martes, 1 de marzo de 2016

HISTORIA DEL PUEBLO GUANCHE III



CAPITULO V

AÑO 1494

Segunda invasión de Alonso de Lugo: Organización del segundo ejército español. Desembarco y atrincheramiento del Real de Santa Cruz. Actitud del pueblo de Güímar. Nueva propaganda contra Bencomo y a favor de la emancipación de los siervos: represiones. Concentración del ejército liguero. Segunda campaña de Lugo. Batalla de La Laguna: muerte de Bencomo. El Real de Gracia: incorpóranse a los españoles los aliados güimareros. Sorpresa de La Cuesta y asalto del Real de Gracia. Combate y rescate de 19 castellanos. Real guanche del Peñón. Proclamación de Benytomo al solio de Taoro. Contémplanse ambos ejércitos y retíranse a sus cuarteles de invierno. Funerales de la cabeza de Bencomo y de Tinguaro.

No bien llegaron a la isla de Canaria los sobrevivientes de la derrota de Acentejo, poniendo en obra lo acordado en Añaza, vendió Lope Hernández de la Guerra en 16.000 doblas sus dos ingenios de azúcar, mientras D. Alonso de Lugo contrataba con los genoveses Francisco Palomares, Mateo Viñas, Nicolao Angelata y Juan de Blanco los anticipos en dinero y bastimento necesarios para la conquista de Tenerife, según escritura de 13 de Junio del mismo año 1494 ante el notario público Gonzalo García de la Puebla, bajo la condición «...de que rebajados los costes del armamento se dividirían por mitad los cautivos, ganados y demás despojos que se tomasen, siendo una de estas partes para los asentistas y la otra para la gente de guerra»; otorgando todos poder mancomunado a Gonzalo Suárez de Maqueda, vecino del Puerto de Santa María, para que gestionase en España con cualquier procer que le ayudara, dentro del concierto referido, a levantar por lo menos un cuerpo de tropas de 600 peones y 30 de a caballo. Dice Viana que si bien el poder estaba extendido en dicha forma, era el propósito de Lugo dirigirse al magnate D. Juan de Guzmán, duque de Medina-Sidonia, como lo hizo en carta particular. Atendida la súplica por el duque, alzaron en Sanlúcar seis banderas de soldados de infantería y un estandarte de caballería1.

En los meses de Agosto y Septiembre quedaron alistados 670 peones, divididos en seis compañías mandadas por los capitanes Bernardo de Chinchones, Hernando de Escalante, Juan de Esquivel, Gonzalo de Soto, Bernardo de Elicona y Juan de Narváez; y 80 jinetes, bajo el mando de Diego de Mesa, siendo Capitán Mayor o jefe de este tercio Bartolomé Estupiñán. Embarcados en seis naves en el puerto de Bonanza, se dieron a la vela el 22 de Octubre y llegaron a la isla de Canaria el 29 del mismo mes.

«Mientras tanto —observa Serra de Moratín— Dn. Alonso de Lugo y sus amigos no habían estado ociosos en Canaria... Su gobernador, Alonso Fajardo, les recluta una compañía de infantería de 100 plazas al mando del capitán Juan Mellan, y D". Inés Peraza, viuda de Herrera, también otra en las islas de su señorío a cargo de Diego Manríquez; formándose con los restos de los vencidos en Acentejo una compañía de infantería española de 104 soldados al mando del capitán Ibone de Armas; otra de 50 formada por los canarios escogidos de Dn. Fernando Guanarteme, que regía su famoso hermano Pedro Maninidra; más 30 jinetes a cargo del capitán Hernando García del Castillo (Gonzalo del Castillo, Vi ana). Estos 400 y pico de hombres formaban un pequeño tercio, del que era Capitán Mayor Lope Hernández de la Guerra».

Por manera que este segundo ejército estaba constituido por 1.100 infantes de tropas veteranas, 100 jinetes y los 30 güimareros sobrevivientes de Acentejo, arrojando un total de 1.230 hombres. Todo listo, salió la expedición del Puerto de la Luz en la tarde del 1a. de Noviembre de 1494 y arribó a Añaza de Tenerife, en la mañana del siguiente día; tardando por lo tanto en organizarse y entrar en campaña cinco meses, a partir de la fecha en que las reliquias del primer ejército abandonaron Tenerife. El primer cuidado del general Lugo fue atrincherar y poner en buen orden de defensa el Real como la vez pasada, con tal actividad que lo consiguió a los pocos días.

Tan pronto llegaron los españoles fue recibida la noticia que los güimareros con clamoroso entusiasmo, apresurándose Añaterve a darles la bienvenida enviándoles algunos presentes y un mensaje con dos sigoñes al general Lugo reiterándole su amistad y apoyo incondicional. Esto es lo que afirma la tradición, por otra parte de acuerdo con el sentido lógico de los antecedentes y los subsiguientes acontecimientos.

