes, las texturas sociales de las antiguas hablas isleñas apenas emergen de un repertorio léxico y fraseológico de mucho interés pero restringido, tanto en sus contenidos como en su ubicación temporal. Entre el escueto mosaico epigráfico y la erosionada remembranza oral, la documentación oficial, civil y eclesiástica, así como las narraciones etnohistóricas, presenciales y bibliográficas, retienen el volumen más aprovechable de
noticias y datos, aunque las interpolaciones, mutilaciones y aristas ideológicas requieran un cuidadoso tratamiento heurístico de los manuscritos y sus, a veces, numerosas y de- ficientes copias. A los portulanos y reseñas de viajeros; las bulas y registros eclesiásti- cos; las datas, protocolos, actas y resoluciones jurídico-administrativas; las crónicas mi- litares y las descripciones etnográficas de diversa índole, hemos de añadir así mismo un capítulo algo inesperado: una epigrafía híbrida, es decir, escrita en lengua amazighe pero con caracteres romances y discurso colonial.

Por de pronto, los dos únicos casos seguros se amparan en el culto a la Virgen de Candelaria para la transmisión de mensajes pastorales. Ahora bien, las piezas pertenecen a momentos tan distantes como 1400 y 1906, algo tampoco tan extraño en realidad. El antiguo arraigo de esta devoción se debe buscar en la identificación de esa virgen con la estrella Canopo, fundamental en la más ancestral cosmogonía norteafricana que regía también en la Isla.

En la primera de esas obras, la talla mariana desaparecida en el temporal de 1826, las famosas «letras y characteres de las orlas» (Espinosa 1594, II, 13: 57v) que lucían en su manto exponen, casi al modo consonántico de la escritura líbicoamazighe, un breviario misional de inspiración franciscana. Su exquisita elaboración gramatical vuelve improbable que sacerdotes nativos no participaran en la ejecución. Pero, además, hace un par de años se cosechó en Sevilla un descubrimiento insólito. En el bastidor de un lienzo dedicado a esta advocación cristiana, se encontró un precepto doctrinal redactado con idéntico esmero y conformidad dialectal que esos otros textos anteriores a la conquista de Tenerife, aunque esta vez la imagen había sido pintada hace sólo cien años (Reyes 2007: 60-82). Al dorso de un cuadro y en una modalidad de habla extinta, el enunciado se diría que perseguía un alcance más simbólico que evangelizador. Un ejemplo más de la vitalidad de una tradición oral que, inclusive, ha conservado hasta la actualidad dos poemas ínsuloamazighes que aún se cantan en la festividad de esta ideación religiosa (Reyes 2007: 43-46).

Cierto que, una vez atestiguada su adscripción étnica e idiomática, la comparación con el ámbito continental ayuda a comprender no pocos rasgos constitutivos y pragmáticos de las culturas insulares. Aunque esa identidad compartida de ninguna manera autoriza a extrapolar características o subsumir diversidades en razón de equivalencias rasantes, salvo como expresas hipótesis de trabajo. Dentro del abigarrado dominio amazighe, el mapa dialectal de las Islas Canarias contiene peculiaridades tan notables que cualquier simplificación o generalización, tanto analítica como descriptiva, que se aparte de un diseño metodológico sistemático, explícito y uniforme carece de valor ejecutivo.

(Archivo personal de Eduardo Pedro García Rodríguez)


BALANCE DE LINGÜÍSTICA ÍNSULOAMAZIGHE-I I

Consideraciones heurísticas, metodológicas y dialectales

POR IGNACIO REYES GARCÍA Doctor en Filología igelliden@gmail.com

VI Congreso de Patrimonio Histórico. Lanzarote, 10-12 de septiembre de 2008


II. BAGAJE METODOLÓGICO

Conforme a los testimonios antiguos y la evolución de ciertos parámetros lingüísticos, la población isleña, neutralizada su capacidad para controlar la reproducción de las condiciones materiales y culturales de existencia, habría abandonado el uso de la lengua amazighe como sistema de comunicación social hacia finales del siglo XVI. Al margen de pervivencias puntuales y muy acotadas, una coerción colonial concluyente, quizá agudizada por la insularidad, relegó sus esferas de actuación e impidió que el bilingüismo activo prosperase en la nueva sociedad. Confinadas en un registro campesino excluido de los valores sociolingüísticos dominantes, el rápido decaimiento de esas hablas no evitó que imprimieran un sello singular al español de Canarias. La re lajación y pérdida de cualidades gramaticales básicas, como el sentido y la pertinencia de las marcas de género y número en los substantivos, igual que su pronta y extensiva desnaturalización semasiológica, son algunos de los rasgos que jalonan ese proceso de extinción y, al mismo tiempo, discriminan los contenidos que penetraron en el idioma de los conquistadores.

