miércoles, 4 de noviembre de 2015

AFRICA VERSUS AMERICA LA FUERZA DEL PARADIGMA



AFRICA VERSUS AMERICA
LA FUERZA DEL PARADIGMA

Luisa Isabel Álvarez de Toledo, Duquesa de MedinaSidonia

CAPITULO XXI



La segunda Isabela

Con el arma secreta de la "Intercaetera" en su poder, los Católicos iniciaron la limpieza de Indias, permitiendo a sus vasallos en general y a los del Alfoz de Saltes, en particular, practicar el corso en libertad, contra cuantos frecuentaban Poniente, sin real bendición. Con el botín porsalario, contribuyeron al cambio de sistema, que habría de culminar en la expulsión de particulares, de las aguas y tierras, que procuraron a sus mayores, pasar confortable. En la labor de policía, destacan Pinzones y Quinteros. Asociados Francisco y Martín Pinzón, con Rodrigo y Fernando Quintero y Juan de Sevilla, se especializaron en la persecución de convecinos, que provistos de licencia del rey de Portugal, frecuentaban los puertos del Xarife, cazando en el Cabo de Aguer a mercader de Palos, que habiendo cargado 1.000 seras de higos, tenía trocadas 270, por las "escalas de mercadores", cuando fue capturado [1]. No queriendo hacerse notar, Alfonso Sala zarpó de Lisboa, para rescatar "en tierra de Azamor.., en ciertos lugares de moros, que tienen paz con cristianos, con los quales dis que así castellanos como portugueses", trataban "mercaderías de sus crianzas". Despojado por paisanos, denuncio el atropello en Palos, tratando de hacer comprender al juez, que las legumbres exportadas, a la costa de Levante, carecían de utilidad en Andalucía, deficitaria en productos del poniente atlántico [2]. Como otros muchos, Sala no entendía la persecución, sabiendo que por provisión de 9 de mayo de 1493, se preparaba armada en Cádiz, para ir contra la del rey de Portugal.
Secuestrados todos los navíos de Andalucía, por el obispo Fonseca [3], fueron seleccionadas 4 naos y 13 carabelas, concentradas en la bahía, único puerto legalmente autorizado, para comunicar con Berbería. Atendiendo a los vericuetos de la historia oficial, fray Bartolomé de las Casas embarca familias de pobladores, semillas y animales domésticos de recría, para introducirlos en un nuevo mundo, donde se suponen desconocidos, por estar condenado a ser distinto del viejo. En contra de lo habitual, Fernández de Oviedo difiere del fraile, embarcando 1.500 hombres de guerra, hijodalgos con afición insólita, pues tomada posesión de la tierra, "quier por grado, quier por fuerza", se proponían practicar la agricultura. Testigo directo Bernáldez, reduce la tropa a 1.200 soldados comunes, añadiendo batallón de clérigos, capitaneados por el benito catalán, Fray Buil, al que se agregaron indios traídos por Colón, en calidad de intérpretes. Como en todas las armadas, embarcaron reses bovinas, cuyo sexo no se especifica, por navegar en calidad de despensa, a más de los equinos indispensables, para iniciar la cabalgada, apenas acostasen. Minucioso el cronista, contó 24 caballos, 10 yeguas y 3 acémilas, selección original, de estar destinados a la recría [4]. Repitieron viaje los Niño. Pedro Alonso y Cristóbal como pilotos [5], llevando Juan su carabela [6]. Juan de la Cosa viajó con el "descubridor", al no tener posibles para reemplazar su nao.

A punto de zarpar la armada, llegó carta de los reyes, fechada en Barcelona a 5 de septiembre. Devolvían a Colón el libro "que acá dexastes", disculpando al pendolista. Tardó en copiarlo, "porque se escriviese secretamente, para que estos que están aquí de Portogal ni otro ninguno, non supiese dello", alusión a la obra de Mandeville y a inoportunos embajadores de Juan II, enviados para tratar del "negocio" de los viajes. Mareando la perdiz, los Católicos se abstuvieron de tomar "determinaciones", pero temiendo que se encabritase el portugués, la reina instó a Colón a salir cuanto antes: por "servicio mío deys grand prisa a vuestra partida", pues "cada día se entiende ser el negocio de mayor importancia"[7]. Antes de marchar, "si es acabada", el genovés remitiría a la corte carta de marear, que estaba haciendo [8]. Los navíos zarparon entre el 22 y el 25 de septiembre[9], yendo en busca de Cibao, "una provincia donde hay mucho oro" y de la tierra de Atti, gobernada por el cacique Caonabo. En opinión de Fernández de Oviedo, de no salir lenta la capitana, se hubiesen puesto en Indias, en 14 o 15 días, pero tardaron 20 jornadas en rendir travesía de 1.100 leguas, que separaban Cádiz de Isabela[10]. De rigor manifestación de alarma, a su tiempo se inquietaron los marineros. Convencidos de "que era burla y que no hallaría tierra", el "Almirante" les calmó, prometiendo que "un día señalado verían tierra. Y aquel mismo día la vieron"[11].

