martes, 1 de marzo de 2016

HISTORIA DEL PUEBLO GUANCHE TOMO III

 HISTORIA DEL PUBLO GUANCHE

TOMO III

JUAN BETHENCOURT ALFONSO
Socio correspondiente de la Academia de Historia (1912)
Historia del
PUEBLO GUANCHE
Tomo III
La conquista de las Islas Canarias
Edición anotada por MANUEL A. FARIÑA GONZÁLEZ
FRANCISCO LEMUS, EDITOR La Laguna, 1997


BETHENCOURT ALFONSO, Juan
Historia del pueblo guanche / Juan Bethencourt Alfonso; edición anotada por Manuel A. Fariña González.- La Laguna: Francisco Lemus, Editor, 1991-1997.
3V.; 24 cm.
ISBN 84-87973-10-8 (Tomo III)
ISBN 84-87973-00-0 (Obra completa)
Contiene: T. I. Su origen, caracteres etnológicos y lingüísticos.
T. II. Etnografía y organización socio-política.
T. III. Conquista de las Islas Canarias.
I. Fariña González, Manuel A., ed. anot.
1. Canarias - Historia - Hasta el s. 15.
2. Etnología - Canarias 39 (= 081 : 649)
903 (649) 964.9
Torno I: 1.* Edición: Noviembre 1991
2." Edición: Abril 1992
Tomo II: 1." Edición: Abril 1994
Tomo III: 1.' Edición: Marzo 1997
© Manuel A. Fariña González © Francisco Lemus Editor, S. L.
Cubierta: «Audiencia de losR.R.C.C. a los menceyes,
enAlmazán». (Fresco de la escalera principal
del Ayt2 de La Laguna, de Carlos de Acosta / Octubre de 1764).
Foto de: Efraín Pintos Barate, gentileza de la Concejalía de Cultura.
Diseño de cubierta: JAIME H. VERA
Fotomecánica, fotocomposición e impresión:
LITOGRAFÍA A. ROMERO, S. A.
Pol. Ind. Valle de Güímar - Arafo
Dep. Legal: TF. 711-1991 (Tomo III)

Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de esta publicación pueden reproducirse, registrarse o transmitirse, por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea electrónico, mecánico, fotoquímico, magnético, electroóptico o informático, por fotocopia, grabación o cualquier otro, sin permiso previo por escrito de los titulares del © de esta obra.

HISTORIA DEL PUEBLO GUANCHE TOMO III




CAPITULO I

ÉPOCA HISTÓRICA (SIGLOS XIV Y XV)
Breves noticias del conocimiento que tuvieron de las Islas Canarias. Contrataciones, asaltos y correrías en Tenerife. Primer
y segundo intento de invasión de Diego García Herrera. Su tratado con los soberanos de la isla; torreón o casa de contratación en Añaza; expulsión de los españoles. Asalto de Alonso Fernández de Lugo. Correría de Hernando de Vera. Entrada de Maldonado; batalla de Añaza.

Aunque las islas Canarias estuvieran bajo el dominio del imperio romano, de lo que ofrecemos dar testimonio más adelante y que viene a confirmar el pasaje que Plinio tomó de Estacio Seboso, en que éste relata lo que oyó a unos navegantes gaditanos respecto a dicho archipiélago, a partir de la referida fecha nuestras crónicas no van más allá del siglo XIV en que ya era muy conocido y con alguna frecuencia visitado: en 1341 se realizó la expedición dispuesta por el rey de Portugal de que nos habla Bocaccio; en 1343 fue consagrado por rey de Canarias, D. Luís de la Cerda; en 1360 tuvo lugar otra expedición de mallorquines y aragoneses; en 1369 el Papa Urbano V expidió su bula a los obispos de Barcelona y Tortosa sobre misiones en las Canarias; en 1377 llegó a Lanzarote de arribada el vizcaíno Martín Ruiz de Avendaño; en 1380 un buque sevillano, el de Francisco López, embarrancó en la isla de Canaria; en 1385 según Abreu Galindo, varios vecinos de Sevilla organizaron una expedición; en 1386 aportó a La Gomera el conde de Ureña; en 1393 refiere Abreu Galindo otra entrada de vecinos sevillanos; y a principios del siglo XV, cuando Juan de Bethen-court daba principio a la conquista, sin depender de éste arribaron a las playas de Lanzarote los buques Mordía y Tajamar, dueño del primero el honrado Francisco Calvo y del segundo, el malvado Fernando Ordóñez.

De estas pocas expediciones de que hay noticias, sólo se sabe de una de aragoneses que tocó en Tenerife. Hablando Marín y Cubas del conocimiento que tuvo Europa de la referida isla, dice:

«... lo llevaron los aragoneses que llegaron a la parte Sur, en Adeje, a tratar de paz por el año de 1347. Sólo vino allí un rey solo, que dicen tenía la isla, llamado Betzenuriga, con muchos capitanes».

Aún con estos escasos antecedentes y lo sucedido en el siglo XV con andaluces, castellanos, aragoneses, mallorquines, vizcaínos, portugueses, sicilianos, genoveses, gascones, normandos y otros, se llega al convencimiento de que en esas dos centurias visitaron las Canarias aventureros de todas clases (1): unos para comerciar pacíficamente con los naturales y otros para robar cuanto podían, apoderándose de los indígenas para venderlos como esclavos en los mercados de Europa.

Este vil tráfico que ha manchado a todas las sociedades de la tierra, fue durante dicha época un negocio lucrativo a lo largo de ambas riberas del Mediterráneo; viniendo a ser las Canarias una mera prolongación de la mina productora para los abastecedores del mercado.

Es evidente de que las islas se redimieron de tan infame codicia a medida que fueron conquistadas, si bien con perjuicio de las que quedaban por conquistar, por servir de blanco no ya a los piratas de fuera sino a los de dentro del Archipiélago, que eran los más temibles por su vecindad y mayores facilidades. Así, no bien sometidos los indígenas de Lanzarote, en unión de los europeos cayeron sobre Fuerteventura, que a su vez contribuyeron a dominar a los del Hierro y todos ellos a La Gomera; para luego estas cuatro islas de señorío ser durante un siglo el azote de las tres restantes, hasta que reducidas Canaria y La Palma quedó Tenerife como única apetitosa presa de todas las demás. Son legendarias por el Sur de la isla las entradas de las fustas o pataches de los señores de La Gomera y de Lanzarote, unas veces de paz y otras de guerra; y sin embargo, salvo dos o tres casos, no existen testimonios escritos de los asaltos y correrías que sufrió Tenerife.

La primera de que hacen mención los cronistas la llevó a cabo Hernán Peraza, como a mediados del siglo XV al frente de 200 hombres, mitad de peninsulares y mitad de naturales. Según Núñez de la Peña saltó Peraza con 120 soldados por una playa del reino de Güímar, que repartidos en escuadras se metieron tierra adentro como media legua, hasta que una de ellas, sorprendió a siete pastores que iban a comer, «por ser propio de esta gente hacer juntas y medios días a costa de sus amos». Retiráronse con los siete cautivos y más de mil cabezas de ganado; pero al embarcar descubrieron a un niño de siete años cogiendo pecesitos en los charcos y también se lo llevaron para Lanzarote. ¿Quién había de pensar que este muchacho, conocido en la historia por Antón, era llamado a jugar un papel tan maravilloso en la fe de los tiempos pasados? Fue bautizado y apadrinado por Hernán Peraza, y después de permanecer siete años a su lado pudo escapar en una playa de su misma nación, donde aportó el buque que conducía a una playa de su misma nación, donde aportó el buque que conducía a Peraza de la isla de Lanzarote a La Gomera.

Otra de las mayores correrías de que habla la tradición, y a la que alude Marín y Cubas aunque de un modo muy confuso, fue la que llevaron a cabo lanzaroteños y castellanos unidos en 1458 más o menos. Constituían una fuerte columna compuesta de gente de a pie y de a caballo, que desembarcó por una de las playas de Güímar. Tuvieron varios encuentros con los naturales comandados por su valeroso mencey Da-darmo; conocido más tarde por el Rey de las Lanzadas, a consecuencia de su famosa hazaña, en uno de los combates, batiéndose a la vez con varios soldados de a caballo, que no lograron rendirlo a pesar de las heridas que recibió. Contábanse de este rey muchos hechos heroicos.

Aunque los escasos recursos del inquieto señor de las cuatro islas menores, Diego García de Herrera, no le permitían aventurarse a los peligros del mayor empeño en el Archipiélago como era la conquista de Tenerife, séase por su espíritu emprendedor, ya para cubrir las apariencias con la Corona, bien a excitación de su amigo el guerrero obispo D. Diego López Illescas, o por todas estas razones, el hecho fue que levantó un ejército de 500 hombres por mitad de naturales y peninsulares, que condujo en tres navios a Tenerife, dando fondo en el Bufadera del puerto de Añaza el 21 de Junio de 1464; siendo su primera diligencia echar a tierra 400 soldados.
Alborotóse la isla en tales términos, que al poco tiempo se vio Herrera amenazado por fuerzas muy superiores dispuestas a cargar; y en la alternativa de un desastre si entraba en batalla o de reembarcar con pérdida completa de su crédito, optó por el partido de poner en juego los medios diplomáticos enviando intérpretes a los guanches con una embajada de paz. Se ignora lo que positivamente pasó, pero a juzgar por los sucesos, Herrera en medio de protestas de amistad debió solicitar el permiso de construir una casa de contratación para establecer un comercio regular con el país, prometiendo a la par defenderlos de los asaltos de los piratas.

Mas no consiguió realizar su propósito en aquella ocasión, ya porque no supo desvanecer la desconfianza de los guanches o porque no estaban presentes todos los reyes de la isla como afirma Marín y 40 Cubas, contándose entre los ausentes el de Taoro que era el principal, sin embargo de lo que declara el instrumento público que damos a conocer en la adjunta nota'; pero lo que sí parece probable fue que aprovechó el tiempo transcurrido en las conferencias, para poner en práctica la fórmula de posesión de la isla a nombre de la Corona de Castilla, «hollando la tierra con sus pies», «cortando ramas de árboles», etc., tal vez en medio de las risas o indiferencia de los indígenas ignorantes del alcance de tales actos. «Como quiera que fuese, dice con fina ironía Viera y Clavijo, es constante que el fruto de esta expedición fue el mismo que el de la de Canaria: una gran certificación en pergamino» (2).

Conformándose con este simulacro, sin otro resultado positivo que mutuas promesas de buena amistad, retiróse Diego de Herrera con su escuadrilla para Lanzarote pensando en nuevas y más fáciles empresas; hasta que a los dos años, en 1466, fue sorprendido por una poderosa expedición de portugueses al mando de Diego de Silva, enviada por el infante D. Fernando. No perdió el ánimo el singular Diego de Herrera: batido en todas partes y fugitivo, agitó con tal estruendo sus derechos a la conquista de la totalidad del Archipiélago ante la curia romana la corte de Portugal y sobre todo la de España, que al fin consiguió que la Corona revocara la merced concedida a unos proceres portugueses de las islas de La Palma, Canaria y Tenerife, su fecha 6 de Abril de 1468, y no solamente le fueron respetados sus derechos, sino que a su enemigo Diego de Silva lo hizo su yerno; constituyendo mediante esta unión una formidable fuerza hispano-portuguesa, que cayó sobre Tenerife.