Sin duda, se cuentan por miles los fósiles léxicos que todavía ocupan algún lugar en el español de Canarias, muchos de ellos arraigados en la toponimia o rehabilitados como fetiches para las nominaciones más insospechadas. En menor cuantía, aletean también algunos signos plenos, donde zoónimos (perenquén, baifo, etc.) y fitóminos (taginaste, bejeque, etc.) reúnen colecciones importantes, aunque no faltan los adjetivos (malén, mané, etc.) y otras voces del lenguaje corriente (gofio, eres, etc.). Pero parece obvio que la investigación filológica debía inspeccionar antes los recursos escritos que las imágenes orales supervivientes. Si ya lenguas o hablas periclitadas sólo son accesibles a través de sus textos, que en Canarias acumulan lastres heurísticos pertinaces, pero también contextos y circunstancias primarias, las migraciones interinsulares (forzadas o voluntarias), la importación temprana de esclavos moriscos, el influjo andalusí en las lenguas romances, la prosecución de contactos socioeconómicos más o menos episódicos con áreas norteafricanas y, por descontado, el quebranto de la identidad idiomática (y hasta cultural) ínsuloamazighe a medida que nos alejamos de aquel pasado, recomendaban empezar por restaurar, dentro de lo que fuera factible, las propiedades lingüísticas de los estados de habla más antiguos.

Desde el punto de vista fonológico, la influencia en Canarias de las variedades meridionales del español, imposibles de hurtar a su impregnación árabo mazighe, complican el examen de un paisaje fonético nativo que conocemos sobre todo a partir de fuentes escritas extranjeras. Buscar permanencias (u omisiones) en la pronunciación actual, tal vez sea viable cuando los estudios experimentales y diacrónicos de las modalidades continentales rindan resultados más vastos y afinados. De momento, alegar filiaciones exclusivas para algunos fenómenos, como por ejemplo la realización sonora y continua de la consonante (č) palatal africada sorda /tÉS/ o el ensordecimiento y confusión de las sibilantes (s, ss, z y c) en un único fonema de timbre dental /s/, por mucho que anexen constancias romances no será ocioso señalar que también se observan en algunas dicciones amazighes.

Mención aparte merece la alternancia f / p, muy extendida en las hablas de La Gomera y Tenerife, aunque no faltan muestras más esporádicas en el resto de las Islas. La ausencia de la consonante bilabial /p/ como fonema independiente en los dialectos vivos no puede invocarse para justificar una infección románica, pero tampoco para colegir una probable contaminación fenopúnica solamente, porque ambos fonemas ya convivían sin diferenciación en el substrato afroasiático (Cohen 1947: 166).

Aun con una trascripción exacta del tejido epigráfico, faceta que la investigación todavía no ha terminado de concretar, los hablantes de una lengua suelen ejercitar su horizonte fonémico más allá de las literalidades textuales, que aquí tampoco acopian un volumen excesivo. Por eso, la aproximación más sólida a ese inventario arranca en la criba paleográfica de la documentación europea y el cotejo interdialectal dentro del do minio amazighe, instruido desde un principio de regularidad en las correspondencias fonéticas (Cohen 1947: 62-66), que al menos considere una perspectiva diacrónica a partir de sus evoluciones locales (Galand-Pernet 1985-86: 6). Extraer de este rastreo algo más explícito que la consonancia idiomática de ese caudal, caso de la comparecencia firme de algunas especificidades diatópicas, supone entrar en un terreno muy espeulativo en la mayoría de las ocasiones. El carácter sistémico de algunos procesos articulatorios, como la oposición tensiva en las consonantes, habilita ciertos recursos deductivos, pero este tipo de inferencias no atestiguan hechos.