En la versión de Bernáldez, tiempo inmejorable les llevó a Gran Canaria, en cuatro o cinco días. Fondearon para reparar un navío, "que hacía mucha agua", reanudando viaje al día siguiente. En cuatro o cinco singladuras, ancoraron en la Gomera. Hicieron aguaje, entrando en calmas, que les pusieron a 20 días de Hierro. Los que hicieron el viaje, recordaban que de Cádiz dieron directamente en una isla, en las "partes del mar Océano", de la que tomaron posesión. Los más la identifican con Marigalante y algunos con la Deseada o Guadalupe, en cuya rada comentó Colón, con su hermano Bartolomé, que estuvo en el primer viaje[12]. Siguieron a San Juan, apellidada "Boriquen", hallazgo extrapolado a esta travesía, por olvidar que la amojonó Martín Alonso. Pasando por Paria, como casi todo el mundo, al salir de la isla de Cario, avistaron seis islas más, "por diferentes partes". Con costa alta y montañosa a la derecha, navegaron 20 leguas sin ver puerto. Barco retrasado se acercó a tierra. Lo descubrió practicable y poblado. Llevó la nueva a Colón, encontrándole en tierra, pendón en ristre, por estar tomando posesión de lo que fuese. Imprudente navegar de noche, entre islotes y bajos, durmieron en la isla, continuando al amanecer. Recorridas 7 u 8 leguas, descubrieron la Montaña Verde. De la cima se derramaba cascada, que a "tres leguas parecía un golpe de agua, tan gordo como un buey"[13]. El Lethes la formaba, cayendo del Monte Tartesio al mar. La contempló Himilcón, renovando el Ulises de Homero, sus reservas de agua, en cascada similar. Experimentados en cristianos, los vecinos se esfumaban, apenas barruntaban las velas. En cierto poblado, abandonado precipitadamente, encontraron botín de algodón hilado y por hilar y dos papagayos "muy grandes". Escarbando en busca de oro, los conquistadores dieron con huesos humanos. Ignorando o silenciando la costumbre local, de enterrar a domicilio, los esgrimieron por prueba de que los naturales, practicaban el canibalismo [14].

"Cerca de España", por estarlo de la canal, el Colón de Bernáldez quiso alargarse a Isabela, para recuperar a los náufragos del viaje anterior. Costearon isla de 25 leguas, contemplando montañas, llanuras y bosques cerrados, sin conseguir lengua, pues la costa se vaciaba de racionales a su paso. Acopiadas mantas de algodón, "tan bien tejidas que no debían nada a las de Castilla", dieron en tierra "asaz grande", saltando en isla "muy poblada". Los capitanes formaron partidas, en busca de "lengua". Capturado mozo de 14 años, se reveló inútil, pues siendo cautivo, desconocía la tierra. Niño abandonado, al huir el hombre que lo traía de la mano, presa del pánico, tampoco sirvió. Prestaron servicio 20 mujeres, igualmente cautivas. Contentas de cambiar de mano, contaron lo que sabían. Se preparaba Colón a dejar en la "isla" patrulla, formada por capitán y 6 hombres, "pilotos y marineros, que por la estrella sabían ir y venir a España", ciencia imposible de adquirir, sin más experiencia que la de una travesía, cuando aparecieron, contando que treparon a los árboles "de noche, para mirar la estrella del norte, pero nunca la pudieron ver", porque la espesura ocultaba el cielo. De no haber dado en el mar, hubiesen quedado definitivamente perdidos. Pasados ocho díasen puerto de caníbales, supuestamente confesos, navegaron entre cayos, "que eran más de 40 islas e tierra muy alta, las más peladas". Las llamó Colón "Once Mil Vírgenes", individualizando Guadalupe, Boriquen y la Española. En cierto islón vieron casas de pescadores, desperdigadas y vacías. A imitación de los canarios, carecían de canoas[15].