Mas no bien los guanches vieron en demanda del puerto de Añaza tan poderosa armada acudieron los naturales en grandísimo número, como dice Marín y Cubas, «...con admirable braveza armados de palos muy gruesos jugados a dos manos y a una como espada, y gruesas piedras con gritería y silbos», para oponerse al desembarco.

Prometíase Diego de Herrera en esta segunda invasión alcanzar por medio de las armas lo que no pudo obtener en la primera, por la cuantía de la fuerza que llevaba; y no fue pequeña su sorpresa al verse hostilizado por una muchedumbre más numerosa que la vez anterior. Por manera que considerándose impotente para llevar el asunto por las malas, disimuló su contrariedad acudiendo de nuevo a las buenas palabras, a sus protestas de amistad y a la conveniencia de ambas partes del establecimiento en la isla de una casa de contratación; y se dio tales mañas que como dice Marín y Cubas, «... al fin le permitieron hacer enAñazo un fuertecillo, que despreciaban».

Todo hace presumir quedó edificado hacia fines de 1468 y guarnicionado con un reducido presidio bajo el mando de Sancho Herrera, hijo de Diego García Herrera; y aunque se emplazó en territorio de la nación anaguesa, por la hoy plaza de San Telmo en Santa Cruz, no fue por consentimiento único del soberano de este reino como da a entender fray Alonso de Espinosa, sino por todos los reyes, porque los intereses de carácter general eran siempre motivo de acuerdos internacionales. Pero hay más. Séase que todos desconfiaban de los extranjeros y querían vigilarlos por su cuenta o que aspiraban a beneficiarse por igual en el tráfico o que quisieran entablar una acción común en suceso tan extraordinario, el hecho fue que convinieron en que cada uno de los nueve reyes que a la sazón tenía Tenerife, incluyendo en este número el de Tegueste aunque era feudatario de los de Taoro, pusiera al servicio de los españoles nueve siervos que daban un total de ochenta y uno, tanto para la construcción de la casa-fuerte, como para el pastoreo de los ganados del presidio, corte de madera, fabricación de pez, recolección de orchilla y demás negocios de exportación.

Los guanches aunque bárbaros eran sagaces y muchos de ellos de clara inteligencia. Dábanse exacta cuenta del peligro, conocían las fuerzas de los europeos y las ventajas de sus armas, sus ambiciones de dominación, sus progresos y mejores medios de vida; y por esto, si bien rechazaban con energía toda armada que llegara en son de conquista, hallábanse propicios para establecer relaciones mercantiles y de amistad cuando éstas no amenazaban su independencia.

Este buen concierto y armonía duró cosa de seis años; hasta que un aciago día Diego García Herrera, sin duda falto de recursos y partiendo del supuesto que los siervos facilitados por los reyes fue un donativo de esclavos, dio orden de extrañarlos de la isla probablemente para venderlos2.

No fueron habidos el completo de los 81 siervos, pero al saberse la noticia de los embarcados, un clamoreo de indignación se levantó en toda la isla, que se precipitó furiosa sobre el torreón, Sancho de Herrera y su gente; «asaltándolo, según Marín y Cubas, con pedradas y varas arrojadizas; lo persiguieron a nado tras la lancha y el fuerte fue desbaratado».

Hoy no cabe duda de que esta fue la causa de la expulsión de los españoles allá por el año de 1474. En el discurso que leyó en la Academia de la Historia D. Rafael de Torres de Campo, en diciembre de 1901, dio a conocer la prueba testifical que con arreglo al interrogatorio de la célebre información (3) sobre el derecho de la isla de Lanza-rote y conquista de las Canarias, hizo en 1477 Esteban Pérez de Cabi-tos por mandato de los Reyes Católicos, en la que se pone en claro el asunto que nos ocupa. Ofrecemos en la presente nota un extracto de lo que nos importa3.

La impolítica orden dada por Diego García Herrera, aparte de lo inhumanitaria, no ya puso en peligro la vida de su hijo Sancho y demás hombres del presidio, sino que malogró la conquista pacífica de la isla para el progreso y la civilización.
Copiamos de Marín y Cubas:

«En 1479 hizo una entrada Alonso Fernández de Lugo, antes de irse a España las compañías de la Hermandad (que habían acudido a la conquista de Canaria). Llevando práctico entró de noche a la parte de Icod. Trajo a Canaria buena presa de ganado que halló acorralado, muy manso, todo cabrío; 3 mujeres, 2 hombres y algunos muchachos que dormían en cuevas; y mucho sebo, carne salada, panes de cera y cantidad de velas de cera medio enceladas, y uno a modo de cirio pascual, encelado; cueros de cabra, cebada, dejando allá otras mayores cantidades de todo esto, y molinitos o tahonillas de mano, cazuelas y platos de barro toscos».

Sábese que Lugo realizó varias entradas en Tenerife para tantearla y conocerla, sin duda porque abrigaba el proyecto de conquistarla. En los tiempos próximos a la invasión sostuvo estrechas relaciones con algunos indígenas, como pronto diremos.

Pero apartándonos de estos actos de guerra, otros hombres mantenían con los guanches relaciones amistosas y un comercio regular, como sucedía con Cristóbal de Ponte Ginovés, que después de la conquista fue datado en la isla. Esto nos revela que los guanches no vivían tan ignorantes de lo que pasaba en las demás islas, como pretenden algunos cronistas, pintándolos a semejanza de los indios cuando los españoles fueron por primera vez a América. Las comunicaciones pacíficas o guerreras fueron tan frecuentes desde mediados del siglo XV, que no pocos de los nombres actuales del litoral datan de esa época. Desde esos tiempos eran muy conocidas las siguientes denominaciones: la sabina uropa, que servía de punto de referencia o señal en el valle de San Andrés; el Bufadera y la Isla o séase el Cabo, en Santa Cruz; la playa de la Cera, más tarde del Socorro, y la playa de las Damas, en el reino de Güímar; el Orís o Porís y los Abrigos de Abona, en Arico; montaña de Roja y Abrigos de Lulaya, en Granadilla; las Galletas y puerto de los Cristianos, en Arona, etc.

Llegado en Agosto de 1480 a la vecina isla de Canaria el general Pedro de Vera, de funesta memoria para los gomeros, cuentan que con el tiempo quiso deshacerse de los indígenas que habían aceptado la soberanía de España por el temor que le inspiraban y les propuso que le ayudaran a conquistar a Tenerife. Prestáronse a ello, y embarcando 200 naturales y 50 peninsulares en dos buques bajo la jefatura de Hernando de Vera, hijo del general, surgieron a la amanecida del día siguiente en el puerto de Añaza, donde saltaron todos.

En la misma mañana y sin perder tiempo se internaron hasta La Laguna, donde por sorpresa se apoderaron de un poco de ganado y de algunos pastores, no sin derrocamiento de sangre por ambas partes. Mas ante el temor de ser sorprendidos a su vez, se retiraron al puerto y ganaron las embarcaciones, precisamente cuando por diferentes puntos aparecían las"fuerzas guanches. No consiguió Hernando de Vera, como era su propósito, reducirlos a que volvieran a tierra a medirse con los naturales.

* * *
Habiendo sucedido a Pedro de Vera en el gobierno de la isla de Canaria el salamantino Francisco Maldonado, a fines de 1490, entró en deseos el nuevo gobernador de tentar las corazas a los guanches; pero no disponiendo de bastantes recursos para la empresa interesó en el proyecto al yerno de Diego García Herrera, al valeroso y aguerrido Pedro Fernández de Saavedra, copartícipe del señorío de Lanzarote. Convinieron en apostar cada socio un navio con la gente que pudiera llevar y se reunieron en Canaria con un total de 250 hombres.

Y dice Marín y Cubas: «Salió (Maldonado) en dos navios de Canaria y llegó a la playa deAñazo, donde no vieron a nadie».

«Dispuestos en dos escuadrones, uno en pos de otro la cuesta arriba para subir a La Laguna, guiaba el delantero Maldonado con los de Canaria. A pocos pasos salió una emboscada de guanches, con tanto esfuerzo y ánimo, que no bastó el socorro de Pedro Fernández Saavedra que con su gente ayudaba a Maldonado, sin que luego no fuesen muertos más de 100 cristianos y muchos heridos; que al huir muy arrebatados a embarcarse, no acertando, quedaban miserablemente muertos. Entraron los gentiles en el mar, el agua hasta los pechos, tirando astas y piedras, dando voces y alaridos».

«Llegaron a Canaria bien escarmentados, y decía Maldonado: «no más guanches», «no más guanches»; y Saavedra decía «que más parecían fieras que hombres».

«Después fueron a hacer algunas presas y robos a Tenerife, aunque de muy poco precio, costando siempre hombres».

Entre los cristianos muertos se contaban 70 peninsulares; y de los muertos y heridos guanches —pues las fuerzas que entraron en función procedían de los tagoros más próximos de los reinos de Güímar y Anaga— los güimareros sufrieron las mayores bajas, algunas de hombres muy famosos, como fueron: el tagorero Arifonche, que cargando con loca impetuosidad se vio envuelto por el enemigo y después de batirse a la desesperada, se hundió el «feisne de leñablanca» para no caer prisionero; y el no menos notable chaurero de Tínzer, Arafun-che, muerto al frente de su cuadrilla; de quien se cuenta «ganó el terrero» como jugador de palo en los últimos Juegos Beñesmares del reino de Tacoronte.

Dícese que entre muertos y heridos quedaron tendidos unos 200 guanches.