El abanico fonológico probado ya para el conjunto ínsuloamazighe recubre el elenco básico de la lengua, con paladiales también muy seguras2:

a) Clasificación de los fonemas según el modo de articulación:

oclusivo      fricativo       africado         nasal          silbante      chicheante     vibrante b        p                  f                                 m
d        t         l                  dZ         tÉS             n             z        s        Z            S            r
d          t                                                                      z
¯
g        k
q              χ
h

b) Clasificación de los fonemas según el punto de articulación:

bilabial      labiodental       dental         alveolar        palatal          uvular         laringal b        p                  f        d        t              l             ¯                        χ                  h
m                                       d          t              r            dZ       tÉS                  q
n                  Z           S           g        k z        s
z
w                                                                                j

Separar las simples incorrecciones textuales de lo que fueron singularidades alofónicas insulares o, inclusive, validar el auténtico estatuto fonémico de articulaciones desconocidas, excepcionales o representadas de manera equívoca en las lenguas romances, granjea algunas dificultades que sólo cobran nitidez suficiente a través de dos expedientes operativos indispensables: ajustar en lo posible la historicidad de esos caracteres contemporáneos de la colonización europea, siempre a partir de los hábitos gráficos del autor, época o norma diatópica (Reyes 2000), e incorporar ese material isleño a un análisis interdialectal amazighe, concebido sin otras restricciones que las activas en las hablas involucradas en el poblamiento lingüístico del Archipiélago o, en su indeterminación, garantizadas para el conjunto de la lengua. La tarea sólo cabe calificarla de crucial, por cuanto las consonantes, sujetas a frecuentes cambios fonéticos, acogen el significado de los enunciados nominales y verbales, mientras las vocales sólo agregan valor morfológico.

Por lo que respecta al sistema vocálico, las notaciones documentales carecen de la feracidad contextual y diacrónica necesarias para ponderar su pertinencia o su definición fonológica, más allá de la indefectible confirmación de la trinidad básica (a, i, u) que domina en la lengua amazighe. Aunque ya se puede proponer que los fonemas de apertura media, /o/ y, en especial, /e/, además de responder a sencillas adaptaciones romances de los timbres más inestables de ese triángulo, a menudo siguen las pautas de condicionamiento prosódico que también practican las hablas tuareg y orientales (Cha- ker 1995: 12-13). En cambio, la presencia de la vocal central /ə/, cualquiera que sea su función, se tendrá que presumir, porque sólo figura bajo la misma grafía que la vocal anterior /e/.

Sólo una inexcusable decantación fonémica dará consistencia a otros rubros de la comparación lingüística (gramaticales, léxicos o sintácticos), cualquiera que sea el peso conferido a los procesos constructivos de la lengua. Se ponga el énfasis en su carácter bien aglutinante o bien flexivo, el punto de partida siempre ha de residir en esa escrupulosa traslación o, en su defecto, restitución de la materia básica, los sonidos per- tinentes, algo que en los estudios canarios se suele sortear, en el mejor de los casos, re- curriendo a las formas inventariadas por Wölfel (1965).

Si tenemos en cuenta que el grueso del material lingüístico nativo abunda más en piezas léxicas que oracionales, implicadas éstas a menudo en ceremonias ritualizadas y, por tanto, algo inmovilistas, se comprenderá que las prospecciones morfológicas y semánticas antecedan también a las sintácticas. La descripción sistemática y el examen funcional sincrónico, sin abarcar cuantiosas variables y oposiciones relevantes, proveen no obstante una cadena de constataciones e instrumentos positivos muy útiles para conjugar inferencias reductivas e inductivas que cimentan, cada vez un poco mejor, algunos escenarios sociohistóricos. Raras veces se hallarán cauces para trascender las literalidades etimológicas, pero éstas ya comportan un hito extraordinario, pues la penuria de traducciones directas y ambientaciones dibujadas sin demasiadas ambigüedades en las fuentes constriñen los análisis de manera muy seria.

La coordinación asindética, central en la construcción proposicional amazighe (Basset 1952: 40), y la composición yuxtapuesta o sintética de complejos nominales, tanto substantivos como predicativos, aspectos también perceptibles en Canarias, milita en favor de una caracterización aglutinante de la lengua (Allati 2002). De hecho, nadie dirá que esas manifestaciones no lleguen a instituir por momentos un estado reconocible, pero sus ingredientes y procesos relacionales y flexivos le confieren una estructura menos semejante al modelo finogro, por ejemplo, que al afroasiático, por muy semiti- zado que se nos presente.

En última instancia, cualquier formulación histórica del lenguaje debe mensurar su  naturaleza  dinámica  y  su  fundamento  social  para  adentrarse  en  la  producción cognitiva y en la acción comunicativa, procesos no sólo lingüísticos, aunque dotados de una semántica nuclear en su desarrollo.

