miércoles, 4 de noviembre de 2015

AFRICA VERSUS AMERICA LA FUERZA DEL PARADIGMA



Luisa Isabel Álvarez de Toledo, Duquesa de MedinaSidonia

CAPITULO XVI


EL COMPLICADO CAMINO DE LA PAZ

Poseedor de las Islas del Cabo de Aguer, que la corona deseaba libres de particulares, Enrique de Guzmán intuyó que tendría problemas en sus puertos. Siendo su primera obligación avituallar a los vasallos de Allende, buscó amparo en la propiedad colectiva, comprando un dozavo de lajurisdicción de Palos, a Fernando de Estúñiga. Aceptado el precio exorbitante de 2.200.000 maravedís, la escritura se firmó el 25 de enero de 1479, celebrándose la toma de posesión, en la iglesia de San Jorge. Entre los regidores, último de la lista, aparece Martín Alonso Pinzón [1]. Como en años anteriores, Isabel quiso sacar "armada por la mar, contra el rey e reyno de Portugal". Falta de barcos y dinero, el cabildo de Sevilla fue conminado a facilitar dos cuentos de maravedís, con cargo a la renta de propios. Entregado cuento y medio, con promesa de dar el resto en breve, el Doctor Alcoçer, que tenía a su cargo las armadas, avaló vituallas y pertrechos, a título personal, entrampándose para poner a punto los navíos [2]. Entretanto en Bilbao, Andrés de León preparó "ciertas fustas", para ir "de armada contra el adversario de Portugal e la gente portuguesa e les faser guerra". No encontrando voluntarios, pidió privilegio de "omecillo". Concedido "para que mejor ubiese aver gente, para las dichas fustas", los monarcas probaron su optimismo, al exigir un año de servicio en contienda, que duraría bastante menos [3]. Al no acudir embarcaciones a la "armada, que mandamos faser" "contra el rey e reyno de Francia", los monarcas decretaron embargo, sin caer en que los vascos no admitían imposiciones, con la sumisión andaluza [4].

En punto muerto la guerra, los veteranos de la mar, regresaron a sus ocupaciones, buscando socios Charles de Valera, para fletar armazón, "que anduviese en el tráfago de moros de allende". Consiguiendo, entre otros, al propio Alcoçer, capturó saetía con 78 moros de ambos sexos, miel y mercancías diversas [5]. Cerrada de facto la costa de Guinea a los castellanos, los armadores que escaparon al desastre se dedicaron a robar. Activos onubenses y vascos, Juan Martín de Monja, de Palos, formó armazón con carabela de Moguer, atrapando el barco de Felipe Barques, inglés de "Promua", "posado sobre ancores", en el puerto gallego de Muros. Con carga de vino, se hizo sospechoso por llevar sal. Estando firmada la paz con Inglaterra, los socios salieron condenados a la horca [6], salvando la cabeza porque los reyes no publicaron la derrota, queriendo ocultarla. En marzo de 1479, Iohon Beloque y consortes, mercaderes de San Juan de Luz, armaron "so el seguro de la buena paz e amistad, que entre el dicho Rey de Francia e el Rey mi señor e yo... está firmada e jurada". Les asaltaron dos carabelas y un barco luengo, con gente de Palos, Huelva y Moguer. Aceptada la denuncia en agosto, los corsarios escaparon con bien, por la razón antedicha [7].

En el mismo mes, Juan Solana y Guillermo Papín, vecinos de Londres, creyéndose "salvos e seguros so nuestro amparo, por las pases que estos nuestros reinos tienen con el rey e reino de Inglaterra, juradas e publicadas e mandadas guardar", se metieron en Praya, puerto de la Tercera, "que dis que se dice Jhon", con carabela de 45 toneladas. Cargados 6 moyos de pan, aguardaban entrada de grano, hasta completar los 60, que pensaban vender en la rivera de la mar, donde encontrasen mayor ventaja, pero truncaron sus planes tres carabelas de Palos y Huelva, la una al mando de Pedro Quintero, causándoles quebranto de 150.000 maravedís [8]. Habiendo permitido la muerte de Juan II de Aragón, en enero de 1479, disimular la eliminación de una corona de Portugal, virtualmente perdida, con la incorporación de las aragonesas, permitió a los Católicos remendar sus encabezamientos, antes de firmar la paz de Alcaçobas, el 4 de septiembre.