NOTAS
' He aquí el acta levantada por el escribano de Fuerteventura, Fernando de Pá-rraga, por mandato de Diego García Herrera; siendo nuestra opinión de que acaso no merece entero crédito el depositario de la fe pública en este asunto, no ya por lo que arriba declara Marín y Cubas, sino por la índole de sus afirmaciones para vigorizar el derecho de su señor:

«A todos cuantos esta carta viéredes, que Dios honre y guarde del mal. Yo Fernando de Párraga escribano público, en la isla de Fuerteventura, en lugar de Alfonso de Cabrera escribano público de las islas de Canaria; por mi señor Diego de Herrera, señor de las dichas islas, con la autoridad y decreto que el mismo señor me dio, vos doy fe y fago saber, que en presencia de mí el dicho escribano e de los testigos de que de yuso serán escritos, en como un sábado, veinte y un días del mes de Junio, año del Nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil e cuatrocientos e sesenta e cuatro años estando en la isla de Tenerife, una de las islas de Canaria, en un puerto que se llama el Bufadera, estando ende el dicho señor Diego de Perrera señor de las dichas islas, con ciertos navios armados con mucha gente que traía en los dichos navios, vinieron ende parecieron ante el dicho señor el gran Rey de Imobach de Taoro. El Rey de las Lanzadas, que se llama Rey de Cüímar. El Rey de Anaga, El Rey de Abona, El Rey de Tacáronte, El Rey de Benicod, El Rey de Adeje, El Rey de Tegueste, El Rey de Daute. E todos los sobredichos nueve Reyes, juntamente hicieron reverencia y besaron las manos al sobredicho señor, Diego de Perrera obedeciéndolo por señor; presentes los Trujamanes, que ende estaban, los cuales eran rey de armas que han nombre Lanzarote, e Matheos Alfonso, y otros muchos que saben la lengua de la dicha isla de Tenerife; e luego Juan Negrin, rey de armas, levantó el pendón e dijo altas voces tres veces: Thenerife, Thenerife, Thenerife, por el Rey Dn. Enrique de Castilla, y de León, y por el generoso caballero Diego de Herrera mi señor, y luego los sobredichos Reyes de la dicha isla de Thenerife, dijeron al sobredicho señor Diego de Perrera; que por cuanto ellos conocían bien, que era señor de todas las islas de Canaria, por justo e derecho titulo, y razón, que a las dichas islas tenía, e por la conquista que les facía, e mandaba facer luengo tiempos había, que ellos juntamente de sus propias voluntades, e cada uno por sí con sus señoríos, sin premio ni contrini-miento ninguno, les place obedecer, y obedecen al sobredicho señor por señor, y se ponen debajo de su señoría, y obediencia, e le quieren dar, e le dan libre e desembar-gadamente la tenencia, e posesión, e propiedad, e señorío de toda la dicha isla de Thenerife para que de hoy en adelante, el dicho señor la tenga, y posea toda enteramente, como cosa suya, e pueda en ella, e en todo ella mandar e vedar, e facer justicia, así civil, como criminal, así como en cada una de las otras islas conquistadas, metidas debajo de su señorío, e que desde hoy en adelante los sobredichos Reyes, todos juntamente e cada uno por sí, e por sus sucesores, e por los hidalgos, e gente de sus señorías, que a todo estaban presentes, e les plugo consintieron en todo lo sobredicho, se desapoderan de la tenencia, e propiedad, y posesión, y señorío, y jurisdicción que en la dicha isla tienen, e lo dan todo enteramente en mano, y poderío del dicho señor Diego de Herrera su señor, para que él ponga en la dicha isla a quien él mandare, e por bien tuviere, para que administre, rija las dichas justicias, así civil, como criminal, e el governamiento aellas, e que desde hoy en adelante se daban por sus buenos vasallos, e se avasallaban a él, y a su mandado, y se daban por sus buenos vasallos, e facer sus mandamientos en todo y por todo. E luego el dicho señor Diego de Herrera dejó ende sus navios gente, e descendió, y subió por la tierra arriba, bien cerca de dos leguas, con los dichos Reyes, hollando la tierra con sus pies, en señal de posesión, y cortando ramas de árboles, que en la dicha isla estaban, e los dichos Reyes metiéndolo en la dicha posesión pacíficamente, nongelo conturbando, ni contrallando persona alguna; yendo con él por la dicha tierra acompañándole, e faciéndole todo agasajo, e servicio que podían. E luego el dicho señor Diego de Per 7
mandó a los dichos Reyes, que cada uno en su nombre por sí en sus tierras, y señoríos, que gobernasen e mandasen la justicia, por él; la cual les dio e corriendo, e ellos e cada uno dellos prometieron de la gobernar, e mandar por él en su nombre, como buenos, y leales vasallos, bien, y lealmente, so pena de caer en caso, e en las penas que caen, e incurren aquellos, que no guardan la justicia que por sus señores se le es encomendada lealmente, e los susodichos Reyes en la manera susodicha, hicieron juramento, e juraron de tener, e guardar, e cumplir, e aver por firme todo lo contenido, e cada cosa, e parte dello, e que no irán, ni vendrán contra ello ni contra parte dello en algún tiempo ni por alguna manera, e el sobredicho gran Rey hizo juramento por sí, y por todos los otros Reyes de lo facer, tener, guardar, y cumplir todo lo susodicho, como dicho es, en tal manera, que siempre jamás sea firme todo cuanto en esta carta es contenido e cada cosa, y parte de ello, so pena de caer en mal caso, en las penas que caen, e incurren aquellos que van contra su señor e non facen, ni cumplen las cosas que buenos y leales vasallos pueden, o deben hacer cumplir. E luego el dicho señor Diego de Herrera, dijo que tomaba, y tomó la dicha tenencia, y posesión de la dicha isla, debajo de la Corona Real, y señorío de Castilla, así como bueno, y leal vasallo del dicho señor Rey de Castilla, so cuyo señorío vive, y esto en como pasó el dicho señor Diego de Perrera, pidió a mí el dicho escribano, que se lo diese así por fee, e por testimonio, para guarda, e conservación de su derecho, e manera, que ficie-se fee; yo dile ende este en la manera, que dicha es, según que ante mí pasó en el dicho día, mes y año sobredicho; testigos, que fueron presentes, los sobredichos Trujamanes, rey de armas, y Matheo Alonso, vecinos de la isla de Lanzarote, y Alvaro Becerra de Valdevega, e García de Vergara, vecino de Sevilla, e Juan de Aviles maestro vecino de Sanlúcar de Barrameda e Luis de Morales vecino de la isla de Fuerte-ventura e Luis de Casonas vecino de la isla de Lanzarote, e Jacornar del Fierro, e Antón de Simancas, vecinos de la dicha isla del Hierro, y otros muchos que sabían la lengua de la dicha isla de Tenerife; va escrito siete veces, codiz Lanzarote, no le empezca. E yo el dicho Hernando de Párraga, Escribano, dicho, que fise escribir esta carta, e fise en ella mi signo, a tal en testimonio de verdad. Didacus Episcopus Rubi-sensis. Fernando de Párraga, Escribano público».

En Fuerteventura firmó este acta el obispo Illescas para darle mayor autoridad; pero así todo, los hechos confirmaron fue una mera fórmula cancilleresca de cuya significación no se enteraron los guanches, pero que entre los pueblos civilizados de aquellos tiempos (y en los actuales cuando hay bastantes cañones) daban derecho a la soberanía de un territorio.

2 Al historiar este suceso fray Alonso de Espinosa, no dio como otras veces mayores muestras de discreción. Refiriéndose a la primera invasión de Diego García Herrera en 1464 y a lo ocurrido más tarde, escribe:

« ... en alguna manera le dieron la obediencia, como consta por auto público, mas no fundó por entonces pueblo alguno, ni torrejón y así se volvió a su tierra quedando en paz la isla. Ende algunos años vino Sancho de Herrera, hijo del sobredicho, a esta isla con intento de ganalla y poblalla, y saltó en tierra en el puerto de Santa Cruz, término de Naga, que llamaron Añazo; donde permitiéndolo los naturales hizo un torrejón en que él y los suyos vivían, y allí venían los naturales a tratar y contratar con los cristianos. Sucedió que los españoles hicieron un hurto de ganado, de que los naturales se sintieron y se quejaron a Sancho de Herrera de sus vasallos; y para conservar el amistad entre ellos firmada, hicieron una ley: que si algún cristiano cometie-rera se delito alguno, que se lo entregasen a ellos para que hiciesen del a su voluntad, y si natural contra español por el contrario.

Hecha esta ley o conveniencia, sucedió que los españoles incurrieron en ella, haciendo no sé que agravio a los guanches, los cuales quejándose del agravio recibido, Sancho de Herrera entregó en cumplimiento de lo que entre sí habían puesto, para que ellos hiciesen justicia a los españoles. El rey de Naga usando de clemencia con ellos no le quiso hacer mal, antes los volvió en paz a su capitán sin daño.

No pasaron muchos días que los guanches cayeron en la pena, habiendo hecho contra los españoles cosa de que les convino querellarse a su rey de ellos, el cual sin más deliberar entregó a Sancho de Herrera los malhechores; mas no les sucedió con él lo que a los españoles con su rey, porque los mandó ahorcar luego Sancho de Herrera sin remedio. No pudieron los naturales sufrir ni llevar la cruel justicia que de los suyos, en su tierra, los advenedizos y extranjeros hicieron; y así amotinados quiebran las paces entre ellos asentadas, y vienen de mano armada al torrejón que los cristianos tenían hecho y dando con él por el suelo lo arrasan, matando algunos de los que dentro hallaron; y así fue forzoso a Sancho de Herrera y a los suyos que, desamparando la tierra, se volviesen a la suya con pérdida de algunos».

Cuanto refiere fray Alonso de Espinosa de la ley concertada entre guanches ana-guenses y los españoles, para administrar alternativamente justicia según la nacionalidad de los delincuentes, es una pura novela; aparte de que hoy se conoce la verdadera causa del rompimiento, dadas las instituciones guanches en que no era unipersonal la administración de justicia, tampoco se prestaban los celosos y desconfiados indígenas a que un extranjero ejerciera en sus tierras actos de soberanía sobre sus habitantes. Puede afirmarse que el que así piensa no conoció al pueblo guanche.

3 En la probanza intentada por Alfonso Pérez en representación de Diego de Herrera y su mujer, solicita se interrogue a ciertos testigos a tenor de las preguntas 36 y 37. La 36 se refiere a si por efecto de la continua guerra que Herrera hacía a los indígenas, éstos lo reconocían por señor y le dieron posesión de la isla y le besaron las manos, y ponía Justicia, etc.; y por la pregunta 37, si sabían si el obispo y clérigos habían visitado la isla, si han entrado en Tenerife muchos frailes, tenía una iglesia y habían bautizado muchos indígenas.

El testigo Antón Soria, a la 36:

«... que sabe e oyó decir que en la dicha isla de Tenerife e la Grana Canaria, ha tenido paz por algunos tiempos con el dicho Diego de Perrera tanto quanto los dichos canarios han querido; e que después que ellos no quieren paz se han alzado contra la voluntad de dicho Diego de Perreras, e aún en las dichas Islas han quedado a los tiempos de la paz algunas personas captibos, e que non sabe de este artículo otra cosa».
A la 37: « ... que oyó decir que al tiempo de las paces estovo el obispo en las dichas Islas, e que dello él non sabe cosa alguna».

Gonzalo Rodríguez, marinero de Triana (Sevilla) y testigo de Herrera.