Algunos vestigios de antigüedad acreditada, muy ilustrativos, no bastan sin embargo para sancionar otra cosa distinta que su vigencia en las hablas insulares junto a material más moderno. El presumible valor instrumental del prefijo nasal (m-) que se detecta en algunos nombres de armas (Reyes 2001: 290), palpable también en semítico y en egipcio antiguo (Prasse 1974: 67-68), pero substituido por otro sibilante (s-) en el conjunto actual de la lengua; las afinidades afroasiáticas en el léxico numerativo, con algún arcaísmo irrefutable (Reyes 1998: 89), o la profusa utilización de nombres verbales y de un aoristo simple o imperativo (Reyes 2004: 324) dotado de una expresa carga nominativa (Prasse 1974: 78), así mismo de raigambre afroasiática (Marcy 1931: 179- 180), dan una idea del vetusto perfil que se descubre en el amazighe insular, depósito privilegiado de algunas cualidades que los dialectos continentales han perdido o mutado.

El estudio de las antiguas hablas amazighes de Canarias ha de escudriñar, por supuesto, convergencias formales con los dialectos continentales, porque ni la cantidad ni la calidad del material accesible franquea demarcaciones más complejas, pero sin forzar la constitución de las voces o sus campos de significación. A pesar de cierta inclinación conservadora en la estructura del idioma, caer en anacronismos no resolverá las incógnitas. Esto demanda restablecer, en todas sus facetas (gráfica, fonológica, semántica, etc.), la historicidad de los ámbitos gramaticales de las lenguas comparadas y construir a partir de este análisis molecular y cruzado, con frecuencia más nutrido de hipótesis factográficas que  de  datos  consolidados, tanto  las  descripciones positivas como las explicaciones genéticas y procesales que persigue la investigación científica. El error, aparte de una estación indeclinable en penumbras tan densas, cuando se inscribe en una estrategia metodológicamente orientada, siempre termina por tributar conocimientos fructíferos de alguna índole.

Dentro de la filología ínsuloamazighe, no faltan situaciones en las que anomalías y déficit registrales truecan sus fronteras con la idiosincrasia diatópica. La elisión de la vocal de estado en muchos substantivos, por ejemplo, puede obedecer a un lapsus cálami de la fuente europea, pero tampoco se erige en una costumbre tan inusitada en algunos dialectos continentales que exija enmendar todas esas notaciones (a menudo, más atinadas de lo que se piensa). Porque interferir lo mínimo en el tenor de las mues- tras, así como hacerlo de forma explícita y pautada, evitará orillar o adulterar procedi- mientos, accidentes y partes quizá genuinas o identificativas. La esencia de las hablas isleñas exterioriza una urdimbre un tanto abstrusa, mas no arbitraria, lo cual faculta el establecimiento de marcadores geolingüísticos potenciales, es decir, vocablos y funtivos que atesoran atributos fonéticos, semánticos y/o gramaticales dialectalizados. Sin se- cuencias diacrónicas detalladas ni monografías diferenciales para todas las variedades de la lengua, la prudencia aconseja minimizar el riesgo de eventuales desapariciones con un rastreo interdialectal tan exhaustivo como flexible o proclive a sondear también espacios limítrofes al examinado.

(Archivo personal de Eduardo Pedro García Rodríguez)

BALANCE DE LINGÜÍSTICA ÍNSULOAMAZIGHE-III

Consideraciones heurísticas, metodológicas y dialectales

POR IGNACIO REYES GARCÍA Doctor en Filología igelliden@gmail.com

VI Congreso de Patrimonio Histórico. Lanzarote, 10-12 de septiembre de 2008



III. MÁRGENES ETNOLINGÜÍSTICOS

Desde la segunda mitad del IV milenio a.n.e., diferentes testimonios egipcios revelan la difícil convivencia que mantenía el país del Nilo con las tribus libias desplegadas por su frontera occidental. No obstante, sin necesidad de retroceder hasta un eventual substrato mechtoide (10000 a.n.e.), que hoy se estima poco significativo en su composición, excepto para Canarias (Camps 1998: 12-14), cabe admitir la presencia en la zona de esas poblaciones líbicoamazighes desde el milenio anterior, por cuanto sus antecedentes  directos  o  protoamazighes parecen  remontarse  hasta  algún  momento, todavía impreciso, entre el VIII y el VI milenios3, período en el que se consuma la colonización capsiense del África septentrional. Y esto por no llevar esas raíces hasta su núcleo original afrosiático, cuyo foco de expansión sitúan algunos autores, a partir del 11500 a.n.e., entre el sur de Etiopía y la costa occidental del Mar Rojo4.