Por primera vez, la corona de Castilla aceptó el reparto del reino de Fez, decretado por los pontífices. Quedó a los Católicos la conquista de Granada, con "Reino" ultramarino adjunto, que comprendía Gran Canaria, Tenerife, Palma, Fuerteventura, Lanzarote, Gomera, Hierro, Graciosa, "e todas las otras Yslas de Canaria, ganadas e por ganar", jurando en nombre propio y de sus sucesores, no ir en "público ni en secreto", contra la "posesión e casi posesión"[9], que tenía el rey de Portugal, de "todos los tratos, tierras e rescates de Guinea, con sus minas de oro", la "ysla de la Madera, Puerto Santo e Desyerto e todas las Yslas de los Açores e Yslas de las Flores, cabe las Yslas de Cabo Verde.., e todas las Yslas que agora son descubiertas e qualesquier yslas que se fallasen o conquirieren, de las Yslas de la Canaria para ayuso, contra Guinea... descubiertas e por descubrir", reconociendo "a los dichos rey e príncipe de Portugal e a su reino", el derecho a cuanto se "conquistare o encontrare por aquella parte, allende de lo que es fallado, ocupado o descubierto". Hubiese deseado Isabel omitir topónimo, determinante en 1430, pero arcaico tras la caída de los Benimerines, pero lo impuso Portugal: los reyes de Castilla y sus vasallos, "no se entremeterán ny ynprenderán ni querrán entender ni entenderán, en manera alguna, en la conquista del reyno de Fez", pudiendo continuarla el rey y el príncipe de Portugal [10]. Ambas coronas impedirían a sus vasallos o extranjeros residentes, meterse en corral ajeno, sin licencia del propietario del quinto, pero les estaría permitido navegar por aguas de las dos conquistas, en ruta a sus puertos o las "escalas de mercadores"[11], propias del Xarife.

No pudiendo ocultar el acuerdo, Pulgar lo declara efecto de la victoria sobre Juana, extrapolando en el tiempo suceso, ocurrido en 1477, al presentar la pérdida de la Mina de Oro, como cesión graciosa de los Católicos, suponiendo que ordenaron, por propia iniciativa, "que ninguno de los reynos e señoríos del Rey e de la Reyna, fuesen a ella"[12]. Bernáldez alude a la cuestión, en términos similares: habiendo renunciado Alfonso V al trono de Castilla, los Católicos lo agradecieron, cediéndole la Mina. Publicada la paz en Portugal, a 8 de septiembre de 1479, el maestre Martín Alfonso zarpó de Oporto, con carabela "latina", hacia el ducado de Bretaña, llevando cera, miel, aceite y orchilla, de diferentes vecinos. Navegaba "sobre el seguro de las dichas paces", cuando tropezó con Pedro Ortiz de Bolívar, que habiendo perdido su carabela en la guerra, tenía carta de marca y represalia,[13] contra portugueses, pues debía capturar los necesarios, para canjearlos por sus propios tripulantes[14]. Anulada por la paz, la ignorancia salvó a Bolívar.

Silenciada la derrota, los monarcas se limitaron a suspender la expedición de licencias, para ir a la Mina y rescates de Guinea, dando lugar a que navíos, autorizados en último momento, zarpasen hacia la conquista portuguesa, en los días que precedieron y siguieron a la firma del tratado. "Començado a faser e rescatar", fueron apresados en la misma mina, por carabelas de Alfonso V, siendo llevados "al reyno de Portugal", sin atender a seguros ni licencias[15]. Enterados en Lisboa de que Guinea había cambiado de dueño, notificaron la novedad a los armadores. Afectado el burgalés Alonso Tamayo, con participación en flotilla, armada con el lugarteniente del Almirante y el vallisoletano Alonso de Medina, formada por la Bolandra, la Toca[16] y la Buenavista, capturada a los portugueses en 1476, que fletó Medina, acudiendo a fiadores, entre los "habitantes en Andalucía"[17], queriendo salvar su hacienda, propuso al gremio pagar a escote emisario, que expusiese la situación ante los reyes. Designado Luis de Córdoba, mercader de Sevilla, pidió a los monarcas, en nombre de "todos los dueños de las dichas carabelas o los másdellos", que sacasen del apuro a los que fueron a "la Mina de Oro e rescates de la Guinea", habiendo depositado fianzas, a cambio de licencia y real seguro, libradas cuando la guerra estaba virtualmente perdida. Grave el escándalo, los Católicos entregaron carta a Córdoba, dirigida al rey de Portugal, en la que suplicaban la libertad de los atrapados [18].