A la 36: « ... que sabe que en la dicha isla de Tenerife obedecieron los canarios al dicho Diego de Perrera por señor, e que fizo en ella una fortaleza como señor della e que le besaron la mano nueve Reyes, lo qual dijo que oyó decir. E que este testigo, por mandado del dicho Diego de Perrera con otros marineros fue a la dicha Isla de Tenerife e troxeron dende ochenta e un esclavos canarios, que los Reyes de dicha Isla dieron en señal de dicho obedecimiento al dicho Diego de Perrera; de los cuales ochenta y un esclavos que assí le ovieron de dar por lo que dicho es, quedaron en la dicha Isla cierta parte de ellos. E que después desto era pública voz e fama, que andando el dicho Diego de Perrera por la dicha Isla de Tenerife los canarios de ella le mataron a Ferrando Chemiras que había salido en tierra por lengua a fablar con un Rey canario, e que por esta cabsafue quebrantado el dicho obedecimiento que la habían fecho; e que fasta hoy les face guerra el dicho Diego de Perrera con sus fustas y navios».

A la 37: «... que en dicho tiempo del dicho obedecimiento oyó decir este testigo que entraron, e estuvieron en la dicha Isla el Obispo e ciertos frayles, e que después se salieron dende sin les facer por qué; e que oyó decir que algunos dellos habían baptizado, pero que non viven como christianos».

Diego Martín, carpintero, de Sevilla y testigo de Herrera.

A la 36: «... que sabe e visto que nueve Reyes canarios de Tenerife obedecieron e besaron la mano por señor al dicho Diego de Perrera, e estovieron assí pacíficos, e entraban e salían los christianos en la dicha Isla tiempo de seis años más o menos, e que sabe que estaban ende el Obispo de Canaria, e otros frayles, e que después se quebró la paz».

Martín Torres, de Sevilla... «assimismo que oyó decir que en Tenerife habían entrado frayles, e que este testigo ayudó a sacar un frayle que se llamaba Fray Mace-do, que había entrado ende e lo tenían detenido».

Alvaro Romero, «clérigo Presbytero», vecino de Sevilla y testigo de Herrera. A la 36: « ...que sabe que en un tiempo los canarios de Tenerife le consintieron al dicho Diego de Perrera facer una fortaleza... e le obedecían por señor... E que después que vido en como sacaban de la dicha Isla pez, e madera, e que después que sabe que los dichos canarios se alzaron e derrocaron la dicha fortaleza e mataron los ganados que en la dicha Isla los christianos tenían e que assí se están infieles como de antes estaban».

Johan Iñíguez de Atabe, escribano de Cámara y testigo de Herrera: «Otrosí, dijo: que después el dicho Ferrand Peraza... traía (de Canaria y Tenerife) aellas a esta cib-dad muchos cativos y cativas, e esto dixo que lo sabe porque este testigo tovo arrendado... el quinto de los captivos en las dichas islas... E antes e después vido traher a esta cibdad asaz captivos».

«Otrossí dixo: que sabe quel dicho Diego de Perrera... que ha conquistado a la Grand Canaria e Tenerife... E assimismo fizo en Tenerife una torre, e una iglesia e después... se le rebelaron».

ANOTACIONES

(1) Entre la amplia bibliografía de D. Elias Serra Ráfols destaca su interés por el estudio de los contactos de europeos con las Canarias prehispánicas. Así deben recordarse los siguientes trabajos:

«El descubrimiento, los viajes medievales de los catalanes a las Islas Afortunadas». La Laguna: Universidad de La Laguna, 1926.

«Los mallorquines en Canarias. Revista de Historia. La Laguna, 1941.
«Más sobre los viajes catalano-mallorquines a Canarias». Revista de Historia. La Laguna, 1943.

«El descubrimiento de las Islas Canarias en el siglo xrv». Revista de Historia. La Laguna, 1961.

Otra aportación, ya clásica, para este tema es la de: [Antonio Rumeu de Armas. El obispado de Telde. Primeros mallorquines y catalanes en el Atlántico. Madrid-Las Palmas: C.S.I.C., 1960.]

(2) El documento original de este primer pacto de paz entre Diego de Herrera y los menceyes de Tenerife, se conserva en el Archivo Histórico Provincial de Santa Cruz de Tenerife.

(3) A partir del original, conservado en la Biblioteca del Escorial (sigt": X-II-22), con la transcripción y aportaciones del prof. Eduardo Aznar Vallejo, se editó la citada Pesquisa de Cubitos. Las Palmas de Gran Canaria: Cabildo Insular de Gran Canaria, 1990.


Este manuscrito constituye una de las escasas muestras de crónicas coetáneas a la conquista de Canarias.

HISTORIA DEL PUEBLO GUANCHE TOMO III



CAPITULO II

RELACIONES INTERNACIONALES DE LOS ESTADOS GUANCHES EN VÍSPERA DE LA INVASIÓN ESPAÑOLA, AÑOS DE 1492 Y 1493.

Política imperialista del rey Bencomo de Taoro. Declaración de guerra en 1492 al reino de Güímar y sus consecuencias. Declaración de guerra en 1493 a los reinos de Taco-ronte y Anaga. Alianza ofensiva y defensiva de estos dos reinos y Confederación de los de Abona, Adeje, Daute e Icod. Derrota de los aliados y tratado secreto del rey de Anaga y Añaterve de Güímar con el general español Alonso de Lugo contra Bencomo. Propaganda subversiva a favor de la emancipación de los siervos y de las armas españolas: rápidas medidas de represión. Concertada la paz entre los reinos de Taoro, Anaga y Tacáronte, constituyen la Liga bajo la jefatura de Bencomo. Actitud de las naciones guanches al desembarcar el primer ejército invasor español.

De muy antiguo el pueblo guanche ventilaba con las armas si la sucesión al trono debía ajustarse a la línea masculina o femenina, dando origen a numerosas guerras como veremos en otro lugar; y como en ese litigio, desde la muerte de Tinerfe el Grande, la casa reinante de Taoro se creía despojada de su derecho al solio universal de la isla, sus reyes aunque sin renunciar a vindicarlo tampoco lo intentaron por impotentes.

Así las cosas apareció en escena Bencomo o el Rey Grande, soberano de Taoro, cuyo relieve va destacándose a medida que pasa el tiempo. Hombre de Estado, sagaz, guerrero y de clara inteligencia, fue superior a su pueblo e imprimió al cargo de la realeza un sentimiento de dignidad impropio de bárbaros. Justiciero, pronto en las resoluciones, de temple, de alma para las grandes empresas y siempre magnánimo, mostrábase tan piadoso para los vencidos en lucha franca, ¡de que dio repetidos testimonios con los prisioneros españoles!, como inflexible con los traidores y pusilánimes. Es proverbial su acometividad cargando al enemigo, su entereza de carácter, la energía de su espíritu ante las mayores contrariedades; y para que todo en él fuera extraordinario, era de tal complexión que a los 70 años se batía al frente de sus guerreros con los arrestos y agilidad de la juventud, siendo los héroes legendarios formados a su alrededor mero reflejo de su personalidad. Vivió temido de sus enemigos de dentro y fuera de la isla y obedecido sin vacilaciones por su pueblo, hasta que en la batalla de la laguna murió coronado por la inmortalidad defendiendo su raza, su honor y su trono.

Como era el soberano más poderoso —pues su Estado comprendía los llamados por los cronistas reinos de Taoro, de Tegueste y seño- río de la Punta del Hidalgo— y entre sus cualidades excepcionales la ambición corría pareja con la astucia, propúsose alcanzar el cetro de la isla sin dejar adivinar sus designios; para lo que fue preparando el terreno con cautela, hasta que juzgando llegada la sazón de ponerlos por obra, bajo el pretexto de unos robos de ganado y reyertas de frontera, declaró la guerra al rey Añaterve de Güímar en 1492; invadiendo el territorio ante la expectación de los demás reinos, que no dieron de pronto al suceso la importancia que tenía.

De los incidentes de esa campaña solamente habla la tradición: de un combate en la Negrita, debajo de montaña Colorada en la cumbre de Arafo, que a poco de comenzado le puso término un furioso temporal; de otro combate en Chaharte, hacia el Pegonal en Igueste de Candelaria, de resultado dudoso; de un tercer combate en Chivisaya, perdido por los güimareros; y por último de la reñida batalla de Güenifan-te, cerca de Pasacola, en la que fueron completamente derrotados los güimareros muriendo el infante Cayamo, hermano del rey, y el célebre gigante Emolió que pereció a manos de los teguesteros y fue sepultado en Guadamoxete; hecho de armas que obligó a Añaterve a pedir la paz, muy ajeno del oprobio que le esperaba.

Cuando supieron las condiciones impuestas por el vencedor, fue casi tan grande la temerosa sorpresa de los demás Estados, como la explosión de indignación de los vencidos, que fueron acumulando odio día tras día contra el aborrecido enemigo. El pueblo güimarero sería incorporado en calidad de provincia o achimenceyato al reino de Taoro perdiendo su nacionalidad, permaneciendo a su frente Añaterve a título de achimencey, en conformidad con la vigente ley del derecho paterno para la sucesión del trono que concediéndole por sus días las apariencias de la realeza; pero el príncipe heredero Gueton' el guada-meñe o sumo pontífice y otros proceres de alto prestigio, quedaban en rehenes junto a Bencomo en caución del tratado celebrado.
La ira y el enojo que provocó esta conquista material pero no moral del pueblo güimarero no tuvo límites, lanzándose a conspirar buscando apoyo por todas partes para recobrar su nacionalidad y libertar a sus príncipes y magnates. Pero el instinto de conservación, el egoísmo o la falta de unidad de los reinos les quitó toda esperanza de redención o de venganza y cuéntase que desesperados comenzaron a entrar en secreta inteligencia con los españoles de la isla de Canaria, que por las noches y ocultamente se arrimaban a la costa en pequeños pataches.

En el curso de estos sucesos y ya entrado el verano de 1493, los acontecimientos se precipitaron con motivo de una enfermedad mental que sufría a la sazón el rey Beneharo de Anaga. Como en estas interinidades ocupaba la representación del trono el príncipe heredero y en su defecto el hermano más viejo del rey, y por ambas líneas no había varones, la nobleza anaguera abrigó el proyecto de que la regencia fuera a parar al primogénito del rey de Tacoronte, casándolo con la princesa Guacimara, único descendiente de Beneharo, con el fin oculto de fundir los dos Estados en una sola nacionalidad por temor a Bencomo.

Pero no lograron engañar a éste. Y como le ofrecían para su plan una favorable coyuntura porque le amparaba el derecho, pues reversaba a su casa toda representación circunstancial de cualquiera de los Estados en las interinidades, aparentando Bencomo verse obligado a tomar las armas, se apresuró a declarar la guerra a los reinos de Tacoronte y Anaga, sin lograr tampoco engañar a los demás. La alarma fue general. Los tacoronteros y anagueses celebraron una alianza ofensiva y defensiva para hacer frente al enemigo común, y los reinos de Abona, Adeje, Daute e Icod se constituyeron en Confederación con el mismo objeto, pues ya eran bien claras las aspiraciones imperialistas del rey de Taoro.