A pesar de las innumerables y poderosas influencias externas recibidas a lo largo de la historia, esta milenaria comunidad étnica ha preservado una identidad lingüística distintiva, donde el conservadurismo y los contrastes priman casi por igual. La amplitud y diversidad del territorio que han ocupado y por el que se han desplazado desde aquellos tiempos pretéritos, tanto como la ausencia de una organización sociopolítica integrada y duradera o el desarrollo esencialmente oral de su cultura son quizá los factores que más han favorecido una fragmentación característica. Sin embargo, hasta qué punto la expresión actual de esa lengua, la tamazight, refleja una estructura gramatical coherente con sus formulaciones precedentes no constituye todavía un episodio cerrado para la ciencia.

Al margen de condicionantes sociopolíticos más o menos tenaces, ni esa profundidad histórica de la lengua ni su dispersión dialectal facilitan un escenario expedito para el avance de la investigación filológica. Los estudios efectuados hasta ahora muestran un idioma vertido en la práctica a través de miles de hablas, las cuales pueden ser agrupadas en torno a una serie de dialectos regionales, cuya definición certera depende tanto de variables lingüísticas como sociales (Ameur 1990: 23-26). Con todo, tampoco se trata de una atomización mutuamente impenetrable, aunque a menudo también se otorga a los vectores unitarios un alcance real excesivo. De la congruencia teórica,  manifiesta  por  ejemplo  en  la  arquitectura  fonológica  básica,  la  organización flexiva, la sintaxis predicativa o la factura del sistema verbal, hasta la intercomprensión efectiva de los hablantes, restan algunas distancias muy elocuentes. Tal vez éstas no hayan terminado de instruir realizaciones divergentes por completo, pero ciertas discontinuidades, no sólo ligadas a una diversidad léxica muy marcada, ostentan en algún caso una magnitud y antigüedad insoslayables. En este sentido, diacríticos bastante acusados separan el conjunto de modalidades noroccidentales del no menos amplio dominio meridional o tuareg, tan afín en cambio a las variedades más orientales (con las que parece compartir alguna ascendencia poblacional).

Por lo que respecta a Canarias, ese heterogéneo panorama geolingüístico, entreverado de correlaciones y discordancias, apenas presenta una reducción de su escala, porque algo de esa unidad diversa también da el salto hasta el Archipiélago. A grandes rasgos, el diseño vendría determinado por la convivencia insular de esos dos flujos cardinales, aunque bajo un predominio claro y generalizado del estrato tuareg. El problema estriba en que esta diferenciación importada debió de generar una dialectización añadida, fruto de la coexistencia isleña de estas hablas durante unos mil quinientos o dos mil años, depende del momento en el que se completara este poblamiento amazighe de las Islas, abierto a mediados del primer milenio a.n.e. y, con cierta probablidad, ultimado en sus ingredientes mayores alrededor del tránsito a la Era. Mas la introducción de esclavos moriscos (amazighes arabizados) durante la colonización europea, que en su rama ibérica portaba a su vez un bagaje cultural romanandalusí de fuerte impronta amazighe, obliga a considerar acotaciones específicas para ese proceso.

Sin plantear una correspondencia mecánica entre resultados lingüísticos y genéticos, pues la adquisición de un idioma por el ser humano no forma parte de su herencia biológica, llama la atención cierta coincidencia en algunos aspectos. Conforme a los análisis de ADN mitocondrial practicados sobre restos de la antigua población isleña, el subhaplogrupo amazighe (U6) figuraba representado en el Archipiélago a través de tres sublinajes: por un lado, el antiguo y ubicuo U6a-U6a1, presente desde Canarias hasta el Próximo Oriente, Etiopía o Kenia; de otra parte, dos variedades aún vigentes en la población insular, U6b1 y U6c1, cuya estancia continental se desconoce con exactitud, aunque se localizan antecedentes filogenéticos inmediatos (U6b y U6c) tanto en Marruecos, norte de Argelia y Túnez como, sobre todo para el U6b, en ámbitos más me ridionales e incluso sahelianos5. Un acervo de registros que cada día ofrece concomitancias más estrechas con la caracterización dialectal delineada aquí.

Salvo en el plano teórico, nada en la información disponible eleva las segregaciones isleñas a la condición de conjunto diatópico unificado e independiente, pero mucho menos a la categoría de arcaico eslabón exento dentro del dilatado mundo afrosiático. Por lo demás, en la elucidación de esos frescos insulares, no pueden pasar inadvertidos algunos indicios etnolingüísticos particulares que, sin certificar conclusiones categóricas, insisten en horizontes interpretativos bastante lógicos. Atributos que, en unos casos, matizan la genérica filiación tuareg que atraviesa la personalidad del Archipiélago y, en otros, traslucen contribuciones diferenciales.