Viana, que sus más frecuentes errores los sufre cuando copia a fray Alonso de Espinosa supone, como éste, una actitud especiante en Añaterve y el pueblo güimarero para inclinarse más tarde, en sentido de la victoria entre taorinos y castellanos; duda que ya no era natural ni racional admitir, pues aparte de los agravios inferidos por los primeros, de los que ya no esperaban reparación ninguna, todas esperanzas las tenían en los segundos para libertar a los rehenes, sin contar los sentimientos de venganza cada día más exaltados.

Viene a confirmar este criterio, el coincidir con la aparición del segundo ejército castellano una nueva efervescencia de la opinión entre los siervos, soliviantados otra vez con las ideas de emancipación y la propaganda de apocamiento en contra de Bencomo y a favor de los europeos, pues ambas corrían paralelas, que surgieron por creer los conspiradores hallarse en víspera de vencer al aborrecido rey de Taoro. Pero éste con la misma rapidez y energía que la vez pasada, ahogó el movimiento persiguiendo y ejecutando a los traidores sin contemplaciones.

Esta segunda etapa de activas maquinaciones, la personifica Viana en un espía que se escapó de dos enviados al Real de Añaza por el rey Bencomo, al darle cuenta de lo visto:
.....................................y al fin díjole
estos anuncios de su daño y pérdida:
Ya cesa, Rey, tu cetro y valentía,
y doma tu poder la gente extraña,
decir podrás, no soy quien ser solía,
que es infinito el poder de España;
cumplida si verá la profecía
de Guañameñe, pues nos desengaña
el tiempo con mostrarnos los leones,
y de aquel gran Monarca los pendones.
Irresistible mal, señor, te aguarda
que en sólo imaginar tu orgullo fiero
el ánimo viril se me acobarda,
y no puedo contártelo, aunque quiero:
cuando el fuego de Marte abrasa y arda,
juzgarás el poder del extranjero
que viene apercibido a la venganza,
del daño grande de la gran matanza.
trae nueva gente de socorro agora
con que viene a dar fin a la conquista,
más cada uno aplaque su violencia, y no trate hacerles resistencia. Tengo por imposible la defensa; son nuestras fuerzas con las suyas leves, no dudo su poder al nuestro venza antes de mucho en términos muy breves, peor es la mancilla que vergüenza, mira que darles la obediencia debes,

Suspendióse Bencomo, aunque soberbio al pobre espía amedrentado dice: haciendo en mi valor infame ultraje, del español ejército te espantas de estos aceros limpiaré la herrumbre en su atrevida sangre, pues han sido despojos suyos, que con sus despojos, triunfan de sus placeres mis enojos.

Ya con sus bríos he probado suerte menospreciando aceros, plumas y oro, y no con ello acobardarnos piensen, que solos corazones son quien vencen.

Mas, a soldados, éste que tan presto sin ánimo se siente, acobardado, ved que lo mando yo, cúmplase aquesto, muera severamente apedreado». (Pag. 314)

No bien el rey Bencomo tuvo conocimiento de la llegada del segundo ejército español, acantonó las fuerzas de la Liga en la meseta de la laguna que eligió como centro de operaciones; destacando a la Cuesta o Arguijón avanzada de 30 hombres para vigilar noche y día los movimientos del enemigo. El cometido de este retén de observación era de suma importancia, porque dadas las ventajosas condiciones estratégicas que le ofrecía la referida Cuesta para allí, presentar batalla a los invasores, tenía la consigna de dar aviso a la menor señal nadie podrá creer de este suceso cuan sin sentido vengo amedrentado, de que se ponían en marcha, para bajar con las fuerzas guanches a ocupar los puertos señalados con anterioridad.

Pero aconteció que terminados los atrincheramientos del Real de Santa Cruz, dispuso el general Lugo el 13 de Noviembre un alarde de las fuerzas antes de dar comienzo a la campaña; y como durante el acto descubrieron dos espías ocultos detrás de unos cardones, ordenó a Juan Berriel y Jaime Jovel de a caballo y a los ballesteros Juan Ortega y Diego de San Martín procuraran hacerlos prisioneros. Uno de los perseguidos logró escapar saltando un acantilado del barranco, que fue el ejecutado por Bencomo como ya hemos dicho, pero el otro fue detenido por Berriel atravesándole un muslo de un tiro de lanza. Llevado al Real le obligaron a confesar que Bencomo se hallaba acampado en la laguna, para bajar a la Cuesta a presentar batalla al primer anuncio de que se movían los castellanos.