De la última isla a "la parte de España", zarparon al amanecer, llevando a bordo el cadáver de un vizcaíno, muerto por flecha caribe. Confirma Diego Alvarado que los indios mataron a un hombre, en isla donde saltó Pedro Hernández Coronel [16], que salió herido[17]. Enterrado el muerto en tierra desconocida, las cautivas la identificaron con la provincia de Bohío, de la isla Española. Más adelante se acercaron canoas, tripuladas por aborígenes confiados. Portadores de adornos de oro, subieron a las carabelas, con intención de cambiarlos, por camisas y bonetes [18]. Continuando el relato, Bernáldez señala el hallazgo de dos cuerpos, junto a un río, en tierra "anegada", el uno con "muchas barbas". No parece que Colón los reconociese, pero el cronista los identifica, como náufragos de la Marigalante [19]. Doce leguas más allá, dieron en la rada, donde se perdió la nao. Al no encontrar unos náufragos, cuya existencia se obstinan en silenciar, los que navegaron en el primero y segundo viaje, Bernáldez cumple el deber de desinformar, centrando la atención del lector, en la guarnición de Fuerte Navidad. Creando mensajero del cacique Guacanari, portador de dos carátulas de oro, para Colón y el difunto Martín Alonso, al ser preguntado por los40 castellanos, abandonados en tierra, se le hace responder que murieron, víctimas deenfermedades, peleas y viaje a la tierra del cacique Caonaboa, en busca de minas. Los castellanos concluyeron que fueron exterminados, por incurrir en el pecadillo de aplicar la fuerza, para conocer, bíblicamente, a las mujeres del lugar [20]. Debidamente amplificado el hecho, contribuyó a justificar el futuro de los naturales de Indias, condenados a vivir en libertad provisional, entre la mita, la quinta y la encomienda.

A más de callar el abandono de la tripulación, sobrante en el primer viaje, con la noticia de su eliminación, los navegantes, que depusieron ante los oidores, en el marco de las primeras probanzas, de los pleitos colombinos, silencian la fundación de Isabela la Vieja, limitándose a declarar que se alojaron en poblado, sin más trámite [21]. Enterado Colón de que el oro quedó atrás, regresó a "la costa donde había venido allí de Castilla, porque la nueva de oro era facia allá". En presencia de sus hombres, afirmó que "a la parte del sur avía una navegación de tierras muy ricas, e que por esto cree que se guiaron, los que después fueron"[22]. Partiendo de la Española antillana, se supone que se dirigieron a la Española de Martín Alonso. Por evitar las Babuecas o por ir a otra parte, probablemente a la Mina portuguesa, el viaje duró tres meses, tiempo excesivo, aun siendo la mar contraria, "que mayor pena le fue andar treinta leguas, que ir allá desde Castilla". Ancoraron en puerto grande y bueno, con río "principal" y otro "razonable, de muy singular agua". Abundante la pesca, lo celebraron, hartos de carne, por no haber pescado durante el viaje. No quiso Colón poblar en el río de Martín Alonso, por no reavivar su recuerdo o porque estaba lejos, plantando la segunda Isabela "tres leguas abajo", en "corral" protegido por una peña "taxada", cerrado por "arboleda tan espesa, que apenas pudiera un conejo andar, tan verde" que ningún "fuego la podía quemar".
Bautizo el sitio como Monte Juan [23]. Instalados los castellanos, los naturales acudieron espontáneamente a rescatar, ofreciendo oro y maíz, primordial para los cristianos, porque las reservas previstas, para aguardar la cosecha, eran escuetas. Los primeros bautizados de Tierra Firme, fueron reclutados entre aquellos mercaderes, mientras los hidalgos se afanaron, labrando sus huertos [24].

No serían los barcos de Colón, los únicos que cruzaron el mar, en servicio de la corona. "Detrás" de la flota fue Morales, en los navíos que reconocieron el "descubrimiento" y las islas, "por saber el término que tenían y el compás de ellas"[25]. Juan Bermúdez, piloto del capitán Aguado, se hizo a la mar, estando "puestas" en las cartas de marear las islas. Descubrieron las "18 carabelas", las más de aquella "cordillera"[26]. "Luego en pos" de Colón, fue armada de cuatrocarabelas, con vituallas y pobladores, al mando de Antonio de Torres, hermano de leche del Príncipe D. Juan y contino de los reyes [27]. Entre sus marineros figuraban Gil Pérez y Gonzalo Martín, vecinos de Huelva, tripulantes de Colón, en el primer viaje [28].