Una verdadera conflagración amenazaba a Tenerife a semejanza de otras épocas; pero si en las edades pasadas la paz al fin se restablecía sin intervención de elementos extraños a la raza, no aconteció lo mismo en la postrimería del siglo XV. En la época en que se desarrollaban estos sucesos, los españoles no sólo se preparaban para rematar la conquista del Archipiélago apoderándose de Tenerife sino que avizoraban y avivaban sus discordias para mejor vencerla; con especialidad el alcaide del fortín de Agaete en Canaria, D. Alonso Fernández de Lugo, con quien capitularon los Reyes Católicos la reducción de la isla. Desde su acantonamiento fronterizo, unas veces personalmente y otras valiéndose de mediadores, sostuvo frecuentes relaciones con los enemigos de Bencomo para cimentar en sus odios intestinos, que supo alimentar con habilidad una base de operaciones al ejército invasor.

No nos ha sido posible rellenar las lagunas que existen en la tradición, respecto a los acontecimientos ocurridos en Tenerife en esta interesante época histórica. En la campaña sostenida entre el rey de Taoro y los tacoronteros y anagueses, hablase con vaguedad de varios encuentros sin resultados decisivos, hasta que empeñaron una reñida batalla en El Sauzal, en las proximidades del barranco de las Mejías y cerca de la ermita de Los Angeles por debajo de la actual carretera, donde fueron derrotados los aliados; derrota que debió re vestir importancia, porque trajo como consecuencia que el rey Bene-haro de Anaga (que ya había recobrado la razón), Añaterve de Güí-mar y el capitán Alonso de Lugo concertaran un tratado secreto para combatir a Bencomo. Nada dice la tradición de la actitud del rey de Tacoronte respecto a este tratado, aunque nos inclinamos a que ni intervino ni estuvo de acuerdo si lo conoció porque tampoco hace referencia a él un documento que luego veremos y que confirma el convenio de Beneharo.

Pero Alonso de Lugo no se limitó a esta labor diplomática sino que en vísperas de invadir la isla le arrimó una tea incendiaria, una cuestión social que prendió en la clase de los siervos como el fuego en la yesca conmoviendo las instituciones. Séase que existiera el rescoldo de una agitación antigua o la sembraran y fomentaran los españoles para enconar las divisiones, fue lo cierto de que los siervos empezaron a soliviantarse con la propaganda subversiva de su derecho a mejorar de condición, de no ser esclavos, y que esa promesa redentora la traerían las armas españolas, que no podría contrarrestar Bencomo con palos y piedras a pesar del valor de la raza. Tales doctrinas filtradas de un modo artero entre hombres rudos, movedizos, de carácter fiero y por otra parte víctimas de intolerables privilegios, provocaron una excitación amenazadora.

Fueron los activos propaladores de estas novedades los irreconciliables enemigos de los taorinos, los güimareros, pero con especialidad unos cuantos conocidos por la tradición por «gomeros»2 o «guanches mansos», que precediendo como vanguardia al ejército invasor se derramaron por la isla produciendo una honda perturbación moral. De ellos, unos decididos partidarios de los castellanos, ponderaban los beneficios de la civilización, de la libertad, de la propiedad de las fuerzas de sus armas, etc.; parangonando estas ventajas con la miseria y esclavitud en que vivían, con los irritantes abusos de la nobleza, etc.; pero otros, que se habían fingido amigos de los españoles, fueron ardientes defensores de su patria desacreditando a los extranjeros desde todos puntos de vista; más séase por la cultura que adquirieron, o porque se trataba de una reforma de antemano sentida, o que se vieran obligados a no dejar como bandera a los españolizados la redención de los siervos, el hecho fue que también se pronuncian por la reforma; ¡lo que trajo a la larga el desconcierto social y la pérdida anticipada de la independencia!

Tan inquietante como peligrosa situación únicamente pudo salvarla la figura excelsa de Bencomo. Con sus rápidas medidas cesó como por encanto la propaganda de apocamiento y las pretensiones ostensibles de los siervos, y decimos ostensibles, porque ya la idea de emancipación quedó arraigada para siempre. Descubiertos los hilos de la trama, sin contemplaciones ni pérdida de tiempo la hizo abortar con ejecuciones que no respetaron las más altas jerarquías, como fue la de un guadameñe o sumo pontífice3.
Viana que adornó algunos hechos históricos con ficciones poéticas, simboliza la propaganda subversiva y la sangrienta represión de que nos hemos ocupado en el guadameña o guañameñe, o séase en el personaje más culminante descubierto de los que intervinieron en la conjura.

Por esto Viana pone en boca de este notable agorero por su jerarquía, el summus aruspex, la profecía que hizo a la infanta Dácil en la vega de la laguna, (pág. 88):
«Díjole Guañameñe el agorero, que un personaje de nación extraña que por la mar vendría al puerto y sitio marítimo, llamado Añago entonces, de ser había al fin de mil desastres, guerras, batallas, cautiverio, y muertes, su amado esposo, en dulce paz tranquila

Este mismo adivino fue el que en el curso de los Juegos Beñesma-res que celebraba el reino de Taoro, tuvo la osadía de intentar soliviantar a los siervos con su propaganda, pero que el autor por mayor gala poética nos lo presenta pidiendo una audiencia al rey Bencomo, para anunciarle en medio de los proceres y cortesanos su triste porvenir, (pág. 77):
«Poderoso Bencomo, sin segundo como en servirte mis deseos fundo saber el fin dudoso he procurado de tu valor, que no en su bien dudara, si al mérito fortuna se igualara.

Por el cerúleo mar vendrán nadando pájaros negros de muy blancas alas, truenos, rayos, relámpagos echando, señales propias de tormenta y malas; dellos saldrán a tierra peleando, fuertes varones con diversas galas de otra nación extraña y belicosa para quitarte el Reino poderosa. Conquistaran por armas esta tierra, sin que puedan hacerle resistencia,
cuanto Nivaria y un distrito encierra ha de dar a sus reyes la obediencia; esto por mis agüeros es creíble; perdona, y pon remedio, si es posible».
En medio del temor que se apoderó del auditorio por la profecía del guañameñe:
«Sólo Bencomo, que cual otro César
que al prodigioso aviso de Spurina,
con menosprecio y burla estuvo incrédulo,
de Guadameña se mostró injuriado,
y así lo dice con soberbia ira:

«Por la cima del Téida levantado,
¿No sabes que desciende mi linaje del gran Tinerfe, bisabuelo mío, y que no hizo la fortuna ultraje jamás en su valor y señorío? Hago a sus huesos voto y homenaje, que has de pagar tu loco desvarío;

muera, muera el traidor descomedido colgádmelo de un árbol al momento;

El castigo impuesto al conspirador que hacía la causa de los siervos aunque no fuera ese su propósito, provocó una sorda excitación como deja traslucir el poeta en distintos pasajes:

«Cesó con esto, y no en la vulgar gente, el murmurar con mil sentencias varias, la lastimosa muerte, y los agüeros» (Pag. 81)........................
«Estaba en esto el pueblo alborotado
así por el castigo que se hizo
a Guañameñe el agorero mágico»
(Pag. 82)........................
«... muchos se acuerdan del castigo injusto del difunto agorero, y del pronóstico cuyos principios ven en breve término, y recelan al fin, el fin futuro. Sólo Bencomo no se sobresalta. (Pag. 117).......................................>>.

Sofocada por Bencomo la rebelión iniciada y noticioso de que en Canaria se hallaba dispuesto un ejército español para combatirlo, en inteligencia con sus enemigos interiores, suspendió en el acto las hostilidades; y no sólo gestionó y consiguió celebrar la paz con los reinos de Tacoronte y Anaga, sino que los atrajo al concierto de una Liga de los tres Estados bajo su jefatura para hacer frente a los extranjeros; lo que le proporcionó la doble ventaja de unificar las fuerzas de la mitad más importante de la isla, y lo que era para él de supremo interés, separar a Beneharo de la alianza castellana.
Por manera que al desembarcar en Tenerife con su ejército Alonso de Lugo, la actitud de las fuerzas vivas del país era la siguiente: la Liga del Norte, que abarcaba el territorio comprendido desde Añaza o Santa Cruz por el Norte de la isla hasta San Juan de la Rambla, bajo el mando supremo de Bencomo, teniendo por único objetivo los ligueros batir a los españoles; la Confederación del Sudoeste, que se extendía desde el barranco de Erques de Fasnia por el Sur hasta San Juan de la Rambla, comprendiendo los reinos de Abona, Adeje, Dante e Icod, más temerosa de Bencomo que de los españoles y resuelta a rechazar lo mismo al uno que a los otros; y el reino de Güímar, cuyo límite por el Este era Santa Cruz (el barranco del Hierro) y por el Oeste el barranco de Erques, en convenida alianza con los españoles, pero aún alimentando la esperanza de que Bencomo reconociera su nacionalidad probablemente para hacer causa común con los de sus raza, como parecen demostrar los hechos ulteriores.

NOTAS

1 Viana refiere que Gueton estaba desterrado por su padre (a causa de un delito) en la corte de Bencomo, pero es una inexactitud que en cierto modo rectifica más adelante. En éste y otros sucesos que iremos tocando equivocó las causas que los determi naron, en ocasiones simboliza los acontecimientos en personajes, ya copia errores de fray Alonso de Espinosa, o bien oscurece hechos históricos con las galas de la poesía; pero así y todo lo reputamos por el más completo y exacto de nuestros cronistas.

El poeta Viana, a nuestro juicio mal comprendido, ofrece la particularidad de que todos los historiadores lo combaten y todos lo siguen.

2 En el primer libro de Acuerdos del Cabildo de La Laguna se encuentran rastros de estos gomeros. Dieron tal nombre a los naturales de Tenerife ya civilizados antes de la conquista en las demás islas, sobre todo en La Gomera, donde se hallaban en mayor número y de ahí el nombre genérico de gomeros con que todos fueron conocidos. De éstos, unos habían sido hechos cautivos y otros se marcharon voluntariamente en las fustas que arribaban a la isla, huyendo de la justicia por algún crimen o por diversas causas.

3 El cargo de guañameñe que por su gran influencia sobre el pueblo era el más importante después de la realeza, recaía siempre en individuos de la familia real. Esta circunstancia y la conocida actitud de hostilidad más o menos franca de los güimareros contra Bencomo, robustece la tradición de que el guañameñe ahorcado fue el de Güímar que se hallaba en Taoro entre los rehenes.


Parece que en el mismo sentido se expresaba D. Cristóbal Bencomo, hijo del rey Benytomo, en la historia que escribió del pueblo guanche a su vuelta de España donde siguió la carrera de vocero o abogado. Cuéntase que de dicha obra sólo existieron tres ejemplares manuscritos, uno de los cuales vino a parar a una familia Oliva de Chasna, de difícil lectura y muy deteriorado, regalado a un carabinero peninsular allá por el año 20 del siglo pasado.