Al conocer el general estas revelaciones convocó un consejo de guerra y acordaron, bajo la más estrecha reserva, que D. Fernando Guanarteme se quedara custodiando el Real con un destacamento y que a la madrugada marchara el ejército en silencio para sorprender la avanzada de la Cuesta y ganar La Laguna burlando el plan de Bencomo. La índole de la operación exigía tal secreto que la ocultaron al ejército hasta el momento de ponerla en práctica, revelándonos esta medida dos circunstancias que importa consignar: 1a, el respeto que a los castellanos merecía el enemigo; y 2°, que los aliados güimareros no supieron la sorpresa que preparaban, ¡ni tenía objeto ni era prudente se las diera a conocer Lugo!, siendo por lo tanto materialmente imposible pudieran concurrir a la batalla, diga lo que quiera fray Alonso de Espinosa.

El éxito de lo concertado fue tan grande para los españoles como la sorpresa para el rey Bencomo. Hallábase éste en la laguna confiado en el destacamento de la Cuesta, cuando de pronto en la amanecida del 14, tres fugitivos de los sorprendidos le dieron la noticia de que llegaban los españoles en son de guerra pisándoles los pies. Avisado el Rey Grande con tan inesperada novedad, mandó a ahorcar a los mensajeros por no haber cumplimentado la consigna y empezó a dar órdenes para remediar en lo posible tan grave descuido; porque no se ignora que la excitación revolucionaria de los siervos fue la causa que le obligó a aceptar la batalla en terreno tan favorable a la caballería, cuyos efectos conocía muy bien, aparte de su confianza en la victoria.

Apreciase en 5.000 hombres las fuerzas disponibles de la Liga, que distribuyó Bencomo en cuatro cuerpos: uno de 1.000 plazas al 120

Fotografía 1.—Ladera E. de la montaña Sejéita o de San Roque. Por este lugar ascendieron los castellanos a la referida montaña, durante la Batalla de Agüere.

mando del rey Beneharo, a quien ordenó marchara ocultamente por detrás de la sierra Sejéita (San Roque) y se emboscara cerca de la Cuesta para caer sobre los españoles cuando fueran en retirada; reteniendo los otros tres cuerpos para entrar en batalla. Al frente de uno de éstos puso al rey Acaymo y a su hermano el célebre Tinguaro; de otro a los achimenceyes Tegueste y Sebensuí, reservándose el tercero para conducirlo en persona al enemigo. Desplegáronse estas fuerzas a derecha e izquierda sobre el terreno comprendido entre la Cruz de Piedra y la ermita de San Cristóbal, según Marín y Cubas «dispuestas en dos escuadras. Traían armas de acero, espadas, rodelas, chuzos y algunas banderas tendidas».

El general Lugo después de ordenar a los capitanes Juan Benítez y Solórzano del Hoyo que con 200 hombres guardasen el Real de Gracia, avanzó con el ejército formado en batalla y antes de romper las hostilidades envió una embajada al rey Bencomo ofreciéndole la paz con las condiciones que ya conocemos, y rechazadas, dióse comienzo a la batalla a cosa de las 7 de la mañana:

«Los guanches —dice Marín y Cubas— haciendo una ala acometieron con grandes voces, pedradas y dardos tirados a mano y montantes de palo». El ruido era espantoso. Por una parte los indígenas cargaban lanzando gritos y ajijides y por otra las cajas y clarines tocaban ataque, lo que unido a las voces de mando y a las invocaciones a
todo cuello «a los santos y a la Virgen del Rosario», ensordecían. «Alonso de Lugo en altas voces llamaba al Arcángel de San Miguel y Nuestra Señora de las Nieves y otros a Santiago».

Fue tan dura la batalla, dice Núñez de la Peña, «que se juzgó no quedase vivo ninguno». «Tan brava, tan reñida y peligrosa —observa fray Alonso de Espinosa— que duró muchas horas con dudosa fortuna, porque cada parte peleaba con mucho coraje y ánimo denodado...Peleóse este día valerosamente y con mucho trabajo, porque era tanta la resistencia que los guanches hacían y tanta ligereza y desasosiego con que peleaban, que no daban a los nuestros sosiego alguno ni lugar de resollar». Según Marín y Cubas «los caballos les derrotaron muchas veces y fue la victoria dudosa por dos o tres veces», pero... «como... a las 10 del día se fue reconociendo flaqueza en el enemigo». «Al fin la victoria que... había estado neutral mirando quien mejor lo hacía —agrega fray Alonso de Espinosa— se hizo de nuestra parte y se declaró por nuestra; y aunque no sin mucho daño y muertes de los nuestros, los guanches fueron desbaratados, vencidos y echados del campo con mucha pérdida de su gente».

Como casi siempre sucede, los autores no están de acuerdo en las pérdidas de ambos ejércitos, porque es bien conocida la tendencia a disminuir las propias y a aumentar las del enemigo. Mientras Marín y Cubas dice «que murieron casi 200 cristianos, muchos heridos y caballos muertos y heridos más de 20, y los enemigos más de 2.600 sin muchos heridos huidos». Viana refiere que las bajas españolas fueron 45 muertos (12 ballesteros, 15 piqueros y 10 de a caballo), saliendo heridos casi todos los del ejército «de piedras, dardos o bastones gruesos», y las de los guanches 1.700 sin especificar los muertos y heridos.