Absurdo arruinar a los que habrían de aportarle quintos, Alfonso V consintió, poniendo por condición que tocasen en Lisboa, para quintar en la Casa da Mina, quedando al margen la Buenavista, por haber sido robada a portugués [19]. Imposible aplicar lo acordado, sin confesar la derrota, el 16 de diciembre de 1479, Isabel mandó liberar a los prisioneros de guerra, en un plazo de 30 días[20], publicando la paz el 18, disimulado el descalabro, bajo apariencias de convenio: "al tiempo que se fisieron e asentaron las dichas paces, fue asentado e acordado que la dicha Mina de Oro e rescates de la Guinea, quedasen con los dichos reyes e príncipe de Portugal... porque entonces no se supo la partida de vosotros, para la dicha Mina, no se capituló ni asentó cosa alguna, para la seguridad vuestra, ni a quién aviádes de acudir con el quinto, de lo que de la dicha Mina truxiésedes". Admitida omisión, perjudicial para los que "fuistes a la Guinea e rescate e Mina del Oro", los reyes confesaron haberse enterado del suceso, "después de fechas e asentadas las dichas pases", a través de Luis de Córdoba. Habiéndose apresurado a conseguir seguro de Alfonso V, para que "libremente podades venir con vuestras fustas e rescates e mercadurías"[21], fueron más lejos, consiguiendo que el rey portugués nombrase apoderados, en "los puertos de nuestros reinos", para que los castellanos pudiesen quintar, sin dar un rodeo por Lisboa, amabilidad agradecida con advertencia de que el intento de ocultar mercancías, sería severamente castigado [22].

El 14 de marzo de 1480, Alfonso V apoderó a Diego de Melo, asistente de Sevilla y Gonzalo Saavedra, hijo del difunto comendador, como "cogedores" del quinto. Tenían repartidos factores en los puertos andaluces, encargados de registrar los barcos, que partieron hacia la Guinea, "antes de la publicación de las paces", cuando estalló la indignación entre los mercaderes, al saber que no les serían descontadas las fianzas, depositadas en el doctor Alcoçer[23], para poder ir al "rescate de la Mina de Oro e Yslas de Guinea". Inevitables los aduladores del poder, lo fueron, en la ocasión, Diego Díaz de Madrid, vecino de Sevilla, y Alfonso de Avila, de Valladolid, armadores de la Galeota y la San Telmo. Por hacerse bien quistos, aceptaron la real orden por escrito, con condición de que se mantuviese la promesa del Almirante, de perdonarles el cuarto del quinto, de lo que traían de las "dichas yslas e Mina de Oro"[24]. Alabado y publicado el ejemplo, no cundió entre el gremio, que insistió en reclamar el descuento de sus depósitos.

La carabela de Juan Martín de la Monja, entró a finales de marzo. Habiendo zarpado seis meses atrás, pudo probar que abandonó los rescates de Guinea, antes de las paces. Si el viaje terminó en los tribunales, se debió a denuncia de Francisco de Alfaro y Juan de Luença, escribanos de raciones en el navío, nombrados por el doctor Alcoçer. Privilegio de los escribanos llevar mercancías, "libres de todas costas e averías, para que en ninguna de ellas no contribuyesen", siendo francos los rescates, que hiciesen en la Mina de Oro, estaban "en la mar, bien quinientas leguas destos nuestro reynos", cuando De la Monja registró sus cajas, sin atender a las cartas y patentes, que probaban la exención de "costas y espensas". Para remate, en el "rodeo de la Mina", les secuestró lote de "ropa", comprado en Andalucía por 10.000 maravedís, que valía "sesenta mil.. a la sazón, en el rescate"[25].