Acaso el rostro más concreto de ese origen continental común se halla en la isla de La Palma. Ya su titulación nativa, «Benahoare», anuncia el enlace tribal más verosímil. El sintagma  wen-ahūwwār, cuya literalidad6 señala el ‘lugar donde (está) el ancestro’, parece remitir al etnónimo huwwâra, confederación de pueblos amazighes residenciada en Tripolitania y el Fezzán con anterioridad a la invasión islámica del siglo VII (Ibn Jaldún 1925, I: 275-276). A partir de esa fecha, migran hacia el poniente y se extienden por toda el África septentrional y meridional, hasta instalarse en enclaves ahora tan relacionados con el poblamiento lingüístico del Archipiélago como el Hoggar argelino, que le debe su nombre, el macizo montañoso del Ayr, en el Níger central, o el Sus marroquí7, entre otros. Una procedencia oriental compatible con las dataciones y las circunstancias más probables que rodearon la colonización amazighe de las Islas, además de congruente con buena parte de los materiales lingüísticos más abundantes en el Archipiélago.

La conjunción con el área tuareg, sobre todo el triángulo formado por las regiones del Ahaggar (Argelia), Meneka (Malí) y Ayr (Níger), destaca también en Lanzarote y Fuerteventura. En concreto, la entidad del habla tăhăggart en esas islas conquista un rango tangible, hasta el punto de poder aducirse como amalgama de sus poblaciones y
territorios  fronterizos.  Eso  sugiere  su  gentilicio  común,  «mahorero» o  «maxorata» (también consignado como topónimo de la comarca noroccidental de Fuerteventura). Bien es verdad que el lexema [M·H·R] brinda en fenicio un oportuno ‘occidente’, que la tradición fenopúnica pudo deslizar en la cultura amazighe continental e insular. Pero la explicación más sencilla lleva a ver la fórmula mahārt o *mazār-t, sin la típica alter- nancia laríngea de la alveolar etimológica, cambio que prepondera en la tăhăggart, y con el antiguo sufijo dental, -(a)t, como indicador habitual de patronímicos y etnónimos (Marcy 1929: 31). Así, estos ‘hijos de la comarca o país natal’, lectura que además con- cuerda con el contexto dialectal, nos conducen otra vez hasta la cepa huwwâra.

El mismo adjetivo cromático, «terog», que figura en el nesónimo nativo de Lanzarote, «Tyterogaka» o *Ti-tərūghăy-akk-(t), ‘toda amarilla o cobriza’, exhibe la inconfundible metátesis (W·R·Gh = R·W·Gh) que aplican sólo algunas hablas de la familia tuareg. En cambio, pese a que se ha generalizado el hábito de llamar «majos» a los antiguos habitantes de esa isla, ni estamos ante un gentilicio ni los zapatos de cuero (maho), con clara dicción tăhăggart, dieron algún contenido al concepto. Aparte de las proximi dades y torsiones formales, el error debió de venir motivado también por el uso cotidiano del término «maxio» o «mago» en el tratamiento de las personas, pues esta noción del ‘alma’ alude por igual a las cualidades espiritual y corpórea del ser humano (Reyes 2004: 106-107).

Desde el siglo IV, fuentes latinas dan el nombre de «Caprarienses» a unos mon- tes y una tribu adyacente que emplazan en Argelia, entre la provincia de Constantina y el Atlas sahariano (Desanges 1962: 43, 49-50 y 1992: 1.756). Muy cerca se extiende la región del Mzab o Aghlan, nominación amazighe que evoca de inmediato la designación herreña de su comarca suroccidental, el Julan o Julán, cuyo valioso patrimonio arqueológico atestigua la enjundia que ganó en el pasado. Ayuda a centrar esa posible analogía que la descripción de Plinio el Viejo (VI, XXXII, 204) contemple una isla «Capraria» repleta de lagartos de gran tamaño. Sin embargo, también aquí el vínculo tuareg alcanza  una proyección capital,  visible incluso en  su denominación insular:
«Esero», «Ezero», «Écerro», «Eccero» o, en notación etimológica, *Ēźărūh, depara en la tăhăggart esa magnífica ‘muralla rocosa vertical’ que articula la efigie geomorfológica de El Hierro.