Todas estas cifras las reputamos exageradas. Atendiendo a varias consideraciones y a lo que se vio al par de días en el campamento guanche del Peñón, no creemos que los indígenas tuvieran más de 400 ó 500 muertos con algunos centenares de heridos. Prescindiendo de la incoherencia e incertidumbre que reina en todos los particulares de nuestros historiadores, tal vez el número de bajas pueda avalorarse aproximadamente atendiendo a la causa probable de la derrota de los guanches, porque un ejército no sufre tantas pérdidas en el campo de batalla como si es desbaratado y perseguido de cerca por el vencedor.

Indican algunos que la batalla la ganaron los castellanos por el inesperado refuerzo de 250 hombres, procedentes de los Reales de Santa Cruz y de Gracia, que dejaron desguarnecidos contraviniendo las órdenes del general. Efecfivamente; parece que el jefe del destacamento del Real de Santa Cruz, D. Fernando Guanarteme, en alas del cariño que tenía al Adelantado y en la penosa incertidumbre en que estaba del resultado de la batalla, levantó su gente en dirección a la laguna, y al pasar por el Real de Gracia se le unió la guarnición de 200 castellanos y se lanzaron todos a la pelea, a pesar de la oposición de los capitanes Benítez y del Hoyo. Otros afirman que el triunfo fue debido a la caballería, y la generalidad al valeroso esfuerzo de la totalidad de los combatientes.
Aún respetando todas estas opiniones, pues la suma de ellas pudieron ser causa determinante de la victoria, creemos sin embargo que para la solución del problema hay que tener presente las circunstancias de ambos beligerantes. Todos están contestes en que los dos ejércitos se batieron heroicamente y que por dos o tres horas estuvo indeciso el triunfo; y no obstante, como en toda batalla, algo resuelve la lucha en sentido favorable o adverso y ese algo es lo que tratamos de escudriñar. En medio de tanta confusión, después de cotejar a los autores y traído a cuento las tradiciones relacionadas con esta función de guerra, tres hechos se destacan con cierta precisión; 1°: Que después de la batalla acampó el ejército guanche en el Peñón, donde no sólo esperó a los castellanos sino que éstos no se atrevieron a atacarlo en sus posiciones; lo que nos revela que ni era escaso en número ni se hallaba desmoralizado como suele acontecer poco después de una derrota.

2°: Que los españoles ganaron el campo de batalla, pero no persiguieron a los vencidos, como parece natural lo hicieran, por lo menos para ocasionarles bajas en terreno tan apropiado para la caballería. Y una de dos, o los guanches no fueron echados tan desbaratados como dice fray Alonso de Espinosa, o el general Lugo se contentó con el mayor triunfo que pudo alcanzar, que fue la muerte del Rey Grande, que valía bastante más que ganar una batalla; y 3": Que la caballería, fuerte en 100 jinetes, se distinguió ese día de modo notable cargando sobre los núcleos más nutridos.

Ahora bien, cuenta la tradición que estando desplegados ambos ejércitos para entrar en batalla el general Lugo, con gran astucia, envió una embajada al rey Bencomo reiterándole las proposiciones de paz que ya le habías ofrecido, hecho que confirman los cronistas; pero lo que éstos no añaden, es que dice que el principal propósito era conocer el lugar que ocupaba el Rey Grande, porque la caballería tenía la consigna de perseguirlo y hacer los mayores esfuerzos para apoderarse de su persona, por considerarlo la clave de la conquista de la isla (1).

No sabemos qué valor pueda concederse a esta leyenda, pero lo que si es histórico es que Bencomo se encontró aislado batiéndose con una pica a la vez, según unos con siete soldados de caballería, según otros con cuatro, y en opinión de Marín y Cubas de diez a doce; sobre el espacio de terreno que se encuentra entre el Tanque de Abajo y el barranco del Rey o del Drago, y que hallándose herido además de cansado trató de ganar el referido barranco, cuando se le atravesó Pedro Martín Buendía y le hundió la pica en el pecho. ¿No podría ser la muerte de Bencomo, que debió saberse al momento, la causa mediata de la derrota de los guanches? La noticia recorrió pronto las filas de los ligueros, porque también es legendario que Benytomo, el primogénito del Rey Grande, que se hallaba en la refriega algo apartado, despachó en el acto a Taoro un sigoñe con órdenes reservadas. Fuera o no la causa eficiente de la pérdida de la batalla, lo que es indudable que la muerte de Bencomo debió producir en su ejército una impresión profunda.

Un siglo después de estos acontecimientos ya estaban en desacuerdo los cronistas respecto de si fue Bencomo o Tinguaro a quien mató Buendía, como defienden respectivamente fray Alonso de Espinosa y Viana. Unos dicen que al pedir el muerto gracia al soldado, pronunció las siguientes palabras: «zhucar guayoc, archimencey reste Bencom, sanet vander relaz naceth zahañe», o sea «no mates al hidalgo, hermano natural de Bencomo, que se te rinde»; mientras observan otros que el soldado Buendía no interpretó bien las palabras, porque los más próximos entendieron mencey en lugar de archimencey.