HISTORIA DEL PUEBLO GUANCHE TOMO III

 CAPITULO III

PRIMERA INVASIÓN DE LUGO, AÑO DE 1494.

Organización del ejército español, desembarco y Real de Santa Cruz. Conducta de los aliados guanches con los españoles. Exploraciones del ejército invasor. Reconocimiento ofensivo del ejército y entrevista del rey Bencomo y el general Lugo en Gracia. Tagoro internacional de los reyes guanches: causa del rompimiento entre ligueros y confederados. Reconocimiento oficial de la soberanía de España por los güimareros. Consideraciones sobre el plan de campaña del general Lugo.

Conquistada en 1483 la isla de Canaria «muchos de los caballeros que allí vivían —dice Núñez de La Peña— deseaban hacer armada para conquistar a Tenerife y jamás se unieron porque cada uno quería tener el mayor puerto y título de gobernador»:

«Algunas entradas hicieron pero de poco provecho. El que más hizo fue Dn. Alonso Fernández de Lugo, que era Alcaide de la torre de Lagaete y de allí salía algunas veces y entraba en Tenerife en partes remotas, en donde hacía algunas presas de poca consideración: el que más deseoso estaba de que la conquista de estas islas (La Palma y Tenerife) corriese por su cuenta, era el dicho D. Alonso. Determinóse pasar a España a pedir licencia a su Majestad para proseguirla a su costa, que él buscaría quien le ayudase. Fuéle concedida la licencia que pedía y por mandado de sus Majestades los Católicos Reyes Dn. Fernando y Da. Isabel, se le otorgaron escrituras de concierto y asiento sobre las condiciones de la conquista; y le dieron título de Capitán General de ellas desde el cabo de Aguer hasta el de Buja-dor, en las partes de África; y que habiendo conquistado las dichas islas de Tenerife y Palma, sus Majestades nombrarían persona que con él entendiese en el repartimiento de sus tierras y heredamientos, como más bien se especifica en la conduta; su fecha año de 1493».

«Conseguida esta merced por Dn. Alonso Fernández de Lugo, habló a algunos caballeros poderosos de España si querían ayudarle en la conquista, que partiría con ellos de las presas de ganado y cautivos' que se hiciese y entrarían en parte según el caudal con que cada uno entrase».

«Hernando del Hoyo, paje de su Majestad, le ayudó con cantidad de dinero y hicieron escritura de compañía y otras persanas. Con estos y más que el general tenía del valor de un ingenio de azúcar que en Canaria había vendido, compró bastimentos y armas, y puso cuatro banderas en Sevilla para ajuntar gente. A la fama de la conquista se alistaron muchos soldados y se le allegaron muchos nobles sin interés de paga y deudos suyos; y algunos que tenían parientes de los primeros conquistadores que habían ido a Lanzarote y Fuerteventura y demás islas con Bethencourt».

«Pasaron el general y sus capitanes y soldados a Cádiz, en donde estaban prevenidos dos navios para el viaje. Salieron del puerto y aportaron a la isla de Gran Canaria; y dando cuenta a las demás islas conquistadas para si le querían ayudar, algunos vinieron en su compañía con mucha voluntad de que todas las islas estuviesen de católicos y a la obediencia de los Reyes de Castilla».

Esta expedición marchó a la conquista de la isla de La Palma. Y añade D. Leandro Serra y Moratín:
«A principios de 1494 llegó a Canaria Dn. Alonso Fernández de Lugo con la mayor parte de las tropas que le habían acompañado en la conquista de la isla de la Palma, y una vez en el Real de las Palmas trató de alistar nuevos soldados a sus banderas, con objeto de pasar a Tenerife con una fuerte expedición, para lo que vendió algunos bienes que le quedaban en Gáldar; y auxiliado de Lope Hernández de la Guerra, Hernando de Trujillo, Jerónimo Valdés, Andrés Suárez Gallinato, Pedro de Vergara y Solórzano del Hoyo, reunió seis compañías de infantería española con unos 600 hombres, cuatro de naturales de las otras islas conquistadas con unas 400 plazas, incluyendo los 70 canarios de la parentela de Dn. Fernando Guanarteme y ciento y pico de hombres, formando un total de 1.000 infantes y 125 jinetes, inclusos los jefes».

«Lista la expedición y embarcados hombres, víveres, caballos y armas, en 15 bajeles se dio a la vela para Tenerife el viernes 30 de Abril a las 4 de la tarde. Al amanecer del siguiente día, 1°. de Mayo de 1494, la flota española se encontraba frente a los montes de Anaga, dando fondo a las 6 de la mañana en la rada de Añaza».

Hízose el desembarco en territorio del tagoro de Añaza, por la ría entonces existente en el hoy barranco de Santos o de los Santos y donde sus aguas se mezclaban con las del río Añaza alimentado por la laguna de Agüere; tomando tierra en la Isla, que así denominaban los españoles de antiguo al Cabo, no sin sostener una ligera escaramuza con algunos guanches de las cercanías. Saltó el general Lugo llevando al hombro una cruz de madera, que aún se conoce por la Cruz de la conquista y se conserva con gran veneración en la ermita de San Telmo, que fue el sitio precisamente donde la implantó.

Desde los primeros instantes fue dedicado el ejército a emplazar el Real de Santa Cruz por la actual plaza de San Telmo y sus inmediaciones, levantando a guisa de atrincheramiento una fuerte pared doble de piedra seca, en cuyo interior edificaron también de piedra seca barracas o chozas para los soldados, pequeños almacenes para víveres y armas, cobertizos para los caballos; alojándose los jefes, oficiales y caballeros nobles en tiendas de campaña. Tales fueron de momento las improvisadas defensas y viviendas, que más tarde mejoraron.

Mientras las tropas se ocupaban con febril actividad a ponerse al abrigo de un golpe de mano, dispuso el general en la misma mañana que el capitán de a caballo Gonzalo del Castillo, con 20 jinetes y 30 peones, practicara un reconocimiento hasta la vega de la laguna, de donde retornó con algún ganado que pudo apresar; a la vez que dio la comisión al ex rey de Canaria D. Fernando Guanarteme (2), fuera a requerir a Beneharo, rey de Anaga2, del que estaba desconfiado se le incorporara en virtud del tratado secreto que tenían; no enviando ningún recordatorio a Añaterve de Güímar por haber recibido una embajada de salutación.

Las noticias con que volvió D. Fernando Guanarteme respecto a la actitud del rey Beneharo no eran favorables; y por esto al siguiente día, 2 de mayo, tornó Guanarteme a dar con el rey de Anaga y consiguió viniera al Real de Santa Cruz a celebrar una conferencia con el general Lugo, de la que resultó serían enemigos. También el mismo día había ordenado el general al capitán Martín de Alarcón, que con 60 soldados de a pie y de a caballo llevara sus exploraciones hasta descubrir el valle de Tegueste, de donde regresó con la desagradable nueva de no haber tropezado con ganados ni con persona alguna, como si se las hubiera tragado la tierra.
Este estado de cosas debió preocupar hondamente al jefe de la expedición; porque conocedor de las costumbres guanches, al relacionar el cambio de actitud del rey de Anaga, así como el saludo de mero cumplimiento de Añaterve, sin más pruebas positivas de su alianza, con el silencio sospechoso que lo rodeaba no dejándose ver el enemago por parte alguna como obedeciendo una consigna, era de temer que Bencomo con su gran prestigio y rectificando su política, hubiera conseguido unificar las fuerzas vivas del país. Y entonces la situación del ejército castellano la estimaba comprometida o por lo menos poco tranquilizadora.

Y tan debió preocuparle y tan aislado y falto de noticias se encontraba, que después de celebrar el 3 la festividad de la Cruz, oyendo misa en el campamento —para lo que improvisaron un altar al pie del mismo símbolo de redención, desembarcado en hombros del general y sencillamente adornado de flores silvestres— dispuso estuviera preparado el ejército para emprender al siguiente día un reconocimiento ofensivo en dirección a La Laguna.

Como estaba el rey de Taoro a la expectativa de la llegada del ejército español, así que tuvo noticia de su arribada encomendó a un sigoñe o capitán de confianza se enterara de las fuerzas y demás condiciones del enemigo. Los informes recibidos le hicieron comprender desde luego, la gravedad que entrañaba la presencia en la isla de ejército tan poderoso, y reunió a la mayor brevedad el Gran Tagoro o Consejo para tomar con urgencia los acuerdos que el caso requería. Esos acuerdos fueron dos:

1Q) Que se invitara a un tagoro internacional a los reyes de la isla para la tarde del 4, en Taoro; y 22) Que con anterioridad a esa fecha, Bencomo celebrara una entrevista con el jefe de las tropas extranjeras para explorar sus intenciones y apreciar por sí mismo las cosas como antecedentes que aportar a la conferencia.

Tal vez llame la atención el primer acuerdo dada la violenta disposición de ánimo de unos Estados con otros; pero era práctica antigua, estuvieran en paz o en guerra, considerar casus foederis la presencia de europeos en cualquiera de ellos. Ni por excepción jamás se había faltado a este tratado.

Dióse la casual coincidencia, de que en la misma mañana del 4 en que Bencomo acompañado de su hermano el infante Tinguaro y una escolta de 400 hombres, desembocaba de la laguna para dirigirse al Campamento deAñaza en conformidad con lo resuelto, el ejército español, que practicaba el reconocimiento ordenado el día anterior, des cansaba en Gracia; donde de pronto y con no poca sorpresa de guanches y castellanos se encontraron de frente.

Cuentan algunos cronistas, que como al aparecer la comitiva de Taoro se produjo algún movimiento en el ejército, para formar en batalla en espera de los acontecimientos, contemplando Bencomo dijo: «Poco valor he notado en éstos que pretenden conquistar nuestra tierra, pues apenas nos vieron cuando se han alborotado y quedado de pie como helados».
Poner tales palabras en boca del Rey Grande, que conociendo las ventajas de la disciplina y de las armas europeas meditaba los medios de contrarrestarlas, revela una desdichada opinión de la experiencia y cualidades intelectuales de aquel bárbaro excepcional.
Al hallarse Bencomo como a tiro de espigarda dejó la escolta y se adelantó únicamente acompañado de Tinguaro, haciendo señales de paz, es decir, abriendo los brazos en cruz y cruzándolos después sobre el pecho. Entonces el general Lugo mandó a su encuentro tres intérpretes, entre ellos a Guillen Castellano. Puestos al habla preguntó el rey qué intención traía el jefe de aquella tropa al invadir su tierra; a lo que contestó Castellano en nombre del general:

1a) que a procurar su amistad; 2a) a requerirles se hicieran cristianos; y 3Q) para que se sometieran al rey de España que los tomaría bajo su amparo y protección.
Cuéntase que Bencomo, con gran dignidad y reprimiendo la cólera a duras penas, replicó: «que aceptaba la paz y la amistad a condición de que dejaran el país; que no sabían qué era ser cristianos, que se informarían y resolverían con mejor acuerdo; y que en cuanto de someterse a otro soberano... había nacido rey y rey moriría».