A 4 de abril, no habiendo entrado barco, de los que rescataron hecha la paz, Fernando encareció el quinto: "a mí es fecha relación que de la Mina de Oro e rescate de la Guinea, son venidos e se esperan venir al puerto de Sanlúcar de Barrameda e de Palos e Moguer e al Puerto de Santa María, e Huelva e otros puertos de la mar de la provincia de Andalucía", las carabelas comprendidas en "cierto asiento e concordia", por el cual el rey de Portugal "ha de aver el tercio de todo". Elevado el 20% habitual, al 33%, sin causa ni razón, el Católico nombró receptor de los dineros, a "mi criado" Alonso Sedano. "Asistiría" con Diego de Melo, "do quier que las dichas caravelas o qualquiera dellas, vinieron o vinieren", haciendo pesquisa "de todo el oro" que traían, para apartar el porcentaje señalado [26]. Los mercaderes reaccionaron, negándose a descargar. Y los reyes ordenando secuestro de la carga. Depositada en "buenas personas, llanas y abonadas", se tomaría la parte del rey, ante escribano, entregando el resto al propietario. Caso de fondear algún barco, procedente de Guinea, antes de que llegase Sedano, sería apremiado, como "todos otros, cuyas eran las dichas cosas". Suponiendo que el Duque de Medina Sidonia y al Marqués de Cádiz, "mis vasallos y de mi consejo", ayudarían a los inobedientes, Fernando les recordó el deber de colaborar, aunque los mantuviese tan al margen de la operación, como al Almirante y sus lugartenientes, a quien les fue prohibido "embargar las dichas caravelas, ni cosa alguna de lo que en ellas vino, por razón del quinto o por otra qualquier cabsa", temiendo que pretendiese su parte [27].

Entretanto, el comercio se normalizaba en Lisboa. Rodrigo Alfonso, caballero del rey de Portugal, tratado por los Católicos como miembro "de nuestro consejo", quizá por haberlo sido, solicitó seguro para navegar "desembaraçadamente.., por estos dichos mares e puertos e abras e por cada uno dellos, al dicho reyno de Granada e a las partes de Africa de allende de la mar". Concedido con la prohibición habitual, de llevar material de guerra y grano a los moros, compareció por segunda vez en la corte, a título de consejero y embajador de Alfonso V. Deseando acabar con "escándalos, tomas y represalias", efecto de las "paces antiguas", que autorizaban a los castellanos, la captura de "los que tratavan con los moros, asy de Granada como de la Bervería", dando lugar a que practicasen el corso indiscriminadamente, pues "disyendo que yvan al trato de moros, se tomaban navíos que no yvan al dicho trato", consiguió hacer pregonar bula, por la cual se permitía a los "abitantes" de Castilla, Aragón y Portugal, "tratar seguramente con los dichos moros, todas aquellas mercaderías, a que nuestro muy Santo Padre da logar", frecuentando las "escalas de mercadores" y otras radas de infieles, "asy de Granada como de Berbería"[28].

En manos particulares las Canarias menores, empantanada la conquista de Gran Canaria, el quinto de los Católicos quedo reducido a las "presas e tomas, que se fasen por las mares e puertos e abras destos mis reynos". En la indigencia el Almirante, Fernando quiso favorecer el corso, recordando a sus vasallos que tanto yendo de "armada, como con sus mercaderías", debían hacer la "guerra a los nuestros enemigos de la nuestra santa fe católica" y a todas las naciones, "con quien no tenemos paz ni aliança", entregando a Enríquez "enteramente", el quinto de las presas [29]. Entrado el verano, las carabelas y "fustas"[30], que el año anterior "eran ydas a la Mina de Oro", continuaban en Lisboa. Inquieto Juan de Granada, aprovechó el prestigio adquirido, para convocar armada popular, "contra los portugueses". Irían "al encuentro" de "las carabelas, que del reyno de Portugal.., son ydas a la dicha Mina e rescate de la Guinea", recuperando lo perdido, con réditos. Velas de Sant Lúcar, Puerto de Santa María, Palos, Moguer y otros pueblos, con tripulaciones dispuestas a tomarse la justicia por su mano alarmaron a los reyes, porque con estos "achaques e colores que quieren dar, para armar las dichas carabelas", un puñado de súbditos podía relanzar la guerra. No estando el reino para bromas, buscaron cabeza capacitada, que abortase el intento, recorriendo los puertos, para amedrentar a los conjurados, encontrando la de Antón Rodríguez Lillo, residente en Sevilla [31].

Disgregados los navíos, se publicó vieja ordenanza. Como en otro tiempo, cuantos saliesen a la mar, habrían de depositar fianzas y hacer pleito homenaje, en manos de los justicias de Sevilla o Jerez, ciudades realengas, jurando no arremeter contra portugueses, aliados o vasallos de Castilla.

El responsable del navío, habría de aceptar que de no cubrir el daño, causado voluntaria o involuntariamente, sus bienes fuesen subastados. De no ser suficiente, completaría el Concejo del lugar, donde estuviese matriculado el navío, de la renta de propios o del bolsillo de los vecinos, en función del caudal de cada uno, de estar la caja vacía. La provisión, fechada a 20 de junio de 1480, dio al traste con las armadas particulares [32].