Aseguran de que el origen de esta confusión nació de que eran muy parecidos; pero a nuestro juicio, si no andan erradas las tradiciones como parecen no estarlo, dependió de que ambos cayeron en el campo de batalla, Bencomo muerto y Tinguaro mortalmente herido al extremo de fallecer a los dos o tres días. ¡Eran figuras muy salientes para que nacieran dudas de haber sobrevivido cualquiera de los dos! Tales equívocos no existieron en tiempo de la conquista como lo prueban declaraciones de testigos presenciales que aseguran murió Bencomo en la batalla2; sepultándose con él el aliento de vitalidad que llenaba la isla. Pero hay más. Siendo tan bien definido el carácter del Rey Grande, incapaz de solicitar benevolencia del que atentaba a su patria y a su trono, tenemos por apócrifas las palabras de clemencia que suponen dirigió a Buendía, ¡tal vez inventadas más tarde por sus irreconciliables enemigos los güimareros para infamar su memoria! ¡Las calumnias eran recíprocas y frecuentes entre güi-mareros y taorinos!
También salió herido de la batalla el rey Acaymo, que con el infante Tinguaro, lo llevaron en hombros hacia Tacoronte.

Cuanto al ejército castellano, se replegó al Real de Gracia llevándose el cadáver del Rey Grande; llegando en la tarde del mismo día el cuerpo auxiliar de güimareros, que fue recibido con aclamaciones de júbilo. Por el estado de la tropa a consecuencia de la batalla, el general Lugo le encomendó la guarda del Real como puesto de confianza. Dice Viana que esta fuerza la constituía 2.000 hombres, pero a nuestro juicio es una cifra exagerada, no pasando probablemente de 600 o 700 hombres; fuerza, que repetimos, le fue imposible hallarse en la batalla librada entre 7 y 12 de la mañana; porque aún concediendo que el general Lugo les avisara después de la sorpresa de la Cuesta, las 4 leguas que distaba la corte de Añaterve y el tiempo indispensable para reunir los contingentes y marchar sobre La Laguna explican la tardanza. Lo que refiere fray Alonso de Espinosa de que presenciaron el combate desde una montaña para decidirse después en favor del vencedor, tiene todos los visos de una calumnia de los taorinos para motejar de cobardes a los güimareros, y de una simplicidad de fray Alonso en repetirla3.

Todo el día 14 lo pasó el rey Beneharo emboscado cerca de la Cuesta, dispuesta su columna en dos escuadras, pero como cerrara la noche sin ocurrir ningún suceso, ya pensaba retirarse para adquirir noticias cuando sintió ruido de gente y de caballos que bajaban en dirección del Real de Santa Cruz. Era un convoy de 7 heridos graves con una escolta de 12 soldados, por mitad ballesteros y de caballería. Beneharo los asaltó repentinamente y después de un combate en el que todos los españoles resultaron heridos y los guanches sufrieron una baja de 13 muertos y 26 heridos, entre éstos el rey, fueron hechos prisioneros los castellanos y conducidos a una cueva no muy lejana, donde, según Viana, los dejaron custodiados por un centenar de hombres. Por más que Beneharo quiso inquirir noticias de los prisioneros respecto a los sucesos de la laguna no pudo lograrlo, ya porque no se entendían o bien que los castellanos por industria aparentaban no entender.

En esta incertidumbre o porque al fin supiera lo acontecido propúsose asaltar el Real de Gracia, para lo que ganó la altura por encima del Lomo de la Arena. El choque fue violento resistiendo el primer empuje los güimareros, batiéndose unos y otros con furiosa saña, hasta que acudiendo los castellanos fueron rechazados los asaltantes con perdida por ambas partes de muertos, heridos y de algunos prisioneros ana-gueses. Por éstos se enteraron del convoy pocas horas antes apresado en la Cuesta y del lugar en que estaba guardado por un destacamento.

Para rescatar a los prisioneros castellanos, dispuso el general que a la amanecida partieran Pedro de Vergara y Lope Hernández de la Guerra con 25 caballos, 100 infantes y una escuadra de auxiliares güi-mareros, guiados por dos de los prisioneros anagueses: «Al llegar al borde del barranco donde se hallaba la cueva-prisión, vieron que estaba situada en un escarpado andén en mitad de una rápida pendiente (dice Serra Moratín), y que los 100 guanches que la guardaban habían levantado una pared de piedra seca tras la que se atrincheraron. Ante tal dificultad, Guerra y Vergara dispusieron que unos 20 o 30 güima-reros dando un rodeo procuraran subir a la parte más alta del barranco y arrojaran grandes piedras sobre los anagueses». Los guardianes tuvieron que abandonar el puesto y ganar el fondo del barranco, logrando escapar después de trabar combate con los españoles. Éstos encontraron a los 19 prisioneros tendidos en el suelo con las manos y pies atados, sin haber recibido otro daño.