Así terminó la entrevista retirándose Bencomo profundamente indignado por la osadía de aquellos extranjeros; dejando en el general Lugo la impresión de que se las había con un bárbaro inteligente, de carácter, enérgico y poseído del papel de soberano. En una palabra, que tenía que combatir con un jefe temible puesto al frente de hombres valerosos, rudos y fanáticos por la patria; y tal fue este el concepto que se formó, así como que Bencomo había logrado unificar la isla para rechazarlo, que bajo estas ideas levantó el campo de Gracia al siguiente día 5 de Mayo y contramarchó al Real de Santa Cruz para mejorar los atrincheramientos, hacer un torreón con otras defensas y preparar las cosas para una lucha empeñada y peligrosa. Noticioso de que algunos veranos se agotaba el río de Añaza dispuso abrir uno o dos pozos; taló el monte bajo que rodeaba el Real al alcance de las armas de fuego; ordenó a diario correrías aunque sin resultado y se mostró incansable solicitando inteligencias por todas partes.

El cariz de la situación en que se encontraban los españoles era poco tranquilizador, cuando un suceso vino a reanimar las esperanzas. De regreso Bencomo en Taoro de la entrevista con el general español, fueron llegando acompañados de sus magnates los reyes Beneharo de Anaga, Acaymo de Tacoronte, Belicar de Icod, Romen de Daute, Pe-linor de Adeje y Adjoña de Abona, para celebrar el tagoro internacional. Todos estaban presentes menos uno, menos Añaterve, que no había sido invitado por Bencomo, considerando llevaba la representación legal de la antigua nación güimarera después de incorporada como provincia a su reino. Tal criterio cerrado, con la conducta consiguiente, fue y siguió siendo la manzana de discordia, porque los cuatro soberanos de la Confederación se creían amenazados mientras Bencomo no reconociera la independencia del pueblo de Güímar y la realeza de Añaterve, dejando en libertad a los que tenía en rehenes.

Ésta fue, repetimos, la verdadera causa de disidencia entre los soberanos de la isla antes, en el acto y después de la celebración del tagoro. Exigían los cuatro reyes confederados para una acción común contra los extranjeros la garantía de sus propias personalidades, una inmediata rectificación de las aspiraciones imperialistas de Bencomo reconstituyendo la nación güimarera con todas sus naturales derivaciones, y replicaba el mencey de Taoro negando tales supuestos ¡por más que los hechos los confirmaban!, y que de momento el interés de la isla estaba en rechazar a los españoles. No fue posible entenderse. Ni la presencia de un poderoso ejército extranjero, ni la consideración de que se empujaba al pueblo de Güímar a tomar una resolución desesperada de no atenderse sus justas reclamaciones, ni la amenaza de retraimiento de los confederados, ni las súplicas de los desinteresados reyes de Anaga y Tacoronte que aparecían como víctimas voluntarias en el altar de la patria, los hizo llegar a un acuerdo. El tagoro se disolvió separándose los reyes airados, enemistados y más recelosos unos de otros, proclamando los confederados que cada nación cuidara de su propia defensa antes que entregarse a la tiranía de un ambicioso.

A excepción de Bencomo que se mantuvo enhiesto, recto a su objetivo, inflexible cual una ley de la naturaleza, toda la isla se conmovió profundamente al conocer el desdichado desenlace; y el pueblo de Güímar que aguardaba con la mayor ansiedad, que hasta entonces había eludido comprometerse en firme con los españoles, rompió en
alaridos de odio y de venganza reconociendo por unanimidad oficialmente el 6 de Mayo la soberanía de la Corona de Castilla3. Viana refiere del siguiente modo este suceso:

«Mas ya en la playa y términos de Anaga el famoso Añaterve, Rey de Güímar, llegaba a Santa Cruz, cristiano albergue, acompañado de su gente noble y de seiscientos hombres de su guarda a visitar de paz los españoles; divisan los espías y atalayas la multitud, y dánle dello aviso al general, altérase el ejército, apréstanse, convócanse y ordénanse, pensando cierto que eran enemigos: llégase cerca un natural anciano bautizado, que Antón por nombre tiene, y en clara lengua castellana a voces altas, propone a la española gente:

Añaterve, que en Güímar coronado es por supremo Rey obedecido, os viene a visitar, de Dios guiado, y de mis persuasiones conmovido, que de la imagen santa enamorado que ha en su Reino y tierra aparecido, procura serle grato, y por servicios hacer a los cristianos beneficios. Agradecido de ello y gozosísimo, el general ilustre acompañado de los más principales del ejército, sale al recibimiento de Añaterve; allí se ve y señalar el noble término, dánse los brazos como amigos firmes: hacen luego la salva de alegría con gruesa artillería los navios en la mar, y en la tierra arcabuceros, pífanos, cajas, trompas y clarines, ¡uníanse naturales y españoles,

Era en su punto casi el medio día; ponen las mesas bajo un Sentóse el general, el Rey y algunos capitanes famosos de ambas partes, y a esotros naturales convidaron los demás españoles, y comieron tratan el general y el Rey su amigo de las cosas tocantes a la guerra, para buenos sucesos de conquista con avisos y ardides de importancia; promete el Rey al general de darle socorro, ayuda, gente, proveyéndole de cebada, de quesos y ganados, y sobre todo, avísale se guarde del soberbio Bencomo de Taoro. Después, celebran el alegre día de amistades y paces inviolables, y a gusto y beneplácito de todos, el Rey, con voto y juramento, rinde su poder al católico Fernando, prometiendo de darle la obediencia y bautizarse en siendo tiempo cómodo.

Luego Añaterve habiendo y a informado al general de cosas de importancia, tocantes a ejercicios de la guerra, del se despide con ofertas grandes

Acontecimiento de tal magnitud, como el reconocimiento de la soberanía de España por la nación güimarera llenó de júbilo al ejército expedicionario. Ya contaba con una sólida base en el país de que temió carecer y con la cooperación de un pueblo despechado que para siempre unía su destino a los castellanos a prueba de los mayores desastres.
Aunque carecemos de cultura técnica para abordar el asunto, por más que hay verdades del dominio general, sin algunos antecedentes no podrá avalorarse el coeficiente de resistencia de los Estados guanches, la acción militar y política del jefe español y el obligado desenlaa ramada ce de la fusión de ambos pueblos combatientes, con otras circunstancias que dan la clave de no pocos hechos en período histórico tan oscuro como el de la conquista de Tenerife.

Separándonos de otros particulares que señalaremos a su debido tiempo, destacábanse tres factores que debió tener muy en cuenta el general Lugo en sus planes de campaña: las condiciones topográficas de la isla, su urbanización y la potencialidad o grado de resistencia de los Estados guanches.

Respecto a las condiciones topográficas de la isla, recordemos que la recorre de NE. a SO. el macizo de la sierra central para ir a morir en sus extremos a las riscosas y abruptas regiones de Teño y Ta-ganana, naciendo a todo lo largo de sus flancos en dirección al mar centenares de profundos barrancos, millares de torrenteras, y cordilleras secundarias que encierran valles más o menos grandes; sin contar numerosas montañas que obedecen a otros sistemas orográficos, desfiladeros, cerros, puertos, cráteres y cantiles que hacen de su suelo uno de los más accidentados. También hay que recordar que todo este territorio estaba poblado de tupido monte alto de pinos, escobones, hayas, follados, brezos, palmeras, dragos, almacigos, sabinas y otras plantas arbóreas, presentando hacia el perímetro de la zona costeña, especialmente en el Sur, tal cual mancha de monte bajo de cardones, zarzales, sabinas, tabaibas, berodes, etc., de lozano desarrollo. De modo que no peca de exagerada la afirmación de que la isla era un bosque frondoso y cerrado desde las más altas cumbres a las orillas del mar en todos sentidos4 (3).

De consiguiente, dadas las condiciones del suelo y su riqueza teniendo en cuenta además la configuración, formas de las riberas, mares y tiempos reinantes, desde el punto de vista estratégico la defensa militar de la isla estriba en la posesión de la meseta de La Laguna con sus regiones contiguas; siendo por lo tanto el objetivo de todo conquistador apoderarse de los referidos sitios para meterse tierra adentro. Y esto lo sabía el general Lugo, no ya no por los informes exactos que debió adquirir de sus aliados los güimareros sino por los reconocimientos, asaltos y tanteos que llevó a cabo por distintos puntos antes de invadirla. Así se explica que estableciera su Real de Santa Cruz en Añaza para que le sirviera de base de operaciones, que no trasladó a la laguna porque no contando con fuerzas bastantes para conservar las comunicaciones a los recursos de boca y guerra, era una imprudencia abandonar la playa, es decir el contacto con los barcos, que aunque movibles, constituía su base y retirada más sólida en un desastre como lo acreditó el de Acentejo.

Penetrábase la isla desde Añaza por una trocha abierta a través del bosque, según la tradición de 28 varas de ancho para el paso de los ganados trashumantes, que arrancaba junto a la parte S. del hoy cuartel de San Carlos, por el antiguo camino de las Pescadoras a unirse al Camino Viejo de la Cuesta, a la ermita de Gracia y a La Laguna; donde se continuaba con el conocido, a raíz de la conquista, por camino de Acentejo o del Real de San Cristóbal, que salía por San Benito a buscar los altos de Tacoronte pasando por el Ortigal, el Peñón, Aguagar-cía y Apartacaminos, para descender más adelante hacia La Matanza por el Reventón y las Guardas, bajando después siempre por la orilla derecha del barranco de Acentejo o de San Antonio en dirección al mar, atravesando la actual carretera y continuando por el Callejón de Acentejo o Toscas de los Muertos hasta llegar a la ermita de Guía o Rambla Honda como denominaron aquel sitio los conquistadores; donde torciendo hacia Taoro cruzaba el barranco de Acentejo, por allí de escasísima altura, para dirigirse por el hoy camino de Santo Domingo al través del caserío de Bubaque a desembocar en los Llanos de Acentejo, y de aquí por Santa Úrsula a la Cuesta de la Florida, al valle de La Orotava y a Taoro o Realejos.

Ahora bien, aunque nos anticipemos a los acontecimientos, conviene fijar el hecho significativo de que el ejército español jamás abandonó esta trocha, ni pasó del trozo comprendido entre Añaza y Acente jo, porque si una vez avanzó hasta Taoro, fue por tener ya concertada secretamente la paz con la nobleza; y si otra, Hernando de Trujillo con 500 hombres llevó una correría hasta el cercano valle de Tegueste, para apoderarse de algún ganado, no pasa de un suceso excepcional que no repitieron, ni influyó para nada en el curso de la guerra, ni desvirtúa el plan de campaña que se trazó el general Lugo. Durante tres años el ejército español recorría en orden de batalla una parte de la trocha y libraba combate si los guanches le salían al camino. De no presentarse la fuerza enemiga, replegábase con las mismas precauciones al Real de Santa Cruz.