No queriendo perder las fianzas, ni el tercio de la carga, los mercaderes que no fueron arrestados por portugueses, declararon haber terminado sus rescates, antes de que se firmase la paz. Sobrando pretextos en la mar, para justificar retrasos, Gonzalo de Saavedra se reveló incapaz de solventar la cuestión. Reemplazado por Jacome Ran, el monarca decretó que cuantos entraron en la primavera, quintasen con los apoderados del Alfonso V. Los que poco antes se permitían deponer y proclamar reyes, se negaron a soltar un chavo, mientras no les fuesen restituidas "ciertas quontías de maravedís", que depositaron cómo garantía, de que "nos avíamos de aver el dicho quinto". Al asistirles la razón, Fernando se atrinchero en la autoridad: lo pagarían completo al rey de Portugal, "no embargante qualesquier licencias que las carabelas oviesen levado, e qualquier cosa que porellas oviesen pagado"[33], siendo ejecutados los bienes del recalcitrante, sin piedad ni juicio. Al no atreverse a ir tan lejos, Ran fue seriamente abroncado: "no lo aveys asy fecho o puesto en obra". Acordado en "el segundo asiento de las dichas paces", "quel dicho Príncipe de Portugal e su procurador en su nombre, sea pagado enteramente del dicho quinto", quien no aceptase perder las fianzas, se haría reo de alta traición [34].

En junio empezaron a entrar las carabelas de "Sevilla y de Lepe", que fueron al "trato de la Mina de Oro, en el año que pasó de setenta e nueve". No habiendo tropezado con portugueses, los nueve marineros del San Luis y su capitán Ihon de Córdoba, creyendo rematar travesía rutinaria, al verse arrestados "a la buelta que acá bolvieron", respondiendo mansamente al interrogatorio de Melo y Ran, declararon lo que traían, los nombres de los dueños del oro y de diferentes armadores y mercaderes, relacionados con los "rescates". A consecuencia, fue apremiado el "fasedor" Juan de Urchinola, vecino de Sevilla. Y otros muchos[35]. Inventariadas las mercancías, que "son venidas de la dicha Mina del Oro e rescates de la Guinea", en las semanas siguientes, fichados cuantos tenían contacto con Poniente, se cerró la cuenta de "todo el oro y otras cosas", descubriendo que el valor de lo acopiado, estaba lejos de alcanzar las previsiones. A consecuencia, cuantos cruzaron la mar, pararon en la cárcel, acusados de ocultación. Interrogados en presencia de representante de Alfonso V, fueron sometidos a simulacro de juicio, que terminó en embargo general, primer paso hacia la ruina, del viejo gremio de la mar.

El poderoso, cuya continuidad está garantizada, por carecer de reemplazo, tiende a someter al vasallo a su conveniencia y las leyes a su voluntad, en lugar de acoplar su voluntad a las leyes y éstas a la justicia. Evidente que hacer pagar dos veces una misma cosa, es estafa, lo haga el rey o su porquero, los Católicos se justificaron, acudiendo a la teología: si el doctor Alcoçer vendió licencias y seguros, para ir a la Mina y Guinea, fue porque tuvo poderes de los reyes, "en el tiempo que nos teníamos guerra con el dicho Rey de Portugal". Firmada la paz, se disolvió la causa, que producía el efecto. Y el hecho cambió "de estado". Evaporados los poderes de Alcoçer, entraron en la no existencia, junto con las fianzas, razón por la cual los mercaderes no podían exigir que les fuesen devueltas. Por la misma causa, los que no pagasen el quinto completo al rey de Portugal, quedarían "presos e bien recabdados, e no los dedes cobro ni fiado, fasta tanto quel dicho príncipe sea pagado de todo lo suso dicho". Se prohibió, a los jueces, admitir apelaciones "o suplicación", tocantes al tema, pero temiendo la desobediencia civil, se vendió esperanza: pagado el rey de Portugal, los que depositaron fianzas en el "dicho doctor de Alcoçer", probado que las recibió "en nuestro nombre", podrían pedir "que los sean tornados los dichos maravedís, que asy pagaron", pues "nos lo mandaremos prover e remediar, como de justicia se fallare que les pertenesce"[36], con cargo a las rentas de Sevilla, cuando hubiese remanente. Esta era la ley para los castellanos, cuando el genovés Jerónimo Gentil, estante en Sevilla que no residente, reclamó "cierta quontía de maravedís", depositada en manos de Alcoçer, para sacar un navío, con destino a la Guinea. Cuidadosos de su imagen exterior, los monarcas incurrieron en descarado agravio comparativo: se le descontaría, pues "nos paresció no ser justicia que otra vez oviese de dar e pagar, enteramente, el dicho quinto, pues una vez nos lo ha ya pagado"[37].