La muerte del insigne Bencomo fue un suceso culminante que produjo en toda la isla una especie de estupor, ¡como si se hubiera derrumbado la patria!, flotando en el aire algo así como un sentimiento universal de que había finado la encarnación de los grandes ideales. Pero como en todo lo humano al fin sobrevino la reacción y corrieron las pasiones cual por espita abierta con tanta más violencia cuanto más retenidas estuvieron: el odio de los güimareros estalló sin medida; los confederados del Sudoeste se mantuvieron a la defensiva dejando por medroso egoísmo a los ligueros que se desangraran en su contienda con los españoles, porque les alarmaba el armamento europeo que poseían, y se envalentonaron tanto los siervos que ya casi miraban sin rebozo a los nobles. Solamente éstos y muy especialmente sus jefes de la Liga se sostuvieron a la altura de las circunstancias, pues la pena y contrariedad que sufrieron no fue óbice para dejar de tomar las medidas aconsejadas por la situación. Proponiéndose no perder de vista al ejército castellano mientras acampara por la meseta de La Laguna, ya para embestirlo aprovechando coyuntura favorable o bien para distraerlo con el fin de que no emprendiera correrías tras del ganado, es tablecieron su Real del Peñón, donde a las pocas horas se hallaban reunidas todas las fuerzas útiles consistente en unos 4.000 hombres.

En este campamento y en la misma noche o al siguiente día de la derrota de La Laguna, pues las tradiciones únicamente dicen a las pocas horas, la nobleza del reino de Taoro en cumplimiento de sus costumbres legendarias convocó el Beñesmer y proclamó mencey de Taoro a Benytomo, hijo primogénito del Rey Grande y achimencey que era del Araotava. Después de su exaltación al trono fue nombrado por Acaymo y Beneharo, jefe de la Liga.

Era Benytomo hombre de grandes alientos y guerrero valeroso, pero sin aquellos prestigios ni supremo don de mando de su padre, único entre los guanches capaz de salvar a la patria mientras alentara. Cuéntase que en el primer tagoro o consejo celebrado por los reyes y grandes de los tres Estados bajo la jefatura de Benytomo, acordaron aleccionados por la batalla de la laguna no presentar ni aceptar combate alguno donde jugara la caballería, ni llevar las añepas reales ni enseñas a los campos de batalla, ni abandonar como solían sus posiciones para atacar cuando eran provocados por los españoles.

Noticioso el general Lugo de la situación del ejército guanche, después de ordenar quedara custodiando el Real de Gracia la mitad del cuerpo auxiliar güimarero con una compañía de peninsulares, movió sus fuerzas en dirección del enemigo acampado en el Peñón. Llegados los castellanos hicieron alto en orden de batalla y envió el Adelantado a D. Fernando Guanarteme con un mensaje para el rey Benytomo, «a le requerir que se diese e tornase cristiano e que le faría toda la cortesía que quisiese...», cuya respuesta negativa como ya dijimos en una nota, motivó un segundo mensaje con el mismo Guanarteme y Pedro Mayor, llevando la cabeza de Bencomo clavada en una pica, para decirle de parte del general: «Que aquella cabeza le sirviese de escarmiento, pues si no se sujetaba al Rey de España con otro tanto le amenazaba»; a lo que contestó Benytomo: «Diréis a vuestro capitán que esta cabeza no me espanta, que donde quedó el cuerpo la pueden poner, y que cada cual mire por la suya». Entonces los españoles empezaron a provocarlos al combate y los guanches a ellos, actitud que sostuvieron como cosa de dos horas, pero sin abandonar ninguno de los ejércitos sus respectivos campos; hasta que de pronto el tiempo que estaba de invierno comenzó a llover a cántaros, y los españoles dejando la cabeza de Bencomo contramarcharon el mismo día al Real de Santa Cruz para establecer sus cuarteles de invierno.

Con la retirada del ejército castellano se disolvió el de la Liga, encaminándose sus contingentes a sus respectivos tagoros, menos los reyes y proceres que acompañaron a Benytomo con la nobleza taorina, para conducir la cabeza del Rey Grande a la corte de Taoro y asistir a los funerales, así como a la proclamación oficial del nuevo rey terminadas las exequias. Es tradicional que las exequias de la cabeza de Bencomo y de Tinguaro se hicieron a la par, de donde la frase que hemos oído a viejos: «Se parecieron en la muerte como en la vida».