Vicio del español despreciar el tiempo, ignoramos cuantos días permaneció el "descubridor" en la primera Isabela. Y donde encontró Torres a la flota. En la obra de Bartolomé de Las Casas, aparece como portador de informe del Almirante, dirigido a los reyes, con fecha de 3 de febrero de 1494. Cambiados los vegetarianos de la bula alejandrina, en caníbales, a más de adictos a la sodomía, reacios a lavarse y culpables de haber despenado a los castellanos, que se supone abandonados en el viaje anterior, se hace referencia a regalo de esclavos, aceptado por la reina. Partió Torres de Monte Juan, en torno al 12 de marzo, fecha en que Bernáldez saca armada de la Española, con "500 ánimas de indios e indias", de doce a treinta y cinco años, que "aprovecharon muy mal". Acabados los más en la travesía, los que entraron en Cádiz, puerto políticamente correcto, pues "todos los navíos que venían de las Indias, venían a Cadix"[29][30]., murieron a poco de ser vendidos. Traía denuncia contra Bernal de Pisa, alguacil de corte, que Colón quería quitarse de encima y oro de ley tan escasa, que hubo revuelta de inversores

La segunda Isabela estaba sobre un río, probablemente el Orinoco o uno de sus afluentes. Enfrascado en su obra, el "descubridor" "se engorró" en la "Tierra Firme de la parte del austro". En cuatro o cinco meses, reconoció más de 50 fuentes, ríos y arroyos, portadores de oro[31], emprendiendo excursión al interior de Cibáo, apenas despachó los barcos de Torres. Con gente de a pie y a caballo, entró 18 leguas en pedregal de guijarros azules, sin un árbol, con herbajal espeso, que cubría a los jinetes hasta la rodilla. Entre cabezos y montañas "muy altas", corrían arroyos, ricos en pepitas de oro[32]. Colón hizo fortaleza, a la que llamó Santo Tomé, tomando sin duda el nombre del lugar. Dejó 30 hombres, con Pedro Magerite por alcaide, encargado de trocar cascabeles y chucherías, por oro. Fermín Zedo, técnico en metales preciosos, se desprestigió, probando que "sabía muy poco", pues no conociendo las pepitas, hizo "escarnio" del tesoro[33].

[1] SRGS. XI.1493.

[2] SRGS. XI. 1493.62.
[3] Bernáldez cap. CXIX/CXXI. ADMS 2395.

[4] P.C. T. VIII. [5] P.C. T. III. [6] Ibídem.
[7] P.C. T. I.
[8] P.C. T. IV. Bernáldez. Cap. CXXVII.

[9] Bernáldez. Fernández de Oviedo. Lib. I. Cap. VIII.
[10] Bernáldez cap. CXIX. F.O. T.I. Cap. VIII. Fr. Bartolomé de las Casas, "Escritos colombinos".

[11] P.C. T. III. [12] Ibídem.
[13] Mencionado el Lehtes por Estrabón y Plinio, para poder identificarlo con el Guadalquivir, Mariana supone que los antiguos confundieron acequias artificiales, con cauces naturales. El siguiente río, que vio Himilcón, era el Tartesio. En el Macizo de las Guayanas, el agua embalsada a consecuencia de lluvias torrenciales, cae por montañas cortadas en acantilado, formando cascadas de 1.000 y hasta 3.000 metro de altura, que los indios llaman Tepuy, cerro o casa de los dioses. La región del Orinico es aún rica en algodón y maíz. "Del Orinoco al R. de la Plata". C y P Geogescu Pipera. 1987.
[14] Bernáldez cap. CXIX. [15] Ibídem.
[16] P.C. T. III. [17] Ibídem.
[18] Ambos productos tenían demanda en Guinea. Las camisas, rojas, las llevaban los pescadores del siglo XVI, para regalarlas a los moros. Los bonetes se fabricaban en Toledo. Se vendían de Çafi a Sale.
[19] Bernáldez cap. CXIX.

[20] Bernáldez cap. CXX. [21] P.C. T. III.
[22] Ibídem.

[23] P.C. T. VIII. T. III. [24] Bernáldez cap. CXX. [25] P.C. T. III.
[26] Ibídem.
[27] Bernáldez caps. CXIX/CXXI. ADMS. 2395.

[28] P.C. T. VIII.

[29] Bernáldez caps. CXIX/CXXI. [30] Bernáldez cap. CXIX.
[31] Bernáldez cap. CXX. [32] Bernáldez cap.CXXI.
[33] F. O. Cap. XII. Bernáldez cap. CXXII.



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