Aunque una temprana y profunda arabización vuelva casi impracticable la comparación lingüística, el arribo de la tribu rifeña de los ghomâra a la isla de La Gomera se impone como una hipótesis muy razonable. Más allá de la innegable equivalencia formal  entre  ambas  voces,  el  etnónimo  «Ghummart»  (Ibn  Jaldún  1968,  II:  680)  o *Ghumārt, con metátesis de los dos primeros radicales (Gh·M = M·Gh) como sucede todavía en el Níger occidental y la comarca de Meneka (Malí), tolera en su traducción a los ‘hijos de el Grande’. El impresionante Valle (del) Gran Rey, desplegado al suroeste de la Isla, invita a creer que este epónimo no fue nunca olvidado a pesar del éxodo atlántico.

Pero, según la tradición continental, el pueblo ghomâra se considera descendiente de grupos amazighes venidos del Sus, en el sur y sudeste de Marruecos, algo que las concordancias dialectales no desmienten. Pero sea esto cierto o sólo represente un recuerdo de la época en la que todo el país, hasta Tánger, recibía el nombre de «Sūs» (Colin 1929: 46-50), la realidad es que esta referencia nos aloja de lleno en el otro gran foco emisor de población hacia Canarias. Del Atlas Medio hasta el Anti-Atlas, las hablas del Marruecos central y el dialecto susí fertilizan un estimable surtido de afinida- des por todo el Archipiélago.

En Gran Canaria, por ejemplo, se hace difícil ignorar una posible relación con la tribu de los canarios, que las fuentes clásicas colocaron en la vertiente suroriental del Atlas Medio y regiones algo más meridionales de Maruecos. Pero, además, el análisis de este etnónimo a través de la filología amazighe permite vincular su base de significación, [K/G·N·R], con la ‘frente (anatómica)’, que en las hablas nigerianas y malíes acoge también la acepción ‘frente de combate’ o ‘vanguardia’. Justo la dirección en la que apunta un tardío y discutido informe del naturalista Manuel de Ossuna (ca. 1848, I: 49), que señala el enunciado «país de los valientes» como traducción del nombre insular «Tamerán». Y el caso es que este nesónimo, huérfano de cualquier otra confirmación heurística, actúa todavía como adjetivo en algunas hablas tuareg para designar a la ‘persona notable o considerable por su poder, nobleza, influencia o riqueza’, así como para denotar la ‘fuerza, potencia o capacidad de acción’, valores que no sólo abundan en esa bravura tan apreciada en las sociedades ínsuloamazighes, sino que hacen pensar inclusive en que sea el verdadero origen del apelativo «gran o grande» que connota la denominación habitual de esta ínsula.

Por lo que afecta a la isla de Tenerife, la caracterización etnolingüística no cuenta con pormenores tan expresivos. Los intentos de relacionar el nesónimo «Achinech(e)» o el gentilicio «guanche» con la tribu de los zanatas (Muñoz 1994: 239-240) o los cinitios (Tejera 2004), casi siempre a partir de las tardías deformaciones gráficas «Chinet» y «Guanchinet» (Núñez de la Peña 1676: 34), albergan demasiadas incertidumbres filológicas (Reyes 2004: 69 y 101-103). El étimo más ajustado a las voces nativas correspondientes remitiría a una figura determinante en la vida insular: Ashenshen (o en su forma primaria *Azenzen) habla de un lugar que ‘zumba, retumba, resuena o vibra’, imagen acústica inspirada en la poco tranquilizadora actividad de un volcán, el Teide (*Tĕydit, ‘la perra’), colmado de connotaciones malignas. Pero, aun así, esa dicción postalveolar o incluso palatalizada (z > š/č) del primer radical permite efectuar alguna conjetura a propósito de la adscripción geolingüística del vocablo. Concepto presente en dialectos marroquíes y argelinos, las variantes šenšen o čenčen se registran tanto en susí como en el habla cabilia de los At Mangellat, ambas con patente repercusión en la Isla.

(Archivo personal de Eduardo Pedro García Rodríguez)


BALANCE DE LINGÜÍSTICA ÍNSULOAMAZIGHE-IV

Consideraciones heurísticas, metodológicas y dialectales

POR IGNACIO REYES GARCÍA Doctor en Filología igelliden@gmail.com

VI Congreso de Patrimonio Histórico. Lanzarote, 10-12 de septiembre de 2008


CONCLUSIONES
Pocos apartados de la etnografía y la historia de Canarias suscitan tanto interés popular como el patrimonio lingüístico nativo. Aunque los conocimientos reales que circulan no pueden considerarse óptimos, se percibe con claridad el papel del lenguaje en la comprensión de la sociedad humana. Esta certeza elemental, en cambio, no parece haberse instalado en la historiografía de las Islas, cuyo discurso reserva a la lengua alusiones muy contadas. Sin embargo, hay que mencionar en su descargo la pobre aportación de la filología canaria en este ramo. Una ideologización, ora eurocéntrica ora etnicista, tan impenitente como científicamente estéril obstruye el progreso normal de unos estudios que, con todo, nos ofrecen ya una visión bastante solvente del pasado anterior a la ocupación europea.