No se apartó el general Lugo de esta estrategia de limitados reconocimientos ofensivos, aunque llegó a reunir bajo su mando un ejército de casi tres mil españoles, sin contar las fuerzas aliadas güimareras. Nunca fue a buscar a los guanches en sus posiciones para desalojarlos, ni se echó fuera una pulgada de la trocha abierta para aventurarse por bosques intrincados y desfiladeros, donde no podía maniobrar la caballería ni desplegarse en batalla contra hombres disciplinados conocedores de la tierra, de un empuje personal y una acometividad legendaria en el Archipiélago.

Uno de los grandes méritos del general Lugo, como militar y hombre de Estado, fue el hacerse cargo de la realidad de las cosas y adoptar un plan que sostuvo a prueba de las mayores exigencias y privaciones. Como por un lado casi la totalidad del país seguía haciendo su vida ordinaria sin poderlo invadir con éxito por ninguna parte, y por otro se hallaba constreñido a un radio de acción muy pequeño, dentro de cuyo radio iban o dejaban de ir a voluntad los enemigos a combatir, comprendió no disponía de los elementos de guerra suficientes para reducir la isla por fuerza de armas y acudió a la acción política, aprovechando con habilidad los disturbios intestinos.
¿Pero acaso en sus condiciones podía hacerse otra cosa?

Otra de las mayores dificultades para la conquista con que tropezó Lugo ¡tan grande que 30 años después de incorporada la isla a la Corona de Castilla no habían logrado pacificarla por completo!, fue su sistema de población. En las demás islas del Archipiélago existían ya que no ciudades, urbanizaciones o caseríos más o menos importantes, pero esto no ocurría en Tenerife constituyendo una excepción original. En toda la extensión del territorio y en medio de los bosques, desde las cumbres más altas a las orillas del mar, aparecían en cada cuatro o cinco kilómetros cuadrados un auchon o casa, especie de alquería o cortijo como dice Marín y Cubas. Las mismas cortes de los menceyes no pasaban de simples auchones aunque más amplios o de mayor número de puertas.

De aquí que las operaciones militares del ejército invasor no tuvieran por finalidad apoderarse de poblaciones, que no existían, y que le fuera indiferente caer sobre la corte del rey de Taoro, consistente en unas cuantas cabanas de piedra seca, que sobre otro cualquiera; así como a su vez los guanches, que vivían en plena naturaleza, abandonaban sin cuidado las chozas echando por delante el ganado, para quedarse hormigueando bajo el boscaje en derredor de los extranjeros. Esta difusión de la población indígena, desparramada por todas partes sin que les ligara siquiera los vínculos del interés material a sus viviendas, era un gran obstáculo para la conquista en los campos de batalla, como lo confirmó la experiencia.

Un tercer factor hubo de tener asaz presente el general Lugo para sus planes de campaña y fue la consistencia del pueblo que trataba de someter. Es verdad que en todo el Archipiélago los naturales eran valerosos, osados y decididos en el ataque, mas corno colectividades o masas y en campo abierto, sin ser blandas, en ninguna de las islas el coeficiente de resistencia fue tan elevado como en Tenerife, indudablemente por la poderosa organización de sus Estados. Y tanto es así, que muerto Bencomo en la batalla de La Laguna y muerto con aquél gran espíritu no sólo la plenitud del Poder sino la esclusa resistente al desbordamiento de los siervos, esos mismos Estados se debilitaron y con ellos la sociedad guanche que ya no logró entenderse para unificar sus fuerzas colectivas; al extremo de desorganización que unos a otros se sometieron con las armas en ofrenda a lo único que había organizado en la isla, que era el ejército español.

Pero si trajo aparejado este desenlace la muerte del rey de Taoro, en cambio durante su vida era tan pujante el Estado guanche, que nunca el general Lugo se atrevió a fraccionar su ejército para ampliar la zona de operaciones.

Y aquí ponemos término a estas breves consideraciones, encaminadas a fijar la atención sobre antecedentes que no tenidos en cuenta resultarían oscuros muchos sucesos de la conquista.

NOTAS

1 Dada la honorabilidad de Lugo, no nos explicamos estas promesas de reparto de cautivos porque nunca permitió se trataran en tal concepto/a los prisioneros, al extremo de romper por esta causa con los armadores. Tal vez tuvo el propósito, de que tampoco estamos seguros, porque pudiera suceder fuera una fórmula corriente de tales instrumentos públicos por aquella época; pero lo que sí cabe afirmarse es de que no hizo un solo esclavo durante la conquista. De otra clase de esclavos hablaremos más tarde. (Vid. Anotación n.° 1).

2 En la información de nobleza de Da. Margarita Fernández Guanarteme, que oportunamente daremos a conocer con más amplitud, dice con relación a este asunto un testigo: «... que vido que el dicho Dn. Fernando Guanarteme fue donde estaba el Rey de Anaga, Rey guanche, el cual estaba de paces, a le decir y requerir que se viniese ayuntar con el dicho adelantado (el general Lugo) e los cristianos, porque se temía de él, e que el dicho guanarteme fue dos veces al dicho Rey de Anaga e entre los guanches, hasta que hizo venir a el dicho Rey de Anaga al Real de los cristianos...».

3 Señalar como causa de la renuncia del pueblo de Güímar a su independencia y del rey con las clases privilegiadas a sus ventajosas posiciones al deseo de hacerse cristianos —aparte de que ambas cosas no son incompatibles y de que ignoraban por completo qué religión era ésta— es de una candidez infantil; y no otro calificativo merece la explicación que intentan del disentimiento de los soberanos en el tagoro internacional, de que necesitándose un jefe que unificara el mando de todas las fuerzas de la isla, suponer temían los reyes que si se lo daban a Bencomo, como pretendía, ponían en peligro sus respectivas naciones, es una nimiedad; cuando cada rey quedaba al frente de sus propias fuerzas nacionales. Nos hemos limitado a reproducir las tradiciones sobre dichos particulares, por lo demás confirmadas por el sentido lógico de los hechos.

4 En el mismo Santa Cruz existían árboles maderables. Véase la solicitud de Antón Padrón al Cabildo de La Laguna, según Desiré Dugour. (Vid. Anotación n.° 3).

ANOTACIONES

(1) Bethencourt Alfonso parece que intenta soslayar el hecho histórico de la captura de esclavos durante la conquista de Tenerife. Indudablemente que Alonso Fdez. de Lugo acudió a la venta de esclavos guanches, en los mercados atlánticos y peninsulares, como fórmula que le permitió obtener (de forma rápida) recursos económicos que le eran necesarios para proseguir su campaña de conquista.

En relación a este tema la obra de la Dra. Manuel Marrero Rodríguez es de obligada consulta:

«(Alonso Fernández de Lugo), gobierna las dos islas con mano firme y dura, con mucha arbitrariedad, pero sin duda con buen instinto de las necesidades de gobierno. Los indígenas son los que más sufren las consecuencias. Es preciso sacar numerario para pagar todos estos gastos tan excesivos que ha costado la conquistado; los acuerdos apremian continuamente, una vez terminada la empresa militar: ¿De dónde puede sacar Lugo dinero enseguida? En la Isla, solamente existe un medio, único y eficaz: vender una parte de los indígenas como esclavos, (la cursiva es nuestra).

Tal como lo piensa lo realiza; además, este método lo ha empleado ya Lugo en La Palma, y en el resto de las islas todos los conquistadores, como botín de guerra y no ya para pagar los gastos de la expedición.

Como los indígenas son cautivados sin tener mucho en cuenta el bando a que pertenecen, pronto comienzan las reclamaciones. Estas reclamaciones hacen que los Reyes Católicos intervengan por medio de sus oficiales. Y así, casi recién terminada la conquista, se presenta en Tenerife Sánchez de Valenzuela, gobernador de Gran Cana
ria, con la orden real de liberar todos los guanches esclavos que posean los vecinos de la Isla; y, después de Valenzuela, otros nuevos enviados invierten en aquilatar el origen del cautiverio de cada esclavo...».

[Manuela Marrero Rodríguez. La esclavitud en Tenerife a raíz de la conquista. La Laguna: Instituto de Estudios Canarios, 1966; pp. 23-24].
(2) Genealogía de D. Fernando Guanarteme:

TAGOTER SEMIDAN GUANARTEME (Geronte Semidan) ]
Guaiesen Semidan Guanarteme Tenesor Semidan Guacidra/Guasedra Semidan Guanarteme (Constanza Fernández (Fernando de Guanarteme) Guanarteme o Constanza Franc sea Fdcz. Guanarteme
I 1
Mestteguera Semidan (Catalina Semidan) | | (esclava) j Magdaleno •>(] A j Fernando de ^ — 1— J Castro (2.J)
Ahcnchara (l.J) (Juana o Ana Guanarteme o Fdez.) i inés I [ María j 1
Vizcaíno (1.-) Magdaleno i — — i T~ (2-°
Inés Fdez.
Hernando Pérez de Guzmán Harminda (Margarita Fdez. Guanarteme) Leonor ------ María Vizcaína r --------- ~ --------- ^
Juanicoy . Antonia Glez. Catalina Pedro Fdez. ^T De la Sicrra Alvaro Serrano
1 ' --------------- ' ' I
Miguel de Trejo y Carbajal J.
Francisca Fdez
Juan Ancheta Cabrera
| 1
Bernardino de Carvajal Guanarteme Alonso de Carvajal Hernando de Trejo María de Carvajal
Juan Perdomo de Albornoz
/--- TAGOTER
1
|
Luisa Fernández Guanarteme Belangguo Armindca laccon Pe ¡ro de Aythamy nidra (?) Diego Guanarteme
| ÍFavcán de Telde) J, o Hernando de Guanarteme
1 Diego de Torres Bethencourt 1 1
Juana Hdez. María Vizcaí Guanarteme (l.J) j (2.J)
Salvador Torres Constanza Torres Diego Torres Juan de Vera Úrsula de Torres Me chor Gaspar Theneso a Vidina o Luisa Guarnírteme de Betancurtt.
Leonor Hdez. Guanarleme I
1 Juan Alonso
Maciot de Betancur Perdomo
Arréte de Betancort Juan Perdomo María de Vetancurt

Fuentes: Álvarez Delgado, Arribas Sánchez, Chil y Naranjo, García Ramos, Millares Torres, Rodríguez Moure, Sena Moratín, y: A.H.M. La Laguna. (Fondo de Ossuna. Información de nobleza de D. Juan de Ancheta Cabrera, ante Luis García de Estrada. La Oroíava, 1681). Elaboración propia.


(3) Además de la bibliografía al uso sobre los recursos forestales de las islas, desde el punto de vista histórico se recomienda la lectura del folleto de: [Leoncio Rodríguez, titulado Los árboles históricos y tradicionales de Canarias. (Biblioteca Canaria). Santa Cruz de Tenerife: La Prensa, 1946]