Viana toca este asunto pero refiriéndose solamente a Tinguaro, porque creyó equivocadamente fue muerto en el campo de batalla y que era su cabeza la que dejaron los españoles en el Peñón, como puede apreciar el lector en las estrofas que le dedica. Nosotros las reproducimos pero suprimiendo aquellas con las que no estamos conformes y sustituyendo los nombres propios en armonía con la verdad histórica, que escribimos con letra «bastardilla (negrita)» para indicarlo:

«Dejaron la cabeza de Bencomo los españoles en el propio sitio donde hicieron alto en Tacáronte, y Benytomo, su hijo, con designio de mirlarla a su modo, y celebrarle funerales exequias en Taoro, mandó que la llevasen con gran pompa puesta sobre unas lanzas y pellejos a modo de ataúd, el rey Acaymo, Tegueste, Sebensuí o el gran Sigoñe y así con ella en medio del ejército su camino siguieron a Taoro, haciendo grande llanto y sentimiento. En este tiempo por el gran peligro que el ganado corría en el distrito de la laguna y valle de Tegueste, por las entradas que continuo hacían los españoles en aquellas partes, todos los ganaderos y pastores pasaron sus rebaños a los términos de Sebensuí, remotos y apartados.

Estaba todo el reino de Taoro, alborotado con la triste nueva de la batalla y muerte de Bencomo; salen los naturales sin concierto a recibir.........................
al destrozado ejército vencido, y ala cabeza que con digno mérito lo fue de todos, llega a los confines de la alterada corte y real alcázar el bando y muchedumbre de soldados, heridos unos, maltratados otros, y todos con intento vengativo.

y en medio cercan la ataúd funesta
que en hombros de los reyes y dos grandes
demuestra la cabeza rodeada
con gamuzadas pieles de corderos;
alzan el grito y el lamento triste
los unos y los otros con lástima;
los duros corazones se enternecen lloran los más crueles de los rústicos y los más graves de la hidalga gente, lloran los valerosos capitanes.
hasta acercarse al suntuoso alcázar.
Sobre una acomodada y alta peña
estaba hecho con soberbia pompa,
ornado y bien compuesto, el grande túmulo,
cubierto en torno de curiosas pieles
de negros corderillas, gamuzadas;
con solemnes y antiguas ceremonias,
sacando la cabeza venerándola
del ataúd, le hacen a su modo
la untura de manteca que se usaba
para mirlarla..............
ponerla luego entre olorosas yerbas
quedan en guardia suya cien soldados; duró después siguientes quince días, en que quedó mirlada, el triste luto y el sentimiento de la adversa suerte; mostrábanla a la diez de la mañana, estando convocado todo el reino, de nuevo alzando los sentidos gritos, los gemidos, suspiros y los llantos, diciendo a voces: «Tanaga, guayoch¡Mencey! Nahaya Dir hanido Sahet chunga pelut», que significa: «El valeroso padre de la patria murió, y dejó los naturales huérfanos»

Pero es lo extraño de lo transcrito de Viana, que tanto por los conceptos vertidos, como por el número de días que duraron las exequias y las frases guanchinescas que aparecen al fin, se refieren a un mencey o rey y en manera alguna a un infante como Tinguaro.

NOTAS

' En la información de nobleza de Bartolomé de Jovel, aparece un testimonio del socorro suministrado por el duque, en que se lee: « ... para que constase de cómo el dicho señor Duque envió y socorrió los dichos seis navios armados de seiscientos y cincuenta hombres de a pie y los demás caballeros y gente de guerra en servicio de sus altezas, como todo más largamente consta y parece por el dicho testimonio...».

El testimonio fue sacado de un Libro de Cuentas de la casa del señor Duque de Medina Sidonia, año de 1494 y en la orden «... de los caballeros que vinieron a la dicha conquista, parece que la nao de Juan Esquivel e luego cabe y sucesive el dicho Jaime Jovel, que dice en esta guisa: en la de Juan desquivell el capitán Juan Desqui-vel/ Jaime Govel; e después de escritos y asentados los caballeros de cada navio, sigan de susodicho es dicho abajo con los peones de la dicha armada...».
Sin embargo, con posterioridad a este testimonio se encontraron otros más detallados que son a los que hacemos referencia arriba.

2 Reproducimos el testimonio de un testigo presencial , ha pocos años encontrado en el archivo del conde de Vega Grande de Las Palmas. El atestado lo transcribimos enmendando los errores que tiene de pronunciación o de personas, pero que a la vez los damos a conocer íntegros dentro de paréntesis como los trae el original; errores fáciles de explicar en un testigo que procuraba recordar nombres bárbaros 30 años después de los acontecimientos.