De lo expuesto hasta ahora, las siguientes conclusiones tal vez sirvan para dar una orientación más convincente a esos problemas que permanecen todavía insepultos.

1. La filología ínsuloamazighe, que despliega su actividad en el marco de la lingüística histórica y comparativa, incluye las antiguas modalidades de habla isleñas en un análisis interdialectal  de  la  lengua  tamazight  (en  español,  amazighe o  bereber).  A  tal  fin, procede a una refinación fonética y semántica del material conservado, bien en fuentes escritas o por transmisión oral, para obtener contenidos lexemáticos pertinentes. Esto proporciona, a su vez, algunos marcadores diferenciales, enunciados con una carga dialectal específica, los cuales facilitan una caracterización etnolingüística potencial de aquellas sociedades atlánticas.

2. El antiguo poblamiento lingüístico del Archipiélago se caracterizó por la convivencia insular de dos flujos dialectales, uno meridional o tuareg, de honda radicación en todas las Islas, y otro septentrional, más diverso en su composición y distribución.

3. Los estudios de lingüística histórica ubican sendos focos norteafricanos de migración amazighe hacia Canarias en: (a) un ámbito oriental, desde la Constantina argelina y Tú- nez hasta Tripolitania y el Fezzán; (b) un dominio noroccidental, de la mitad oeste del norte de Argelia y el Mediterráneo marroquí al Anti-Atlas.

4. La investigación en genómica histórica ha detectado antecedentes filogenéticos de las comunidades isleñas entre las poblaciones amazighes continentales situadas en: Túnez, norte de Argelia, Marruecos y franja sur del Sahara y el Sahel, áreas que coinciden con los puntos de emisión o de asentamiento actual de los dialectos llegados a Canarias.

5. Por su origen idiomático, segregada disposición territorial y evolución autónoma res- pecto de sus oportunas variedades continentales, se define como «amazighe insular» el conjunto de hablas desarrollado en Canarias con anterioridad al siglo XVI, fecha de su declive como sistema de comunicación social dominante.

6. La colonización europea desarticuló las sociedades nativas e interrumpió su creación cultural, pero la tradición oral mantuvo vivas muchas de esas manifestaciones y valores mientras los modos de vida antiguos se conservaron, hasta la penetración del capitalismo en la producción agraria y la posterior terciarización de la economía, que casi han cerrado su confinamiento en torno a fórmulas mercantiles y reivindicativas.

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Notas:

1 Ver García-Talavera y Espinel (1989: 91-104), Barrios (2004: 95-157) y Espinel (2004).

2 Cf. A. Basset (1946, 1952), Galand (1953, 1960), Prasse (1972) y Ouakrim (1995).

3 Para una caracterización más pormenorizada, ver Onrubia (2000).

4 En torno a la configuración y difusión de la gran familia de lenguas afroasiáticas y, dentro de ella, del grupo líbico-amazighe, ver  por  ejemplo: Cohen (1947), Greenberg (1966, 1982), Desanges (1983), Behrens (1986), Diakonoff (1988), Galand (1988), Chaker (1990, 1995), Ehret (1995), Bomhard (1996) y Militarev (2000).

5 Cf. Pinto et al. (1996), Rando et al. (1998), Rando et al. (1999), García-Talavera (2000), Maca-Meyer
(2003), Maca-Meyer et al. (2003) y Maca-Meyer et al. (2004).

6 M. Gast (2000: 3.513) advierte, con buen criterio, de la extensión semántica del concepto ‘ancianidad’ hasta el sentido ‘autoridad’ y ‘soberanía’, que no es posible ceñir en el enunciado isleño.

7 Más información etnohistórica y bibliográfica en Foucauld (1951, I: 533-534), Lewicki (1971), Camps et al. (1987) y Siraj (1995).

8 La última parte, dedicada a la presencia de esta tribu en «Égypte et Soudan», viene firmada por P. M. Holt [p. 309].

(Archivo personal de Eduardo Pedro García Rodríguez)























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