La carrera del bilbaíno Juan Ochoa, es exponente de las consecuencias, que tuvo el intervencionismo de Estado, en la decadencia del gremio de la mar. En 1476, joven y heredado, invirtió 454.000 maravedís, en la compra y flete de una nao, para "andar" en la guerra, al servicio de la corona. Capturada por Colón, "capitán del rey de Francia", perdió 420 doblas de oro, a más del rescate de la tripulación y su persona. Compró un segunda barco, en 354.000 maravedís. Los reyes mandaron embargarlo, estando en Puerto de Santa María en 1477, cuando visitaron la villa.

Obligado a fletarlo a su costa, estuvo seis meses en la mar, sin hacer presa, perdiendo 454.000 maravedís. Se preparaba a resarcirse, transportando mercancías ajenas, cuando los Católicos, entonces en Sevilla, hicieron secuestrar todas las embarcaciones, para la flota de 1478. Habiendo ido al Río de los Esclavos, "contra su voluntad.., dis que se perdió en la dicha Mina... con el armada", con quebranto de 300.000 maravedís. No pudiendo aspirar a barco propio, arrendó el de Juan de Ruesga. Invertidos 254.000 y a punto de zarpar, fue secuestrado en 1483, yendo como capitán en la armada contra el turco. Al negarse la gente a embarcar sin recibir la soldada, Ochoa salio fiador de la corona. Al no pagar la real hacienda, le embargaron lo que le quedaba. Convocada en 1488 la que había de mantener en el trono a la Duquesa de Bretaña, acosada por Francia, se enroló con Domingo de Gilley. Herido en una mano quedó manco. "Muy pobre y perdido", pidió ayuda a los causantes de su desgracia [38].

[1] ADMS. 734. Simancas P.R. 35.5/35.6. [2] SRGS. XI.1480.183.
[3] SRGS. VII.1479.29. [4] SRGS. XI.1479.110.
[5] SRGS. III.1480.103/IV.1480.64. [6] SRGS. IX.1478.73.
[7] SRGS. VIII.1479.47. [8] SRGS. III.1480.431.
[9] La frase se encuentra en las albalas de 1463, por las que Enrique IV concedió la Mar Pequeña, con los cabos de Aguer y Bojador, a Herrera y Saavedra. [10] SRGS. III.1480.302.
[11] Ibídem.

[12] Pulgar cap. XCI.

[13] Las cartas de "marca y represalia", permitían a quien era robado, resarcirse del daño recibido, en tierra y la mar. Responsables subsidiarios los convecinos o compatriotas del delincuente, la víctima podía asaltarles, apropiándose de lo que llevasen, hasta recuperar lo perdido.

[14] SRGS. XI.1479.93/I.1480.113/II.1480.245/IV.1480.91.

[15] SRGS. IX.1480.12. [16] SRGS. II.1480.49. [17] SRGS. IX.1480.12. [18] SRGS. III.1480.390. [19] Ibídem.
[20] SRGS. XII.1479.63. [21] SRGS. XII.1479.54. [22] Ibídem.
[23] SRGS. II.1480.49/ III.1480.302. [24] SRGS. II.1480.61.
[25] SRGS. III.1480.93. [25].

[26] SRGS. IV.1480.172. [27] Ibídem.
[28] SRGS. VI.1480.217. [29] SRGS. V.1480.221.
[30] Genérico. Designaba cualquier tipo de embarcación, que entrase en alta mar, como en nuestro tiempo el vocablo "barco". [31] En 1503, con 70 años, vivía en la Collación de San Marcos, de Sevilla ADMS. 924.
[32] SRGS. VI.1480.229. [33] SRGS. IX.1480.156. [34] SRGS. VI.1480.284. [35] SRGS. VI.1480.224. [36] SRGS. VI.1480.284. [37] SRGS. VI.1480.249. [38] SRGS. XI.1483.107.

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