El testimonio a que nos referimos es la declaración del conquistador Juan Bravo, en la información de nobleza de Da. Margarita Fernández Guanarteme, practicada en 1526 ante el Teniente de Gobernador de la isla de Canaria por Francisco Pérez Espino, por delegación de Martín Fernández Cerón, Justicia mayor de la isla:

« ... Que vido al dicho Dn. Fernando Guanarteme, que decían el Rey de Canaria, que fue allá a la conquista de Tenerife para ayudarla a ganar para los Reyes Católicos, nuestros señores, e que llevó e tenía consigo e debajo de su mando e ovedien-cia en la dicha conquista de Tenerife 30 hombres, poco más o menos, canarios naturales de la Gran Canaria, sus parientes, y con sus armas, e que este testigo no sabe si los dichos hombres los llevó a su costa, más de cuanto vido que el adelantado Capitán Dn. Alonso de Lugo les daba de comer. E que vido este testigo que el dicho Dn. Fer nando Guanarteme por mandado de dicho adelantado e capitán fue donde estaba el Rey deAnaga, Rey guanche, el cual estaba de pases, a le decir e requerir que se viniese ayuntar con el dicho adelantado e los cristianos, porque se temía de él, e que el dicho Guanarteme fue dos veces al dicho Rey de Anaga e entre los guanches, hasta que hizo venir a el dicho Rey de Anaga al Real de los Cristianos, e que después, cuando fue el día del desbarato de los guanches, cuando mataron a el Rey Grande que se llamaba Bencomo (el documento dice Benitomo) de Taoro, el adelantado e Capitán por traer a los guanches al conocimiento de la fe de Cristo e porque se diesen sin más riesgo a muerte de gente, mandó ir al dicho Guanarteme a el Rey Benytomo (dice Bentor), hijo del Rey Bencomo (dice Benitomo), a le requerir que se diese e tornase cristiano e que le jaría toda la cortesía que quisiese, e que el dicho Guanarteme fue el dicho Rey Benytomo (dice Bentor) entre los guanches, y le fabló porque sabía la lengua de guanches e volvió con respuesta al Real diciendo que el dicho Rey Benytomo (dice Bentor) no se quería dar, como pareció después que no se dio hasta que la tierra no se dio por fuerza de armas, lo cual sabe porque lo vido e pasó en presencia de este testigo en la Conquista».
«¿.....?
Que sabe que trabajó allí bien el dicho Guanarteme en servicios de sus altezas e que se mostró allí muy leal a los cristianos, e que este testigo vido el día que los guanches fueron desbaratados (que el desbarato fue saliendo de Santa Cruz a La Laguna, donde es la Ciudad de San Cristóbal) estando el adelantado aquel día arriba en La Laguna peleando con los guanches, la gente del Real de Santa Cruz salió en socorro del dicho adelantado; en el camino estova un caballero que se decía Hernando del Hoyo e otro que decían Juan Benítez, defendiendo que gente ninguna subiese de allí arriba, temiendo o creyendo que el adelantado era muerto, con la gente que consigo tenía e mandándoles e forzándoles que volviesen a favorecer o mamparar la torre o Real, porque si el adelantado fuese desbaratado e los guanches viniesen al Real lo fallasen a recaudo, y estando en estas razones juntáronse allí bien doscientos cincuenta hombres de pelea, e llegó el dicho Dn. Fernando Guanarteme con veinticinco o treinta hombres de los naturales e los dichos caballeros le requirieron e defendieron que no subiese arriba a la laguna donde el adelantado estaba, sino que volviese a amparar la Torre, e que este testigo oyó decir al dicho Guanarteme que no había de parar hasta que viese la cara del adelantado e capitán general muerto o vivo como quiera que estuviese, e luego se puso en armas, por manera que hizo lugar por donde salió él y su gente, e más doscientos peones e caballeros castellanos que allí estaban, y aunque pesó a los caballeros fueron al socorro del adelantado e entraron todos en la batalla e desbarataron los guanches e ovieron vencimiento e vino vivo el adelantado. Que es esto lo que sabe de esta pregunta».

Esta declaración confirma la muerte del Rey Grande o Bencomo; por más que Tinguaro, repetimos, murió a los pocos días de las heridas.

3 Realmente fray Alonso de Espinosa carecía de sentido analítico y hasta de esa curiosidad innata en averiguar el porqué de los hechos. Hablando de la batalla de La Laguna, dice:

«Aconteció que como los peones ballesteros disparasen sus ballestas y con los pasadores hiciesen los enemigos daño, aunque poco porque como no están quedos peleando sino corriendo de un cabo a otro no les podían hacer tiro cierto ¡los guanches que no entendían el artificio cómo se tira el pasador y no oían más que el sonido o es
tralla que daba la cuerda, tomaban el pasador o virote con la mano, y haciendo aquel sonido con la boca, arrojaban el virote con la mano hacia los nuestros pensando que en el sonido estaba la fuerza!...».

Fray Alonso de Espinosa tal vez hubiera prestado mejor servicio a la historia, de enterarse que los guanches tenían la costumbre de lanzar un grito de triunfo o de coraje siempre que arrojaban un banóte o dardo al enemigo, grito tanto mayor cuanto más certero creía el tiro; y nada tiene de extraño que hicieran con los virotes que recogían lo que con sus jabalinas o bañóles.

ANOTACIÓN

(1) Vid. Anexo Documental n.° V.

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